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Magazine

17 febrero 2020
Salir rana. Ingela Ihrman

Chus Martínez

Hace un año y algo fui a dar una charla al MIT, invitada por el programa de arte. A media tarde el director me informa que el laboratorio de robótica esta muy interesado en sumarse al evento. Mostré mi entusiasmo y al tiempo, pensé, la vamos a liar. Mi charla abordaba de un modo especulativo y extraño la posibilidad de convertirse en rana. La idea no era mía, sino de una artista sueca, Ingela Ihrman, que, efectivamente se convierte en rana. Al trabajo en sí podría calificársele de performance, pero no estoy muy segura de que el apelativo sea exacto. No se trata de activar el cuerpo, el espacio y los elementos externos desde una valoración positiva del cuerpo mismo como obra. Se trata, simplemente, de convertirse en rana. Convertirse en rana – pensad en el Príncipe rana, el cuento de los hermanos Grimm- es un modo de castigo que alude a la necesidad de bajarte los humos humanos y situarte a pie de hoja de lotus. En el cuento, la princesita mimada incumple su palabra con una rana y su padre le obliga a convivir con ella. Por suerte la rana, verde y bien viscosilla, es un príncipe más lustroso que un décimo de lotería premiado. El aspecto crucial de la narración, para nuestro tiempo, no es el matrimonio real, sino el hecho de que la princesa haya pasado una noche con la rana. La rana Ihrmann podría tratarse de esa misma rana, solo que por la mañana sigue siendo alteza real anfibia. Con la misma, resuelve ponerse al día en asuntos humanos e invierte en su vida exterior, con una visita al gimnasio y la interior, con unas sesiones de yoga y meditación. La pieza que en la obra de Ingela Ihrman tiene un contexto muy fértil —puesto que también ha sido renacuajo y flor en múltiples ocasiones— plantea multitud de cuestiones fundamentales sobre la forma en como imaginamos la inteligencia, la interpelación entre especies, los derechos jurídicos de la vida natural, los géneros mismos que hemos heredado y su forma de pensar e incluir el cuerpo…

Es difícil cuestionar el futuro de la autonomía de las máquinas inteligentes. Hace unas semanas en Tokyo tuve en mis brazos un robot animalillo que respondía la mar de bien a mi amor con una emoción impensable en el plástico hasta hace poco. Sin embargo, sé muy bien que si, a mi delicada edad hormonal le sumo unas conversaciones con ranas, árboles y demás fauna, sé que no voy a contar con el aplauso de quienes viven entusiasmados por las dádivas de inteligencia artificial y el deep learning. Pero yo creo que, visto lo que arde, el deep frogging es fundamental y necesario para aprender a comportarse con la vida y pensar en un contrato socio-natural distinto. Ni que decir tiene que los del MIT querían besar rana a toda costa!

 

(Imágen: Ingela Ihrman The Toad. Video (4’17) / performance 2013)

Chus Martínez es directora del Instituto de Arte de FHNW Academia de Artes y Diseño de Basilea, Suiza. También es la jefa de expedición del segundo ciclo de TBA21- Academy, un programa para artistas, agentes culturales y científicos en relación a los Océanos.

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06 febrero 2006

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