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La utopía como destino. Alicia Framis en la Galería Juana de Aizpuru

Magazine

26 septiembre 2013
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La utopía como destino. Alicia Framis en la Galería Juana de Aizpuru


Habitación para tomar de la mano, habitación para lanzar piedras, habitación para información falsa, habitación para hackear, habitación para cometer adulterio, habitación para matar a tu padre, habitación para desaprender o habitación para comenzar una guerra. Estas son algunas de las estancias que encontramos en la maqueta Planta y volumen de Habitaciones prohibidas (2013) de la exposición Habitaciones prohibidas, el nuevo proyecto de la artista Alicia Framis, que presenta en la galería Juana de Aizpuru, en Madrid.

Una división espacial utópica, que obedece a un intento por ahondar en la construcción social de los espacios y en descubrir cómo éstos determinan en gran medida nuestros comportamientos en la cotidianidad; interés constante en la trayectoria de la artista.

El recorrido comienza con Departures/Salidas (2010-2013), una serie de dibujos a lápiz que representan paneles de aeropuertos con los avisos de las próximas salidas a ciudades utópicas históricas y lugares imaginados de la literatura, el cine o la filosofía. Matrix, Privatopia, Brasilia, Atlantis, Metrópolis y Utopía, son algunos de los destinos a elegir. Las ciudades o teorías utópicas siempre han funcionado como herramientas de activación del pensamiento. Desde la República de Platón hasta las teorías actuales de la desintermediación, léase 15M, las utopías permiten poner en discusión el concepto de realidad, ver las posibilidades que encierran y estudiar las alternativas que ofrecen.

El concepto de felicidad, así como el de libertad, se ajustan también a la literatura utópica, y son los que articulan la siguiente sala. Alicia Framis nos proporciona dos posibilidades terapéuticas: La Habitación del olvido (2013) es un cubículo transparente cuyo interior contiene Metyrapone en polvo, un producto químico que al parecer tiene el efecto de hacer olvidar y bloquear retazos de recuerdos ingratos, al disminuir los niveles de cortisol, hormona del estrés implicada en la conservación de los recuerdos. Al brindarnos (de forma simbólica) el medio -el Metyrapone-, otra utopía, al menos de momento, para que se desvanezcan nuestros malos recuerdos, Framis nos facilita la opción de poder hacerlo y, por otro lado la felicidad, aunque ésta sea artificial.

La habitación del grito (2012- 2013) es la “alternativa” a la anterior. Una enorme caja de embalaje de obras de arte en la que el espectador se encierra, y tras encenderse una luz roja, puede gritar a todo pulmón sin ser escuchado. Al salir de la caja, una impresora imprime su grito en 3D, que puede llevarse a casa como souvenir de sus frustraciones. Una versión similar a la que presentó para que los trabajadores de un banco en Holanda pudiesen desfogarse.

El arte de Alicia Framis no cambia la sociedad sino que propone modelos alternativos y soluciones a problemas que surgen en ésta. En algunos de sus trabajos anteriores, como Secret Strikes, la artista exploraba a través del vídeo y la congelación del tiempo de trabajo, los espacios y costumbres entre los diferentes grupos de trabajadores a partir de una performance colectiva. En otra de sus obras más logradas, Anti-Dog (2002), Framis pidió a destacados modistos diseños para ser confeccionados en un tejido antibalas, ignífugo y resistente a las agresiones, para alertar sobre la situación de peligro en la que viven aún muchas mujeres; los desfiles fueron llevados a cabo en varias ciudades europeas y registrados en vídeos y fotografías.

En Habitaciones prohibidas, Alicia Framis tampoco intenta cambiar la sociedad sino que contrapone a ella dos opciones o soluciones nada liberadoras: olvidar lo que nos inquieta e impide ser felices mediante el uso de drogas, o bien desahogarse y resignarse al dolor y al hastío conservando íntegra la memoria, aunque sea en forma de una bonita taza de té. La utopía se nos aparece entonces como la posibilidad de pensar juntos un lugar habitable, cuando la felicidad puede que no sea otra cosa que el mero hecho de poder elegir y desear libremente.

Rosa Naharro intenta pensar el presente, así como sus distintos contextos, a través de la cultura y el arte contemporáneo. Ver exposiciones, escribir, leer, el cine, la música y hasta las conversaciones con amigos pasan a ser herramientas. Entender e interpretar “ algo” de esto que llamamos mundo se convierte en una autoimposición, así como tomar cierto posicionamiento, que no distancia, ante él. Compagina escribir en A*Desk con su tesis doctoral en la UCM, y trabaja en proyectos desde la gestión cultural

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