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20 mayo 2014
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Miró sí, Ferrer i Guàrdia, no

Irina Mutt


Un domingo de vermuts y charlas bajo la sombra de un algarrobo de la Fundació Miró. Como cada 3 de Mayo el colectivo Safatans de Montroig celebra un homenaje a Joan Miró realizando un tapiz con serrín coloreado. Apropiación popular de una figura tan institucionalizada como Miró, por parte de un colectivo de Montroig que durante la transición pidió firmas puerta por puerta para cambiar el nombre de una plaza; de Generalísimo Franco a Plaça Joan Miró.

Doble autorització, proyecto de Lola Lasurt en Espai 13 de la Fundació Miró, busca en la conmemoración aquello que el monumento – y la institución que hay detrás- no cuentan.
En este proyecto, se relacionan dos personajes: Joan Miró y Ferrer i Guàrdia, y se plantea qué se legitima y qué se olvida en los relatos históricos de un país.

Los monumentos hablan, y la mayoría de las veces, hablan por el poder. Más ostentoso es igual a más poderoso. Y cuanto más inestable y chungo es un gobierno, más hablan sus monumentos de justicia, democracia, igualdad o triunfo. Estos monumentos siempre son positivos. Nunca se conmemora el mal rollo, como mucho se recuerdan algunas páginas amargas de la historia, como un pie de página conciliador que indica ”esto no volverá a pasar”. Monolito, plaza, edificios, estatuas ecuestres o la última, muy paradigmática de nuestro país: aeropuertos. Toda la ruta urbana se orquesta para que sus espacios comuniquen una idea, la refuercen y la hagan patrimonio propio.

Barcelona quiere hablar de vanguardia y de ciudad amigable y abierta, mediterránea. Una marca de proyección internacional, atractiva para un turismo que viene a consumir hits del modernismo, algo de surrealismo, mucho sol y si queda tiempo, tal vez un poco de arte contemporáneo.

Miró representa esa esencia: un artista de vanguardia, internacional y, ¡vale!, de la facción roja, pero poco incómodo (es famosa la anécdota esa del caudillo que al visitar una expo de vanguardistas, quedó complacido de que las revoluciones se hicieran así, desde los lienzos). Miró es querido por Catalunya, Miró es internacionalmente conocido, la institución quiere a Miró, porqué Miró es bueno y reconocido, y si algo es bueno y reconocido, las instituciones se apropian de ello, porque toda institución quiere transmitir cosas buenas, y ser reconocidas como útiles. Homologar y apropiarse de conceptos, a través de la magia de las palabras y las cosas, también de las personas. La grandeza de un artista es la grandeza de su ciudad.

Cerca de la Fundació Miró, en una zona de parques donde turistas y perros con sus amos pasean, y fortuitamente suceden encuentros sexuales, se erige una estatua que los pasantes confunden con un atleta. No es un atleta, ni un homenaje al cruising. Y aunque esto último molaría mucho, la estatua es un monumento a Ferrer i Guàrdia.

Ferrer i Guàrdia, pedagogo libertario, que hacía la revolución desde las escuelas y con algo tan peligroso como el conocimiento. Estas armas son amenazadoras para el poder y para las instituciones que lo representan, también les resulta más comprometido y complejo de absorber. ¿Cómo vas a transmitir unidad, seguridad y poder con la imagen y memoria de un tipo que no creía en la democracia? Ferrer i Guàrdia, el gran olvidado de las filas de personajes ilustres que ha parido este país. Por cierto, el monumento original está en Bruselas, desde 1910. El de Barcelona es una réplica y se instaló en Montjuïc en 1990.

Y en estas dobles caras y autorizaciones, surge un bonito mapa de las alegrías y miserias de Catalunya: la diada del 11 de septiembre, sí; homenage a Catalunya de Orwell, no; tiendas, sí; acampadas en plazas, no; La Perla del Mediterrani, sí; la Rosa de Foc, no; Miró, sí; Ferrer i Guàrdia, no.

Sigue citando a Annie Sprinkle.

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