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13 enero 2020
Todo Cambrils a oscuras y yo desde la terraza viéndolo todo

Sergi Botella

Todo Cambrils a oscuras y yo desde la terraza viéndolo todo.

 

En un polígono marítimo, se alzan frases, nombres y símbolos de los grupos de jóvenes rusos que quedan para pegarse. Está todo escrito con piedras.

 

Los cuervos no son negros por placer.

 

La imposibilidad de desprenderse de uno mismo.

 

Y caer en el engaño del lenguaje.

 

Creyendo que aprendes a nadar.

 

Construir un asentamiento para asentar.

Y escribir veinticinco kilómetros sin parar.

 

Subir a una repisa de roca a cuarenta metros sin salida para cantar.

 

Al mezclar todos los colores el negro es más él.

 

Perder familias sintetizadas como dolor químico.

 

Saberte libre, sin atar, sin sujetar, sin seguridad social.

 

El viejo y el amar.

 

Telepatía por frecuencia privada como el miedo del neandertal.

 

Y el faquir revirtiendo el tiempo, sacándose una espada infinita sin poder terminar.

 

Como carne mechá en la comida de Navidad de la Casa Real.

 

Irse en temporada ya casi extinta con una amalgama de rusos y alemanes.

 

Pensando en que su ocio se funda en su propia condición. Ellos son los actores de la película que están viendo mientras la van construyendo.

 

Otras bajan a más de cien metros dentro del océano sin casi poder ver ni escuchar.

 

Venir premeditadamente para analizar todo lo que haces, intentar entender. Simplemente estando.

 

Rescatarse. A uno mismo, como en el viejo y ahora el mar.

Y saber de antemano que solo la espina llegará.

 

La tristeza como lo ejemplar.

Defender el sacrificio, sin amo, ni dios, ni cobrar.

 

Como el viejo y el andar.

 

Valencia y Bélgica empezaron en la oscuridad.

Cuando se acostumbraron a la luz y se vieron, vino el final.

 

Maria se preocupaba de que el periódico con el que envolvía la jaula de Titus, la cotorra argentina, estuviera puesta de tal forma que desde dentro el texto fuera leíble.

 

Calamares de más o menos metro y medio que viven en las profundidades.

De noche salen a cenar, evolucionaron pudiendo emitir luz que varía dependiendo de su estado de ánimo.

 

Dos alemanes discuten. A ella los calamares le parecen una mierda, él la mira.

 

A quién le puede gustar.

El Aperol Spritz como indicador de la salud del capital.

 

Y Carrie fuera de escena haciéndolo aún mejor.

 

La oscuridad puede estar en un camión, lejos de la familia.

 

Pero seguramente preferimos analizar la oscuridad en la cabeza de la hija del trabajador de Transportes Miramar.

 

Eva salió de yoga con su estera plateada que Lucía le regaló dos meses atrás.

 

Era el día elegido, hacía tiempo que lo planeaba.

 

Abrió el portal y al sacar las llaves éstas cayeron al suelo. No le gustó.

En ese Hoy todo debía salir perfecto.

Prefirió subir por las escaleras aprovechando esos seis pisos más entresuelo para descargar en un último sprint las fuerzas que le quedaban.

Entró en el apartamento, saludó al espejo del recibidor, dejó caer las llaves encima de la pantera de plata y se desnudó camino del baño.

Encendió el agua, saludó al espejo del lavabo y se sentó en el plato de ducha.

Abrió las piernas, meó y empezó a silbar Il Tramonto de I.F.

 

Mientras, repasaba los calculados pasos que debían ejecutarse con mimo y a la perfección.

 

Y allí se durmió, envuelta en espuma La Toja. Serían las nueve y media de la mañana cuando despertó.

 

Recordó el sueño en el que su padre era la vela del ala delta que ella gobernaba con precisión, justo encima de un campo de calabacines rosas numerados del cero al mil novecientos noventa y cuatro.

 

Ezequiel celebraba el ascenso, pero lo que más le gustó del asunto era pasar por encima de su antiguo coordinador. Se la tenía jurada y ahora era cuestión de tiempo poner las cosas en su lugar. Pero no buscaba venganza. Se movía mejor olvidando y haciendo que las demás olvidasen. Así la víctima sufriría hasta su jubilación.

 

Se despidió cuando las tarjetas de crédito empezaron a cortar el aire.

Bajó todo lo rápido que pudo al garaje, escupió, se puso el casco y salió con la RD350 como si condujera un corcel de estos que bailan en anfiteatros de arena.

Todo medido para no llegar ni antes ni después a su cita. Hoy la mataría después de dos años esperando el mejor de los momentos.

Abrió la visera para secar la primera lágrima que brotaba de sus ojos desde que nació. El mismo día en el que su madre murió y su padre desapareció.

 

– Hola Eva, ¿cómo estás?

– Bien, con muchas ganas de que nos viéramos. ¿Y tú, qué tal?

 

Se encontraron justo donde se conocieron. A las once en punto de la noche en el tercer espigón a la derecha del puerto de Salou.

 

Dejé de dibujar hace ya muchos años, quizás por el miedo que me producía el representar. Dibujar produce que no sepas olvidar.

 

No pudo ni contestar, cuando una daga entró por el costado izquierdo de Ezequiel, un corte perfecto inclinado justo a las once, entrando por el pericardio y abriéndose paso hasta la aurícula.

 

Se arrodilló, besó el vientre de Eva por última vez, y pausó su mirada antes de caer a sus pies. Al instante Eva vomitó encima de él. Le abrazó y entró en el túnel con la ayuda de la cicuta.

 

Luego se fueron juntos a nadar.

 

Fíjense, los tics que se adquieren al fumar, siempre parecen ajenos.

 

Y quien no fuma ni los tiene.

 

La oscuridad es reflejarse en el espejo por tiempo prolongado. Sacando tu yo neutro. Hasta perder la identidad.

 

Si te gusta o no ya es cosa tuya.

 

Para gustos dolores.

 

——-

(Imagen destacada: fotografía de Goran Bertok)

«El trabajo de Sergi Botella gira en torno a la realidad más cotidiana bajo la premisa de evidenciar los complejos engranajes afectivos y emocionales que definen nuestras rutinas diarias. Una estrategia que, desde la práctica artística, le permite ensayar fórmulas de ficción indisolubles de aquello real y verídico. Un sistema narrativo en constante proceso que toma como punto de partida las vivencias personales del artista, así como las relaciones e influencias surgidas de aquellos entornos inmediatos en los que se mueve.» David Armengol 2012

Sergi Botella (Terrassa, 1976) actualmente sus trabajos se aúnan en presentaciones performáticas, textos y techno. Un ejercicio a medio camino entre la electrónica sonora y la remezcla vivencial. Sus explicaciones ejemplificadas fluyen en una atmósfera cargada de mentiras autosugestionadas y de los relatos más honestos que se sujetan unos a otros.

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)