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Magazine

15 mayo 2013
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Lloret de Mar

Xavier Acarín

Ahora que ya sabemos que vivimos en un Lloret de Mar amplificado, nos podemos emborrachar a base de sangría con cañitas de medio metro y verlas pasar. Hay un lugar en Las Ramblas que en lugar de sangría no sirven nada tangible, se llama Arts Santa Mónica y en estos días hay instalada lo que se anuncia como la última sofisticación culinaria. Ya sabemos que después de Sant Ferran Adrià, la cocina catalana ha pasado a ser cosa internacional, deconstruida y remachambrada tantas veces como fogones hay. Y que los hermanos Roca han ganado el Pulitzer de la gastronomía, y que, como país, jugamos en la ‘premier league’ del maridaje entre viandas y vinos, con todo el valor añadido que esto significa para la marca del país, aunque la mayoría van del aeropuerto al restaurante.

El Arts Santa Mònica pronto va a pasar a ser la última creación de la cocina de la consejería de Cultura; un sitio, dicen, para activar a la creación y funcionar como radar de la consejería para captar talento. Este Sónar particular de la Generalitat estará dirigido por el flamante Director General de Creación y Empresas Culturales, Jordi Sellas, y amenizado por sus DJ’s de cabecera, Juan Magan y Sak Noel, autor este último del temazo “gente loca”. Y es que, “Johnny, la gente está muy loka!”

Pues en este mismo sitio, en el Arts Santa Mònica, hay instalado en el claustro el engendro de los hermanos Roca y compañía. David G. Torres ya dio una primera degustación recientemente, sobre la perversidad del experimento de convocar a una cena a cierta élite cultural. No puedo imaginar a los comensales departiendo, sin que en mi cabeza resuene el eco de las palabras de Martí Peran sobre la corte de Mantova y lo auto-referencial de nuestro arte local. Un ensimismamiento digno de las épocas más decadentes de la creación y si me permiten, una profundización en la Catalunya en Miniatura de la era Pujol. Y es que ahí estamos metidos, en medio de la eliminación sistemática de los centros de Cultura, entre los que se encuentra el mismo Arts Santa Mònica, y la implantación del programa ideológico de la Convergencia i Unió más provincialista, encarnado en ese monstruo con las cabezas de Pilar Rahola y Núria Feliu. Añadiría a este el otro frente, el proceso independentista al que muchos en el mundo del arte hacen ver que no existe.

Sigo: hay una mesa redonda rodeada de cuatro pantallas semicirculares y unos artilugios que emiten sonidos. El público se amontona en ella, algunos se pueden sentar y empieza el espectáculo. En la mesa y en las pantallas se muestra una video-creación que intercala paisajes catalanes, como bosques quemados, o el Palau de la Música (al menos en eso han acertado) con imágenes digitales de frutos, abstracciones y hasta una piedad (aunque esta piedad es sexy, el cuerpo de Cristo parece un David y el de la Virgen, una jovenzuela con pechos redondeados por la imagen computarizada). Hay música, sonidos y una voz en off que recita los platos y bebidas que los comensales se suponen tragar. Se supone, porque aquí, a diferencia de la experiencia real que unos privilegiados tuvieron el placer de gozar, no hay ni pan ni vino. La ópera interactiva llega a su máxima expresión cuando los que están sentados pueden manipular la pantalla-mesa para apartar unas gotas de sangre-vino. Esta es la gota que colma el vaso: ¿cómo se atreven a vendernos esto como un logro de la participación sensorial? La experiencia es nula, falsa y vacía. No huele ni sabe a nada.

Y ahí están pasturando idílicamente y con cierto aire al “Suquet” de Can Portabella versión crisis-2013, los nombres compuestos de la representación cultural del país, satisfechos de conocerse mutuamente e incluyendo a ese comisario que gana más de 100.000€ públicos por proyecto. Entre los sentados había alguno que ponía la misma cara que cuando hacen sesiones de espiritismo. Manos en la mesa e invocación a los fantasmas. Rosó, Rosó… También no puedo dejar de pensar en otro ampurdanés ilustre, Don Josep Pla que seguramente como fantasma, se estará revolviendo en su cocina del infierno por las “collonades” de sus paisanos. Y es que “El Somni” de Can Roca utiliza un lenguaje recargado y artificial para esconder lo que no hay. Bon Profit i Bona Cuina!

Xavi Acarín está fascinado con la experiencia como motor de la cultura contemporánea. Ha trabajado para centros de arte y organizaciones culturales tanto en Barcelona como en Nueva York, con especial atención a la performance y a la instalación.

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