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Magazine

08 febrero 2014
Nymphomaniac: satiriasis femenina

Sonia Fernández Pan

El 90% de las películas que veo terminan del mismo modo: con una discusión en el salón-comedor de mi casa. Y no tanto porque los que vivimos en ella las veamos siempre conjuntamente, sino por las grandes ventajas de vivir en una casa que rechaza la televisión y cuyos habitantes compartimos –entre muchas otras cosas- un propensión casi obsesiva hacia el diálogo y la discusión. De hecho, apenas vemos películas en casa. La experiencia cinematográfica trasciende la propia noción de película y ésta forma parte de un dispositivo de visibilidad espacio-temporal que no permite las interrupciones habituales de nuestra permanente actitud multitasking. Tener un cine al lado de casa – que programa en versión original y con descuentos constantes- también ayuda a adiestrarse en una rutina cinematográfica intermitente.

El último encuentro de cinefilia doméstica fue consecuencia directa del visionado completo (pero no consecutivo) de las dos partes de Nymphomaniac, dirigida por el irreverente Lars Von Trier. Como tantas otras películas, Nymphomaniac sirvió de detonante para una conversación “fuera de campo” en la que también se hizo un repaso diletante por la filmografía de un director que genera tantas expectativas como escándalos volátiles. Más allá de las ufanas lecciones de erudición que puedan practicarse en toda conversación y en todo texto, esta película vuelve a poner sobre la mesa el tabú del sexo en la era del porno de acceso inmediato. Y no tanto porque ella misma se recree en lo explícito de una sexualidad reconstruida –y por tanto, tan real y tan ficticia como todo aquello que no puede existir sin un guión previo y un montaje posterior- sino por su eclosión e interpretación mediáticas. Si nos atenemos a la información que otorga cualquier búsqueda superficial en Internet sin haber visto la película antes, parece que Nymphomaniac sea una ópera genital para empachos orgiásticos. Y que Lars Von Trier dirija películas para poder seguir ejerciendo –bajo la legitimidad que otorga la cultura- su ya característico sadismo polivalente.

Nymphomaniac se resume fácilmente, parece ser. Una ninfómana (que no adicta al sexo) hace un repaso manierista por su biografía personal. Para activar su derecho confesional aparece un desconocido que, so pretexto de esa curiosidad por la que se mueren los gatos, combina los hábitos del cura y del psicoanalista a la vez, practicando sucesivos intentos de expiación secular sobre una protagonista ninfo-cínica. Como buena tragedia, la traición aflora cuando la protagonista menos se lo espera. Y es así como termina esta película de más de 5 horas que, gracias a la censura, se reduce a 4, aumenta nuestro apetito pornográfico y nos recuerda que la cultura todavía es peligrosa.

Como siempre, la sinopsis deja de lado lo más importante. Y es que en Nymphomaniac suceden otras cosas. Entre ellas mucho cine y algún enunciado trivial de la teoría de género. Es entonces, desde la clásica dualidad identitaria cuando uno se pregunta por qué Shame (crónica de una satiriasis anunciada), de Steve Mcqueen, pasó mucho más inadvertida. Seguramente por menos inversión en estrategias de marketing y por la celebridad dispar de sus respectivos directores. Pero quizás también porque, a día de hoy, persiste un pudor generalizado en todo aquello que tenga que ver con una sexualidad ¿reivindicativa? y violenta en la mujer. A esto cabría añadir las acusaciones de misoginia que a veces recaen sobre Lars Von Trier.
Acusaciones propias de una ideología sexista que cree que las mujeres son seres bondadosos “por naturaleza”, incapaces de extralimitar sus funciones de género. O propias de una ideología feminista que no considera legítimo que un hombre se crea con derecho a practicar una ventriloquia de lo femenino. Y todavía menos uno como Lars Von Trier.

De aquel extenso debate en el salón-comedor de mi casa (con un hombre, aclaración que no es gratuita) puede que sólo me quedase clara una cosa. Entender, esta vez por empatía, a Carla Lonzi cuando dice que el hombre y la mujer no comparten en desigualdad de condiciones la misma cultura, sino que son dos culturas diferentes que, en la misma sala de cine, están viendo dos películas diferentes.

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