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04 mayo 2020
Lack of Laughter

Sabina Urraca

¿En qué momento sucedió? ¿Cuándo tuvo lugar el salto y lo pronuncié por primera vez? ‘LOL’. Intento verme a mí misma, en una situación social agitada, calurosa. Veo incluso los brillos en la frente, los ojos un poco desencajados (era necesario haber consumido alguna sustancia para trascender por encima de la vergüenza y la torpeza, o bien estar pletórica, en un registro de humor muy alto, sarcástico, rodeada de personas que lo comprendieran). Pero me veo obligada a tachar el recuerdo. Rebobino. Desengancho la cola de cinta de la ficción, tal y como me enseñaron a los 18 años en el cineclub, y engancho el rollo de la realidad. Apago la luz de la sala y proyecto: Yo nunca he dicho ‘LOL’. Supongo que eso me sitúa en una edad, en una franja. Me siento en esa franja y sonrío. Llevo una bata azul cielo, pantuflas. Atención: es la primera vez que, en un texto, me refiero a mí misma como una señora y sonrío con mis primeras arrugas de expresión. Pero tampoco esto es cierto del todo. Tengo 36 años. Me acomodo en una vana señoría para adelantarme al tiempo. Antes de que la señorez me cace y me pegue unas cuantas dentelladas, ya la muerdo yo. Me gusta imaginar que estaré en paz, me gusta pensarme vieja serena, y lo finjo desde ya mismo. Explico esto porque mi afán de adelantada señorez no es muy distinto del afán del LOL: «Voy a intentar que parezca que las cosas no me pillan del todo por sorpresa».

Recuerdo, con el corazón encogido de ternura, una captura diseminada en redes, en la que una madre informaba a su hija vía wasap que «Grandma passed away last night. LOL». Ante el horror de su hija, que descubría que su madre había enviado este mensaje a toda la familia cercana y lejana, la madre le confesaba estupefacta que pensaba que ‘LOL’ significaba ‘lots of love’. Eso, supongo, es ser una señora, y no lo mío. ¿Cuándo tendrá lugar mi primera metida de pata porque creo saber el significado de un nuevo término pero estoy equivocada? Porque yo no he pronunciado el LOL salvo de una forma lejana, haciendo en papel de otra persona, pero sí que lo he pensado y, sobre todo, sí lo he sentido. También he escudriñado a la gente que sí que lo pronuncia, y sé que el LOL es la única risa inteligente, convenientemente alejada de la emoción, casi aséptica, pero sin llegar a perder frescor y simpatía. El LOL es un «Debería estar riéndome, pero mi vida es tan agotadora, mi cerebro está tan acribillado de estímulos, que entiendo que ahora viene una risa, pero es una risa que no puedo pronunciar, porque la risa es sístole, diástole, convulsión, una sorpresa incluso para el propio cuerpo que la emite, y a mí, hijo del meme perpetuo, cuesta que algo me sorprenda de forma genuina».

Hace dos años, en un bar pretendidamente moderno, impracticable y ruidoso, con gente no pudiendo comunicarse mientras mojaba colines de centeno en yemas de huevos benedictinos, en el que me habían citado para una reunión, mi perra empezó a saltar. Es pequeña, salta mucho, con gran alegría, y queda suspendida en el aire de una forma que encanta y asusta a la gente. Yo sé que lo hace porque quiere estar cerca de las cabezas, que es donde sucede lo importante. El camarero, veinteañero largo y torpe, se acercó a sus saltos. Estaba genuinamente encantado, pero se le percibía tras una capa de magma petrificado, un magma bellísimo, flúor generacional, profundamente inseguro. Encantada de haber captado la atención de alguien, mi perra le saltó tres veces. Y en cada salto de mi perra, los ojos de él brillaron. Y en cada salto de mi perra, su boca se entreabrió un poco más (aunque no llamaría a eso sonrisa) dándole a sus labios el aspecto de una extraña orquídea con brackets. Y en cada uno de los saltos de mi perra, pronunció:

(Salto)

¡LOL!

(Salto)

¡LOL!

(Salto)

¡LOL!

Yo te entiendo, muchacho. La vida es despiadada, vivimos todos al borde del bullying. A pesar de habitar yo esta vida con la risa desnuda, desprotegida, de caer cada poco en esa coreografía de cuerpo arqueado hacia atrás, boca abierta, muchas veces he sentido que reír era claudicar. Una vez, mi amiga Arancha dijo: «Es curioso, Sabina, pero tienes una risa cercana al llanto». La risa y su contrario saliendo juntos, de la mano, para protegerse. Quizás, muchacho, mi contradicción tenga la misma fuerza que tu vitrina protectora. La imagino como la rosa de La bella y la bestia, marchitándose poco a poco hasta que llegue el día en el que te venza tu primera carcajada adulta o no te sientas obligado a manifestar risa cuando realmente no la hay. Pero quizás no hayas visto esa película. Es vieja. Y en este último comentario -«Pero quizás no hayas visto esa película. Es vieja»-  parece que vuelvo a la bata azul cielo, a agarrar bien los dedos a las pantuflas, a parapetarme en mi fingida madurez experimentada. Pero en realidad el mundo me da miedo y es posible que me convierta en la señora que abre la puerta de su casa y observa con desconfianza, mientras entrecruza las solapas de la bata, cerrándola de nuevo, cerrándola más fuerte, para mantener a buen recaudo todo lo suyo. Mientras mira cautelosa lo que sucede fuera de su casa, pero sin salir del vano de la puerta, se sobrecierra tres veces las solapas de la bata:

(Cierre bata)

¡LOL!

(Cierre bata)

¡LOL!

(Cierre bata)

¡LOL!

(Ilustraciones de Choche Ezequiel https://www.instagram.com/choche_ezekielhurtado/)

Sabina Urraca nació en Donosti, se crió en Tenerife y vive en Madrid. Ha sido vendedora de seguros, teleoperadora, relaciones públicas, creativa de TV y publicidad, locutora y cortadora de marihuana. Aunque wikipedia dice que es periodista y escritora, se siente una farsante en los dos campos. Le gusta narrar, tener ideas y apuntarlas. Escribió un libro, "Las niñas prodigio" (Fulgencio Pimentel, 2017) e intenta escribir otro. Mientras tanto, ha descubierto que lo que más le apasiona es dar clase de escritura y editar textos de otros.

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