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Magazine

10 agosto 2020
¿Por qué sigue usted trabajando?… Por la revolución…

Gisela Chillida

MARC CAELLAS, escribe libros y dirige obras que convenimos en llamar de «teatro», Barcelona, 13 de julio

Desconozco quién es el responsable de tamaña falacia. Le han informado mal. Ni trabajo ni tengo pensado hacerlo durante los próximos meses. Soy consciente de los riesgos que comporta mi determinación. No me importa. En mi calle, sin pretensión, siempre tuve mala reputación. No trabajar nunca más es mi leitmotiv. Espero sobrevivir para contarlo.

 

CLÀUDIA RIUS, periodista cultural, 13 de julio

Trabajo para ganar dinero, porque sobretodo soy una persona que necesita vivir dentro de una estructura, pagar el alquiler y comprar comida. Pero me encuentro en la paradoja de que si tuviera dinero, me dedicaría a hacer exactamente lo mismo, cosa que me indica que aliviada de toda necesidad económica y social, escribo por alguna cosa más. Pero no quiero romantizar mi trabajo. Para mi, ser periodista cultural es un oficio. Visitar museos, entrevistar artistas, reflexionar sobre las obras, es un oficio. Las horas que les dedico, me han de reportar unas ganancias económicas, porque si no, me tendré que dedicar a otra cosa. Que, además de todo esto, yo sea una persona con una pasión instintiva por observar, pensar y escribir, es un tema completamente diferente que no respondería a la pregunta formulada.

 

MARÍA ALCAIDE, artista, Córdoba, 13 de julio

Continúo por inercia, porque el cansancio ya no me deja hacer otra cosa. No sé parar, aunque lo intento. No sé no trabajar, porque convierto esa reticencia al trabajo en piezas y eso es seguir trabajando. Soy hiperproductiva. Hay épocas del año en las que soy hiperrechazada.

Creo que tengo que seguir haciendo para enfrentar el rechazo, y no me refiero a todas esas veces en las que un dossier no es tomado en cuenta o un proyecto sale mal, sino el rechazo

a ciertos temas, a ciertas actitudes, a una clase, a una procedencia, a unos géneros y a unas formas.

Supongo que soy una idealista…

Ne travaillez jamais?

Mais si! Même si on ne travaille pas, on est en train de travailler.

 

IAN WAELDER, artista, Frankfurt, 16 de julio

 

Antes de responder quiero dejar constancia que como artista o individuo creo que escribo estas palabras desde un pedestal de enorme privilegio. Más que nada porque en los últimos tres años no he tenido que preocuparme por nada más que por ir a mi estudio y seguir haciendo las cosas que se me pasan por la cabeza. Y esta situación me deja demasiado tiempo libre para pensar y decir tonterías.

Pero todo eso se podría terminar hoy. Así que yendo a la pregunta, he de decir que desde que supe que la palabra “trabajo” proviene etimológicamente de “sufrir” o “tortura”, no he podido evitar leer esta pregunta y dejarla resonar en mi cabeza estas dos últimas semanas como: “¿Por qué sigue usted sufriendo y torturándose?”. Y me doy cuenta entonces que esta pregunta a muchos artistas nos persigue cada mañana porque la facilidad a la renuncia es muy elevada para la mayoría, pero seguimos. Y reunimos en muchos casos los elementos lógicos y necesarios para el NO: falta de tiempo, falta de ingresos, depender de otros trabajos para dedicarnos a nuestro trabajo “real” o un interés por parte del público o el mundo del arte que no cumple las aspiraciones de uno mismo. O simplemente te cansas de un mundo como es el del arte que se vende como progresista y es conservador a más no poder, por no decir que está poblado de desgraciados hipócritas. Pero uno no es menos artista por trabajar en la oscuridad, y a través del arte he tenido la suerte de conocer a las personas mas maravillosas. Aún así, volviendo a la lista de contras, nos queremos aferrar a la boya pese a estar rodeados de pirañas. Y la gente desde el barco nos mira raro. También pienso que todo esto que digo es aplicable a cualquier trabajo de mierda –entendiendo “trabajo de mierda” como cualquier puesto que ofrezca unas condiciones de mierda. Pero es que ser artista es tan jodido como magnífico. Podría parar y buscar sufrimiento en otra cosa, pero tampoco soy capaz de mucho más y eso es algo que veo positivamente porque me hace las cosas más fáciles a la hora de decidir seguir trabajando. No quiero frivolizar el concepto del sufrimiento, pues en un contexto social es algo muy serio. Cualquiera que me lea y se encuentre en una situación precaria de verdad debe de morirse de ganas de partirme la cara. Así que digamos que hablo de un tipo de sufrimiento más bien existencial. Y seguir trabajando -sufriendo- como artista es, a parte del amor, lo único que me hace sentir que cierto grado de tortura puede valer la pena, por más que me esfuerce en querer pensar lo contrario. En los ocho años que llevo realizando una práctica artística –que de aquí a que me muera, suponiendo que muera viejo, no es nada y por tanto mi sufrimiento mínimo– he entendido que da igual qué otro trabajo esté haciendo, que el halo del arte siempre está acechando como un fantasma que te da toques en el hombro. Sigo trabajando porque ser artista es la opción más jodida y yo soy un masoca. Y por lo tanto tomo la decisión de condenarme a esta absurda trinchera que es el arte, para defender este absurdo dentro de un mundo que no nos necesita y mucho menos nos entiende. Y quizás sea mejor así. Parte de ser artista es poder hacer lo que a uno le da la gana. Y creo que en una mayor parte, sigo trabajando para poder seguir haciendo lo que me da la gana. Y con esto último me podría haber ahorrado el 80% de lo que os cuento.

 

JUAN CANELA, Curador independiente y crítico, Barcelona, 17 de julio

Porque creo firmemente que en este porvenir incierto que enfrentamos, el trabajo de lxs artistas es imprescindible para poder imaginar y generar formas de comunidad y estructuras de vida que desafíen el status quo.

 

PATRICIA DAUDER, artista, Barcelona, 17 de julio

Se trata de una pregunta que para mi no tiene mucho sentido. Es decir, puedo dar muchas razones, a nivel de motivación profesional y existencial que me llevan a seguir haciendo lo que me gusta y lo que vengo haciendo desde hace 25 años, llámese ocupación, oficio o trabajo. En mi opinión no tiene mucho interés enumerarlas, cada cual tiene las suyas.

¿Porqué seguir trabajando en un sector que no goza de ningún valor ni estimación, no tan sólo por parte de la mayoría de la sociedad sino a menudo por los propios agentes que trabajan en este sector? Eso puede dar pie a respuestas muy diversas.

De todos modos, algunas cuestiones que me vienen continuamente a la mente y que están relacionadas con la pregunta formulada, son: porqué hay tan poco respeto poco el arte y el trabajo que se ejerce con rigor y seriedad por parte de artistas y comisarios? porqué la calidad de los proyectos artísticos no es con demasiada frecuencia el factor primordial cuando se hace una programación o una exposición? Porqué escasea tanto la crítica y la autocrítica? Porqué hay tanto miedo de desviarse de la tendencia general y se hecha tanto en falta obras verdaderamente arriesgadas y personales? Y porque aceptamos tan rápidamente todas estas situaciones?

Bien sé que las condiciones y la precariedad del sector, explican algunas de estas cuestiones, pero no siempre y no todas y en cualquier caso, no debería ser así. Y dado que nadie nos obliga a continuar trabajando en este ámbito, bueno sería plantearse qué está en nuestras manos hacer para mejorarlo, porque sino, va en detrimento de todos. Aunque sé que la situación actual es muy complicada, creo que hay margen para hacer las cosas de diferente manera y mejor, siendo mas críticos y exigentes con nuestro entorno y nosotros mismos y pensando mas en el beneficio de la comunidad y menos en el nuestro propio.

 

RAQUEL FRIERA, artista, Prats de Lluçanés, 20 de julio

Sigo trabajando en la producción artística porque el efecto del trabajo en mí, en las personas con las que trabajo y en otras que acceden a él de forma externa, sigue compensando las carencias del sistema del arte contemporáneo (precariedad, desigualdades, inestabilidad, elitismo, competitividad…) .

 

ARNAU BLANCH, artista, Barcelona, 20 de julio

Seguir trabajando ha sido y sigue siendo una cuestión que pocas veces he puesto en duda. Por otro lado, dudas he tenido y sigo teniendo muchas dudas, pero la mayor parte de las veces vienen de la necesidad de saber cosas como: ¿cuál es mi espacio en el mundo artístico? ¿con qué me siento satisfecho y cuáles son los límites que me pongo? Muchas más dudas van apareciendo y se van esfumando con el paso de los años.

Sigo trabajando porque no veo otra opción de ser y estar en el mundo. Sigo aunque puedo imaginarme fuera  del circuito expositivo, haciendo y no mostrando. Pero trabajar, producir, hacer y percibir el mundo me parecen una misma cosa. Por tanto, creo que trabajar no deja de ser una forma de existir y de vivir los años que me tocan.

 

DIANA PADRÓN, comisaria e investigadora, Barcelona, 21 de julio

Trabajo porque me dijeron que era un juego, un debate, un baile y sí, muchas veces me lo paso pipa. Porque tengo un compromiso con la ciudad donde vivo, con el arte, con la crítica, con la esfera pública. Evidentemente trabajo porque es imperativo ser autosuficiente, pero sobre todo lo es acumular capital simbólico. Me parecería obsceno equipararme al trabajador asalariado, nuestro modelo es más bien el del empresario. Trabajo para reproducir el capital, para innovar en flexibilidad laboral, para experimentar lo último en autoexplotación y para que me inviten a fiestas divertidas. Paradójicamente, también trabajo para imaginarme alguna clase de colectivo. Porque al final, no vayamos a ser nihilistas, algo debe haber en el arte que apunte a alguna suerte de afuera. Sigo trabajando por si algún día, entre todos, nos inventamos otro mundo. Trabajo además porque me ha escrito Gisela, que es un amor y una tía sabia y súper potente, para preguntarme por qué sigo trabajando, y claro, también trabajo por amor.

 

MARC HERRERO, artista, Barcelona, 21 de julio

Porque es mi forma de estar en el mundo, cuando estoy conectado al deseo, de lo contrario tengo tendencia a elaborar un discurso neurótico de sufrimiento.

 

PACO CHANIVET, artista, Barcelona, 21 de julio

Mi aproximación al arte siempre ha exigido una explicación al mismo tiempo que ha desafiado cualquiera que pueda darle, esta contradicción se repite cíclicamente hasta agotar la fe en una respuesta posible, transfigurando lo real en algo ajeno. Pero por un momento, me sumo al juego de ponerle palabras a lo que no puede nombrarse: ¿Por qué sigo trabajando? En mi caso la pregunta está mal planteada porque no soy yo quien trabaja sino alguien que está siendo trabajado. ¿Para qué o quién? Lo desconozco, pero intuyo que se trata de algo anterior a mi mismo, que se manifiesta mediante estallidos de pánico y asombro, y que me permite acceder de forma súbita y escueta al misterio de estar vivo.

 

BEATRIZ ESCUDERO Y FRANCESCO GIAVERI, Barcelona, 22 de julio

¿Desde cuándo la pereza es considerada como la madre de todos los vicios?

“la pereza asusta a los pueblos y quienes se entregan a ella se encuentran perseguidos, y eso porque nadie la ha comprendido como verdad, sino que la han llamado “la madre de los vicios”, cuando realmente es la madre de la vida.” Kazimir Malevich

¿Porque preguntarse por el trabajo y no por el rechazo al mismo? En los próximos años, en una década o poco más, la mitad de los actuales empleos serán ejecutados por máquinas, en un proceso de automatización de las fuerzas productivas imparable (Véase Inventing the Future. Postcapitalism and a World Without Work de Nick Srnicek y Alex Williams).

Conviene entonces empezar a ponernos en situación y pensar en el no hacer, en cómo podemos derrochar de manera eficaz una enorme cantidad de tiempo y un amplia cantidad de recursos, para reconsiderar la pereza bajo el prisma de la teoría económica y de los acontecimientos que hemos vivido en las últimos años; incluida la reciente experiencia de una pandemia que nos ha obligado a desacelerar forzosamente.

Aceptar el derroche de nuestras habilidades productivas como algo necesario y plantear un diverso empleo del tiempo podría generar una anomalía en el sistema de valores de la sociedad contemporánea y articular maneras alternativas de entender la vida. La pereza se revela como una forma de resistencia a la hiperactividad contemporánea; quizá la única defensa frente al utilitarismo y al pragmatismo cortoplacistas propios del neoliberalismo que no reparten riqueza ni aseguran una vida digna. Una forma de recuperar el control sobre nuestro tiempo, desquiciado y acelerado, y la absolutización de una concepción errónea de la vita activa que, con su imperativo del trabajo, degrada la persona a simple animal laborans.

“Sabes, me preguntan si continuaría escribiendo si estuviese en una isla desierta y supiese que nadie fuese a leer lo que he escrito. Mi respuesta es rotundamente sí. Continuaría escribiendo por compañía. Porque estoy creando un mundo imaginario -siempre es imaginario- en donde me gustaría vivir”. Así contesta William S. Burroughs a Conrad Knickerbocker en una entrevista de 1965 publicada en Paris Review. Para ‘imaginar mundos’ no hace falta trabajar, sino solamente existir, respirar y, sobre todo, tener tiempo para cuestionar la que se ha convertido en una categoría definitoria de nuestra subjetividad: nuestro empleo. En clara oposición a la condena de mantenerse empleado para subsistir, la pereza pone en evidencia a la más eficaz forma de control y opresión: el trabajo. El rey de los perezosos sería, como no, Marcel Duchamp que ya señalaba el problema de forma rotunda: “es vergonzoso que todavía estemos obligados a trabajar simplemente para vivir, […] estar obligado a trabajar para existir es, realmente, una infamia”.

Bajo la presión de la actividad frenética, nos resulta indistinguible la ambivalencia, lo indeterminado, lo complejo que, al fin y al cabo, determinan una vida verdadera. Sólo destruyendo el reloj que organiza nuestro tiempo podremos darnos la tranquilidad necesaria para pensar, para comprender las posiciones divergentes, la otredad de un mundo global y avanzar hacia formas alternativas a una realidad impuesta. Sabotear la máquina, escapar de lógicas productivas y ejercer la pereza como verdad inalienable, como resistencia.

* este texto forma parte de una investigación más amplia que se publicará coincidiendo con la exposición Sooooo Lazy. Elogio del derroche, a partir del 26 de noviembre de 2020 en Caixaforum Barcelona.

 

LUIS BISBE, artista, Barcelona, 22 de julio

 

ADRIAN SCHINDLER, artista, Bruselas, 23 de julio

«Contar la revuelta», uno de tres pósters del proyecto «Occupez ces mains rebelles!» (Mantened estas manos rebeldes ocupadas!), Château Nour, Bruselas, 2020.

Gisela Chillida (Barcelona, 1987) es crítica de arte, comisaria independiente y gestora cultural. Escribe regularmente para las revistas y publicaciones Bonart, Hänsel i Gretel, Núvol-Digital de Cultura, La Maleta de Portbou, Politica&Prosa o Diario Levante. Recientemente, ha editado el libro “Galeries d’art a Catalunya” y el catálogo sobre la muestra “Tàpies/Alcaraz/Rubert” en Kunst Lager Haas de Berlín. Algunas de sus exposiciones como comisaria se han podido ver en las galerías Àngels Barcelona (Enésima Intempestiva), Arte Aurora (El pliegue y Seastanding) y Àcid Sulfúric (€uropolis), el espacio Cera 13 (Luna y polvo) o en Fase Espacio de Creación y Pensamiento. Desde 2018, coordina el Premio Loop Discover, celebrado en el marco del festival y feria de videoarte LOOP Barcelona.

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