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Magazine

19 marzo 2012
La luz como materia, la luz como presencia

José Raúl Camacho

Lo real y la apariencia, la percepción y la luz. Navid Nuur presenta en Matadero una exposición donde la experiencia física permite realizar un recorrido hasta los orígenes del arte, hasta algunas de las preguntas primordiales sobre el sentido del trabajo y la función del arte.


Navid Nuur actúa como un ilusionista cuyo principal material de trabajo es la luz. Invita a que sus obras sean exploradas con el fin de despertar la curiosidad que la sorpresa genera. Y es que en «Hocus focus» la magia de la luz transforma los objetos ante nuestros ojos. Navid Nuur dice estar interesado en cómo incide la luz en nuestra comprensión de los objetos. Los desnuda y los muestra tal como son. Los materiales que forman las obras son cotidianos, funcionales: plásticos, tubos, una montaña de sal, diapositivas que se transforman en la oscuridad, emergiendo con su propio resplandor, liberados de su funcionalidad. El espacio de la exposición, la nave 16 de Matadero Madrid, es un lugar amplio, con sus paredes de ladrillo, de aspecto industrial, que se contrapone a la calidez de las luminiscencias que Nuur ha dispuesto y que pululan aquí y allá.

Al atravesar la entrada, las misteriosas palabras «Hocus Focus» se presentan como el portal a un extraño mundo, evocando el lejano mundo de lo esotérico, los trucos de magia, pero también el juego, el trampantojo. El mundo de la historia del arte occidental es también el del engaño a la mirada. Sin ánimo de remontarme demasiado atrás en el tiempo habría que señalar los tratados sobre pintura o perspectiva de Alberti o Piero della Francesca, por citar dos ilustres antecedentes. Toda representación es una ficción de verosimilitud. Y como afirmaba el propio Alberti en «Della Pittura», el libro canónico del arte occidental durante varios siglos, el objetivo del pintor (artista) es «representar con perfiles y colores sobre una superficie lisa (…) ciertas partes de los objetos presentándolas a la vista de tal modo que a una distancia y posición dadas parezca que están en relieve y son muy similares a dichos objetos.»

En aquel afán cientificista en el que la ilusión de lo real se desplegaba mediante fórmulas matemáticas y principios de geometría entre las diferentes líneas de fuga del sistema perspectivo, se asistía a una serie de experimentos ópticos que trataban de plasmar lo real por medio del reflejo especular. Alberti no hacía sino consolidar una vieja tradición que se remonta al arte antiguo: la verosimilitud en el engaño. Hacer creer al ojo que lo que ve es tan cierto como lo que cree estar viendo. Pero las Vanguardias del siglo XX situaron la importancia del objeto artístico per se en un primer plano y no su representación. Los trabajos de la psicología moderna impulsarían el estudio de los límites de la percepción humana y con ello el nacimiento del Op Art como experimento de la visión.

Lo que Nuur nos propone es que nos introduzcamos en una cámara oscura donde los límites de los objetos se ven definidos por los límites físicos de quienes los contemplan. Éstos, sin embargo, se nos aparecen en plenitud.

Hay quien pensará en las similitudes de la obra de Nuur con la de Dan Flavin, cuyo material de trabajo se asocia inmediatamente a los tubos de neón. Pero Flavin disponía la luz de los fluorescentes como una mezcla de estímulos visuales, creando ambientes a veces difusos, donde la percepción se confundía entre la mezcla de tonos y colores perfectamente autónomos. Al jugar con nuestras percepciones, Nuur no busca crear atmósferas, tampoco se limita a enseñarnos trucos de magia como hábilmente nos anuncia en una especie de juego semántico. Porque, en el fondo, quienes hablan en su obra son los objetos mismos, en su cualidad indiferente y que nos resulta ajena, lejos del rol que generalmente se les atribuye como objetos de consumo.

José Raúl Camacho

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19 marzo 2012

La luz como materia, la luz como presencia

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