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Magazine

13 mayo 2013
Adriana Varejao - Mapa de Lopo Homem II, 1992-2004
La importancia de ser mestizo

Claudio M Iglesias


“La expansión y transformación de la identidad cultural mediante el colonialismo, la historia de Brasil, el folklore, las tradiciones espirituales y de género,” como temas de una gacetilla de prensa; la presencia del barroco latinoamericano como síntoma, las citas obligadas al arte colonial y una entrevista que comienza con una referencia al jugo de maracuyá son algunos indicios para ponderar “Historias en los márgenes”, la primera retrospectiva de Adriana Varejão (1962), curada por Adriano Pedrosa, en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, como itinerancia tras su presentación inicial en el Museo de Arte Moderna de São Paulo, el año pasado. En su extensa presentación, en la citada entrevista y en los minuciosos textos escritos para cada obra, Pedrosa abunda en referencias académicas al poscolonialismo y sus derivas o precedentes: Eustaquio Soares, Serge Gruzinski, Walter Mignolo, Borges una y otra vez, las rutas comerciales de la modernidad, el arte eclesiástico, la teoría del mestizaje, la teoría de la desoccidentalización, la teoría del cuerpo en resistencia al eurocentrismo, etc.

Formalmente, sin embargo, es difícil ver en la portentosa retrospectiva mucho más allá de un lenguaje de exhibición estandarizado, regulado por mecanismos que poco tienen que ver con las rutas de la mayólica entre China y Latinoamérica en la época de la colonia, y mucho con las instituciones artísticas desterritorializadas que actualmente promueven y reproducen el arte latinoamericano y sus discursos auxiliares.

El trabajo de Varejão y su trayectoria a lo largo de casi tres décadas es exponente en sí mismo del modo en que estos mecanismos dejaron una marca sobre el cuerpo de su obra y las de muchos de sus colegas. Cierta mezcla de proyección comercial, condimento globalizado y poscolonialismo para todo público queda en evidencia en pinturas como la serie de los Pratos (2009-2012): círculos con frutas y mariscos cargados de japonería y sexualidad que pueden incluir, a su vez, otras figuras idiosincráticas, para paladares acostumbrados al discurso anti eurocéntrico.

Un punto fuerte de la exhibición es el trabajo erudito por parte de Pedrosa, quien juega a comentar las obras en los márgenes y logra competir en atención con la artista antologizada. Sin embargo, aunque se propone enrevesada, frondosa y cargada de inagotables referencias, “Historias en los márgenes” se parece más a un jardín francés que al esplendor de la selva.
Situación que es transitiva a buena parte del trabajo de Varejão, en el que las referencias localistas se fueron puliendo al calor de un crisol artístico que en varios pasajes recuerda más a Hirst y los Chapman que a la nutrida escena brasileña de los ochenta, de la que participó con cuadros en su momento religiosos y enloquecidos que le fueron dejando paso al serialismo proyectual, la monocromía y (otra vez) el discurso sobre la colonia.

Pedrosa propone, insistentemente, una Varejão multiculturalista y ávida. Portuguesa y china, colonizadora y negra; sobre todo, negra, esclava y universal. Pero el resultado es, sin embargo, una exhibición muy blanca, se mire por donde se mire. Queda la duda de si algunas palabras clave de la teoría, como el mestizaje y la digestión del extranjero, definitorias en su momento, no empiezan a ser divisas conceptuales demasiado baratas en un mercado como el del arte latinoamericano que, a juzgar por algunos avatares, parece dispuesto a todo menos a digerirse a sí mismo.

Claudio Iglesias es un crítico radicado en Buenos Aires. Sus últimos libros son Corazón y realidad (Consonni, Bilbao, 2018) y Genios pobres (Mansalva, Buenos Aires, 2018).

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