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05 agosto 2013
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Not yet understood. Otro recorrido por Venecia.

Sonia Fernández Pan


Con respecto al vínculo bidireccional que se da entre comisariado y crítica, comentaba en alguna ocasión David G. Torres que comisariar es una manera de hacer crítica de arte “desde adentro”. Independientemente de si se esté de acuerdo o no con esta afirmación, es innegable la bipolaridad que se da en la mayor parte de agentes del mundo del arte. Estirando el ejercicio de inclusión mutua y absteniéndonos de abrir otra voz dentro de un debate en alza, con ciertos eventos artísticos (aquellos remolcados por el prefijo de lo macro-) es posible plantear, no si cierta osadía, la otra cara de la disyuntiva. Que la crítica se convierta en comisariado. Claro que para ello estaríamos reduciendo el comisariado al simple acontecimiento de la selección. A elegir unas obras sobre otras dentro de una exposición. Este tipo de contorsiones conceptuales son posibles en el marco de hercúleos formatos expositivos como la Bienal de Venecia, por poner un ejemplo no aleatorio. O quizás son el resultado de un deseo frustrado por lo inédito: decir algo que no sea un lugar común a la hora de empezar un comentario, otro más, sobre el evento artístico más célebre de estos meses.

Y entonces, ¿qué decir sobre una exposición (con todos sus anexos eventuales) de la que tanto se ha dicho, se dice y se dirá? ¿Redactar otro episodio que cuestione, con vehemencia y por enésima vez, la validez y pertinencia de la taxonomía territorial dentro del arte? ¿Volver a demostrar con un argumento fiable que el arte contemporáneo es otro escenario más donde sus actores no juegan en igualdad de condiciones, donde la hegemonía occidental se congratula siempre de introducir a un “otro” demasiado plural? ¿Hablar de la hospitalidad como cuestión política y arma de doble filo? ¿Caer en una cita ineludible con cierta actitud nacionalista y proponer otra lectura, una más, acerca del pabellón que coincide con el lugar de origen del crítico? O, en su defecto ¿buscar algún pabellón escasamente comentando y otorgarle un hueco dentro unos análisis críticos internacionales que siempre inciden en lo común del lugar territorial? ¿Poner en entredicho ese saber enciclopédico empujado por la Bienal, un saber holístico que hace ya considerables décadas Deleuze rechazaba, sirviéndose de Umberto Ecco para su desplante? ¿Proponer un itinerario subcomisarial a través de medios y formatos, validando –aún sin querer- la preeminencia del significante sobre el significado? ¿O su opuesto, la vinculación por temas y objetos de estudio de las propuestas artísticas?

Podríamos probar con un recorrido por los artistas que se atreven con la performance; por aquellos que, gracias a los ecos de la modernidad estética, todavía creen en la validez de la pintura o la escultura; por aquellos que tienen tanta información que revelar que necesitan de lo heterogéneo de la instalación. Escogiendo un formato, trazar un recorrido desordenado por los videos de la Biennale. Entonces, hablar de Camille Henrot y su “Grosse fatigue”, de Ed Atkins con “The Trick Brain”, de Bouchra Kahili a través de “Words on Street”, de la incursiones espectaculares de los artistas del pabellón de China en la complaciente animación digital, de «History Zero» de Stefanos Tsivopoulos para el Pabellón de Grecia, de Ryan Trecartin y su video-ópera “Not Yet Titled” como agotador desenlace para la línea curatorial que ocupa los espacios del Arsenale. Podríamos también olvidarnos de intentar encontrar una línea consecuente con la que elaborar un juicio crítico basado en la enumeración de obras, artistas, pabellones y países. Y quedarnos con Trecartin y su sádico Not Yet Titled, una suerte de purgatorio para el visitante. Y para el crítico. Ubicarnos en una sala oscura con cuatro videos que construyen cuatro espacios independientes en los que algunos visitantes, aprovechan la comodidad del display y se echan a dormir un rato, practicando involuntariamente lo relacional de una estética no relacional.

¿Por qué Trecartin y no cualquier otro proyecto artístico dentro del colapso estético de la Bienal? Porque volviendo a los comienzos de este texto, el artista (de EE.UU, para los interesados en la procedencia; nacido en 1981, para los simpatizantes del tramposo binomio juventud y creatividad; en colaboración con Lizzie Fitch y otros, para los que sospechan de la onomástica en singular) supone, para quien escribe un cierto talón de Aquiles: el de hablar –más bien mencionar sesgadamente- de aquello que no se llega a entender del todo o desde un principio. De aquello que no se aprueba ni se rechaza. De aquello que no se deja asimilar con facilidad si se deja de lado el oblicuo “gusta/no gusta”.

«Not Yet Titled» se describe desde la política curatorial como teatro escultórico, como un sondeo sobre lo amarillento del soporte televisivo, como realismo histérico, como una radiografía de la vida contemporánea de centro comercial y de la superficialidad de las relaciones en la burbuja digital. Tres de los vídeos que construyen esta ópera no tan sólo audiovisual se supone se acercarían estéticamente al trabajo habitual de Trecartin, marcado por una impaciente locura adolescente saturada auditiva y cromáticamente. Se suceden los gritos molestos de sus protagonistas, el exceso de maquillaje y flúor, el travestismo identitario, los incómodos encuadres para el aturdimiento del espectador, la contundencia de las frases banales altamente sustanciales. El cuarto, una rara avis dominada por la visión nocturna, flirtea con la “realidad” sólo en apariencia a través de las andanzas de varios adolescentes. La zona temporalmente lisérgica con la que Trecartin ocupa la Bienal consigue, o bien despertar la enajenación del espectador –y del crítico- que intente saber de qué va todo el atrezzo, o bien hacerlo dormitar en el colapso para, con un poco de voluntad, pasar a otra cosa con la sensación de que todavía existen proyectos ilegibles desde la razón práctica del conocimiento.

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