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07 abril 2014
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Liz Magic Laser en “The Kitchen”. El abominable teatro de la representación

A . Gómez


Liz Magic Laser es una artista neoyorquina conocida por su práctica de corte político en el espacio público. En estos días se ha podido ver en el mítico espacio “The Kitchen” uno de sus últimos trabajos en vivo: la puesta en escena del set de televisión de un telediario, con dos presentadores grabados en directo delante de un croma y un conocido reportero de la cadena de televisión NY1 que, en determinados momentos, hacía preguntas al público asistente. En cada momento se emitía la acción principal (y única) en una pantalla situada en el escenario. De lo que se trataba era de escenificar un teatrillo de marcado corte representativo. Por otra parte, era inevitable tener la sensación de que la razón de ser de esta puesta en escena, no era la experiencia que la gente pudiera sacar, sino la elaboración de un vídeo que pueda circular como producto en el mercado artístico.

La propuesta partía de un lugar común que parece haber sido pensado para alabar los oídos del público de este tipo de espacios. Se trataba de demostrar que los medios de comunicación y en particular la televisión no es el canal objetivo de información que pretende ser, además de tratar de llamar al agenciamiento de la información por parte del público. Así de simple. Sin embargo, el trabajo funciona en la dirección completamente opuesta. En realidad reproduce los mismos patrones de pensamiento que supuestamente estaba criticando. La postura que se infirió de la actuación no fue en ningún momento crítica, sino acomodada y complaciente con el sistema macro-político. Producir este tipo de discursos en lugares que supuestamente son productores de discurso crítico es algo que no se puede tolerar. La impresión que se obtiene de ello es, en el mejor de los casos, que no hay posibilidad de discurso crítico, y en el peor, confundir un discurso reaccionario con uno crítico.

Por un lado unos presentadores de noticias que hablaban en un tono bastante soberbio y superficial de noticias importantes de actualidad; y por otro, unos cortes en la “emisión”, para hacer preguntas al público cuyo espacio personal se veía invadido, al ser interpelados sin previo aviso en el mismo momento que una cámara les enfocaba para aparecer en la pantalla dubitativos y vergonzosos ante la exhibición pública. Si no fuera suficiente con eso, entre el público había cuatro actores que eran preguntados de manera recurrente sobre temas políticos, preguntas que contestaban con respuestas preparadas y sobreactuadas para emitir el tipo de discurso que a la artista le interesa y evitar así que la cosa se fuera de las manos.

La supuesta posibilidad de actuación por parte del público era un completo fraude. Lejos de facilitar un posible agenciamiento, favorecía lo completamente opuesto. La gente, en su gran mayoría incómoda con la situación y consciente de estar siendo interceptada, evitaba dar respuesta alguna.

Todo es susceptible de empeorar. El final de la actuación acabó con los actores simulando tomar el control de la emisión de información, y para sorpresa de todos, esta gente no sólo estaba interesada en emitir el mismo tipo de información, sino que lo hacía de idéntica forma. Hubo momentos realmente grotescos en los que, o bien la artista trataba de hacerse pasar por graciosa, o trataba de ser crítica con la información oficial que llega a los Estados Unidos, demostrando un sentido del humor inoportuno y estar profundamente desinformada. Hablando sobre el reciente avión desparecido con 239 personas a bordo en Malasia, la artista decidió que lo mejor era hacer burla pública de una fotografía de los familiares llorando a los desparecidos. Refiriéndose a la situación política en Venezuela declaró de manera plana y superficial, en sintonía con los medios oficiales nortemaericanos, que su presidente es un dictador. Éste es el tipo de mensajes que la artista mostraba como deseables cuando el poder cambia de manos.

Lo que se pudo ver en “The Kitchen” fue el lamentable espectáculo de cómo el teatro de la representación se hace con los mandos del arte en vivo.

A A. Gómez (1980) le gusta su nombre común, tener un nombre que coincida con el de miles de personas, la prueba irrefutable de que vivimos en comunidad. A Gómez le interesa cómo el arte se genera en comunidad, una comunidad de gente interesada en pensar y en crear lo que el arte significa.

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