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Magazine

18 enero 2013
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Sátira y parodia como estrategias de crítica

Montse Badia

En el ámbito del branding, “baseline” es la frase de comunicación que acompaña a la marca en todos los soportes de comunicación que se utilizan para promocionarla. Es el “Just do it” de Nike, “Connecting people” de Nokia, “Move your mind” de Saab o “Think Different” de Apple. En términos coloquiales, los profesionales del branding se refieren al “baseline” como “vaseline”, es decir, el lubricante que hace que “entre” el mensaje.

En el contexto de la cultura, el humor, la parodia y la sátira pueden tener este efecto “vaseline” que permite a sus autores realizar implacables críticas ante hechos, situaciones o sistemas cuestionables. Hay momentos en los que la realidad es tan dura, desconcertante, poco razonable e injusta, que sólo mediante la representación paródica parece que se pueden agitar las percepciones y las consciencias. Uno de esos momentos fueron los convulsos años 30, en los que surgieron los fotomontajes políticos de John Heartfield (nacido Helmut Herzfeld): Adolf Der Übermensch: Schluckt Gold und redet Blech (Adolf, Superman: traga oro y habla chatarra), en el que puede verse en el interior de Hitler, con la ayuda de rayos X, una pila de monedas de oro; Goering: Der Henker des Dritten Reichs (Göring el ejecutor del Tercer Reich) aparece caracterizado como un carnicero o Hurrah, die Butter is alle! (Hurra! La mantequilla se ha terminado), en el que una familia sentada alrededor de una mesa no tiene nada más que comer que trozos de metal, en referencia a una desafortunada frase de Göring pronunciada durante un período de escasez de alimentos, en la que afirmó que el metal siempre ha hecho fuerte a la nación, mientras que la mantequilla y las grasas sólo crean gente gorda. No es casualidad que Hurrah, die Butter is Alle! fuera homenajeada en momentos posteriores y también muy críticos por el punk, apareciendo en la portada del disco “Mittageisen” de Siouxsie and the Banshees.

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Los herederos del fotomontaje de Heartfield o de Jacob Kjeldgaard (que con el seudónimo de Marinus realizó críticos fotocollages para el periódico francés Marianne) se encuentran ahora mismo en la prensa escrita, en revistas satíricas como El Jueves, Karma Dice, Charlie Hebdo, o, de aparición más reciente, Mongolia
“la revista satírica sin mensaje alguno” que se define a partir de un manifesto/decálogo, que deja bien claro cuál es el mensaje y que en cada número incluye la sección “Reality News”, con reportajes de investigación (de los serios) en los que la realidad supera cualquier parodia.

En TV3, la televisión autonómica catalana, en febrero del año 2006 nació Polònia, un programa de sátira política, cuyo nombre ironiza con la denominación polacos, un término despectivo y coloquial usado para referirse a los catalanes. La actualidad política se está volviendo tan autoparódica que los guionistas del programa lo tienen cada semana más difícil para superarla. El retrato que Polònia hace de la sociedad catalana, española e internacional es tan precisa como implacable: el Mas style, Obama y Bin Laden en la proa del barco emulando la mítica escena del film Titanic, antes de que, ups, Bin Laden se fuera por la borda; o el Ministro español de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert caracterizado como un casposo y perverso personaje de ciencia ficción, entre otros, configuran un universo de caricaturas de personajes y situaciones reales, que funciona como un espejo deformante de una realidad ya bastante deformada.

Pero ¿y el arte? La sátira, la ironía o la burla ácida son algunos de los recursos del arte para criticar o denunciar una realidad determinada. Honoré Daumier realizaba caricaturas con las cosas que le desagradaban de la sociedad en la que le había tocado vivir. William Hogarth elaboraba “modern moral subjects” que eran parodias de aquello que quería poner en evidencia. Ejemplos más recientes son Dan Perjovschi, que hace dibujos que toman la historia como un continuo de eventos, o David Shrigley, cuyos dibujos aluden a los aspectos más oscuros de la existencia cotidiana. Para hacer más accesibles sus trabajos, Shrigley no tiene problema en utilizar todo tipo de canales y formatos. Es capaz de hacer instalaciones, fotografías, esculturas, dibujos, libros, cubiertas de discos, posters, tattoos, objetos varios como saleros y pimenteros, intervenciones en escaparates y en el espacio público o señales de libros.

Sin embargo, si tuviéramos que buscar el equivalente al estilo Polònia en arte contemporáneo éste podría ser Maurizio Cattelan, capaz de combinar escultura y performance, ridiculizando a quien haga falta, y transgresor, muchas veces en relación al espectador. Su pequeño Hitler, castigado de rodillas, o el Papa Juan Pablo II abatido por un meteorito son buenos ejemplos de ello y se han convertido en imágenes recurrentes para ilustrar los artículos en la prensa generalista que periódicamente lanzan una “original” pregunta “¿Es esto arte?”. ¿Cuál es, entonces, la diferencia? ¿Cuál la efectividad de la estrategia? Polònia es televisión y Cattelan un artista que, aunque puede trabajar en el espacio público, siempre se enmarca dentro del sistema del arte. Polònia no tiene que justificar que lo que hace es humor, televisión o crítica política, mientras que Cattelan a menudo tiene que justificar que lo que hace es arte. Los aspectos críticos se discuten luego y el humor, el “vaseline” del humor, puede también resultar complicado para la complejidad y la sofisticación que, en el fondo, están en el ADN del mundo del arte.

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A Montse Badia nunca le ha gustado estarse quieta, por eso siempre ha pensado en viajar, entrar en relación con otros contextos y tomar distancias para poder pensar mejor el mundo. La crítica de arte y el comisariado ha sido una vía desde la que poner en práctica su convencimiento en la necesidad del pensamiento crítico, de las idiosincracias y los posicionamientos individuales. ¿Cómo si no podremos cuestionar la estandarización a la que nos vemos abocados?
www.montsebadia.net

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