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Magazine

02 agosto 2013
Vaginoplastia en Licra. Foto de Pedro Abreu
Licra: arena, calor, arte directo y playas de mentira

Irina Mutt


Ya os podéis imaginar lo que es un domingo playero en Barcelona: turistas, multitudes, playas al lado de puertos deportivos, hormigón rodeando el paisaje, calor, arena sucia y chiringuitos poniendo banda sonora hortera. Pero el último domingo de julio, instalado en la playa de La Nova Icaria de Barcelona, también había que añadir el Festival Licra. Más propuestas artísticas autogestionadas, espontáneas y deslocalizadas que como una plaga se extienden por Barcelona.

Licra proponía un encuentro playero en el que sucedían cosas, aunque en realidad era como si no pasara nada, que eso también es bueno. Me refiero a que en realidad no había señales que indicaran que ahí se estaban realizando acciones artísticas, recitales o conciertos -más allá del hecho de que estuvieran sucediendo-. El arte ocurría, como ocurrían el resto de cosas: partidas de palas, insolaciones, refrescos a precio de oro, familias dormitando y niños corriendo. A primera vista tal vez costaba distinguir si los que ahí nos reuníamos teníamos algo que ver con arte, o se trataba un grupo de gente en plan fiesta playera. Una sombrilla, altavoces, carteles, algunos globos fucsias y la gente sentada en círculo, mirando hacia el improvisado escenario de arena donde se iban turnando las presentaciones.

La mayoría de artistas participantes apostaron por recrear actividades veraniegas: estar en casa como en la playa con música editada para la ocasión; huir en un barco hecho de materiales reciclados; generar información por encuestas con el “servicio metropolitano de playas”; o hacer esnórquel entre la basura del mar. Además: recitar los hits del verano como si fueran poemas; revisar la erotización de la publicidad en verano; mandar postales a desconocidos de la playa; embotellar información; hablar de la situación del país con “poesía refresco”, y acabar la jornada playera con un concierto unplugged de Vaginoplastia. Valga decir que esto último, por las particularidades de la acción (concierto, con despliegue en la producción de la imagen, y las ganas que le pusieron los miembros de la banda), llamó especialmente la atención de los usuarios de la playa: fotos, miradas de confusión y risitas al ver al grupo liar un concierto de punk, petardeo, bases musicales LO-FI y gritos a cappella. Lo que se dice montar un festival.

Barcelona ciudad de vacaciones, Barcelona ‘mou-te’ y ‘Ravaleja’ en verano también. El calor, las terrazas, las rutas del modernisme a 37 grados, las hordas de turistas o las grandes extensiones de paseos impracticables bajo el sol como el Parc del Fòrum, la ciudad en verano y su playa producida, medio de mentira, con el Hotel Vela como un cuchillo amenazando al horizonte, con esa arena guarra, pre-fabricada, que te ensucia como si hubieras estado rebozándote en el polvo. Esta ciudad, tan pauperizada, explotada, gentrificada y vendida, que sólo sabe vender las cosas. Y cómo sudamos trabajando para poder comprar estas cosas que nos vende con nuestro trabajo, con un espacio público que cada vez es menos nuestro, regido por más control y normas, multas disfrazadas de civismo que se impone desde el cinismo de los salones con aire acondicionado y butacas de piel. Y sus instituciones, y su arte enlatado, digerido, amansado, desarmado. Que en medio de tal vertedero salgan propuestas artísticas desde los márgenes y en espacios de dominio público, siempre alegra la jornada. Aunque el única arma para este arte sea una pistola que dispara agua. Por lo menos, este gesto nos refresca.

Sigue citando a Annie Sprinkle.

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