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Magazine

06 junio 2013
fotografía de José María Mellado
PhotoEspaña y la Tierra más hermosa

Mabel Llevat

En Cultura e Imperialismo, Edward Said habla del clima generado por el imperio tanto en lo político y económico como en lo artístico. Said se refiere a la manera en que consciente o inconscientemente, la producción artística promovía la circulación de teorías que diseminaban los distintos imaginarios, formas y conceptos de dominación colonial; así como de identidad nacional o de nostalgia colonialista de las antiguas metrópolis y de frustración ante la pérdida de sus colonias. Con mucho acierto, Said termina estableciendo que los cruces entre “cultura e imperialismo son obligados”, pues pesa más lo que subyace implícito de forma subjetiva que la obviedad de políticas económicas o comerciales.

Un ejemplo de esos cruces entre ex metrópolis y ex colonias es Photoespaña. Su director artístico, el cubano Gerardo Mosquera, se ha propuesto encontrar nuevas soluciones al organizar toda la estructura del evento sobre bases privadas e intentar dar un vuelco radical en su curaduría hacia un cambio de miradas que le asemejen más a otros eventos de arte internacionales. Para esta edición se propone abordar cuerpo, eros y políticas invitando a artistas de talla internacional como Shirin Neshat y Cristina Lucas. Sin embargo, en la Casa de América de Madrid y durante el mismo evento, muestra la exposición «La tierra más hermosa, Cuba» inspirada en “la manera de ver y percibir una cultura, percibir la tierra, la piel y el sabor de una cultura diferente”, repitiendo en el título la frase de Cristóbal Colón al llegar a la isla.

Conozco en la actualidad muchos fotógrafos y comisarios “decentes” que creen en su obra y en el compromiso social que esta genera, y que sin embargo no pueden dejar de reproducir los mismos cánones que no permiten que ese “Tercer mundo” sea visto de otra manera que como subordinado o dominado. Su actitud no está atada a consideraciones morales; tampoco la de fotógrafos que pretenden una supuesta “incontaminación” e imparcialidad ante lo que ven.

Martí Manen se lamentaba en un artículo publicado aquí sobre las formaciones culturales y tabúes reconocibles que permanecen enraizados en prácticas sociales y en el plano ideológico actual. Mencionaba la falta de exposiciones veraces sobre Latinoamérica y la pérdida de ese diálogo entre España y Latinoamérica, que hiciera algo más que utilizar Madrid como puerta de entrada a Europa (o Latinoamérica como puerta de entrada a Hollywood).

“La tierra más bella…” es un ejemplo de esta falta de veracidad. Conozco algunos de los fotógrafos participantes y su intención es sólo la de documentar, una vez más, esa falta de regulación, ese mundo marginado y aislado a causa del bloqueo y que no hace más que reproducir la desidia, el abandono, los absurdos devaneos de la religiosidad popular y las peregrinaciones.

Y es que los primeros en hacer bandera de todo esto han sido los propios fotógrafos cubanos, talentos del lente que se debaten entre un fuerte sentido de identidad nacional y un complejo de subalternidad con el que hacen mofa de sí mismos. Pero como sucede con todos los temas que abordan minorías o grupos desfavorecidos, no es la misma intención implícita la que hay en el mirarse a uno mismo que en el mirar al otro, aunque lo inunde la supuesta inocencia de la imparcialidad. Siempre pesará sobre los fotógrafos foráneos un sentido de distanciamiento moral que es el mismo que surge cuando se retrata un grupo social del que no se forma parte, y que solo se logra ver a través de estereotipos, como las curvas del cuerpo de la mulata, la religión, la depresión social, las alucinantes y surrealistas escenas de un país que sucumbe al caos social, como descrito por Alejo Carpentier en su novela “El reino de este mundo”.

“Yo solo retrato lo que veo”, podrían alegar grandes fotógrafos como García Alix o Cristina García Rodero. Para desmentirlos, hace poco Babak Salari, un reconocido fotógrafo iraní visitó la isla y retrató otro tema frecuentado: trasvestis y homosexuales tanto dentro como fuera de su entorno familiar. Pero también se dedicó, con atino, a retratar importantes personalidades homosexuales del campo de las artes visuales, la literatura y el teatro. Y entonces el punto de enfoque cambia, demostrando que tanto fotógrafos como comisarios siempre son conscientes de lo que hacen, y que siempre hay un pre-juicio, una elección predeterminada de lo que se quiere ver y de cómo se quiere ver.

Mabel está convencida de que todo se construye siguiendo normas que regulan nuestro quehacer: la identidad; los patrones de comportamiento social; la membrecía pública; o los paradigmas que rigen la práctica artística y curatorial. Piensa que desarrollar un profundo sentido crítico en todo lo que hacemos nos lleva a preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos a cuestionar estos patrones y reglas, aunque sólo sea para entrar en otros esquemas.

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