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Magazine

28 mayo 2012
Un teatro sin teatro

Roger Bernat ha presentado su obra “Pendiente de voto” en el Festival de Noves Escenes Obertes (otro evento cultural de Barcelona que está pendiente de un hilo). Una obra en la que el teatro se convierte en un parlamento dirigido por los espectadores. En el número 95 de A*Magazine, Roger Bernat, entrevistado por Saioa Olmo, declaraba que entiende el teatro “como ese lugar en el que se reúne una serie de gente para preguntarse qué significa vivir en comunidad”. “Pendiente de voto” es su puesta en práctica.


Una de las exposiciones del MACBA que han quedado en la memoria se titulaba “Un teatro sin teatro”. En ella se venía a discutir la premisa formalista de la pureza del arte y se reclamaba la hibridación de las artes recogiendo la idea de la teatralidad. El museo se presentaba como un lugar que no siendo un teatro acogía prácticas teatrales. Roger Bernat en su última propuesta ha dado la vuelta a la premisa del teatro sin teatro. Aquí sí estamos en un teatro, en una sala con escenario y butacas, con espectadores, pero sin teatralidad. O, al menos, sin representación y sin actores. Los actores son los propios espectadores que se pasan las dos horas de la “función” tomando decisiones, votando y discutiendo las propuestas de una máquina. ¡Qué nadie se asuste!, aquí no se trata de la típica obra de teatro incomodante en la que te toca salir al escenario a hacer el ridículo.

Antes de entrar en la sala cada espectador recibe un mando con el que votará sí, no o se abstendrá frente a las preguntas que plantea la máquina sobreimpresionadas en una gran pantalla en el centro del escenario. De hecho ni siquiera estás obligado a votar. Las primeras preguntas funcionan como una especie de compromiso o contrato con el espectador sobre si está dispuesto a entrar en el juego: ¿te sientes capaz de usar el mando sin recibir instrucciones? ¿te sientes capaz de tomar decisiones esta noche? Los síes son abrumadores. Se acepta el juego, estamos dispuestos a votar y tomar decisiones. Supongo que si en algún caso Roger Bernat se encontrase con un no unánime acabaría la función en ese momento.

Desde el principio la cuestión está planteada: este no es un espacio de representación, es un espacio autónomo en el que unas personas toman las decisiones sobre como organizarse. Es un espacio real. La sala se declara inviolable, se la declara como territorio propio e independiente. Teatro sin representación, en “pendiente de votación” Roger Bernat insiste en llevar a cabo una práctica teatral que asume la crisis de la representación, de la imposibilidad de representar. Siguiendo al pie de la letra la teoría Situacionista, lo que propone es una situación. Lo cual no significa que no haya narrativa. Al contrario, las propias votaciones establecen un relato.

Podemos escoger entre escuchar a los Beatles o a los Stones. ¡Hay que joderse!, en la sesión a la que asistí ganaron los Beatles. Dicen que el mundo se divide entre a los que les gustan los Beatles y a los que les gustan los Stones. Estoy en minoría. Hay que aceptar las leyes de esta democracia pequeña y transitoria a la que hemos decidido jugar aquí durante un par de horas. De eso va la obra: de asumir las contradicciones de la democracia. Más aún, como era el caso, frente a un público entregado al libre pensamiento. Y, frente al que Roger Bernat hace algunas concesiones seguramente destinadas a generar simpatía y empatía: se desestima la propuesta de un servicio militar obligatorio, no habrá seguridad, se abolirá la monarquía y se declara la tercera república. Vítores. Pero, incluso ahí hay preguntas trampa: si no hay seguridad, la seguridad queda a merced de otros, por ejemplo de la seguridad del teatro. También la predisposición revolucionaria del público lleva a la decisión de que el sistema pueda prever la revolución, lo cual anula toda posibilidad revolucionaria. O que establecer un sistema de reinserción social para terroristas significa admitir que en un proceso de paz tiene que haber un intercambio económico. Así introduce temas de actualidad (el 15M o las ayudas sociales), en preguntas, sin duda, capciosas pero que tienen la virtud de señalar que desde el momento en el que se decide jugar el juego democrático se asumen sus contradicciones y, en definitiva, el caer en la demagogia.

De hecho el relato de la obra insiste en ello. Primero al emparejar a los espectadores por afinidad y tener que compartir el voto, después al establecer partidos en base a las mismas afinidades en las que las discusiones internas, al menos en la sesión a la que asistí, estaban marcadas por la indecisión. Una indecisión llevada al límite al final de la obra cuando el portavoz general de todos los espectadores concedió, por desidia, cansancio o falta de decisión, todo el poder a la máquina. Esa máquina oculta que todos sospechamos está gobernando nuestra aparente democracia. Así que al final, tampoco Roger Bernat ha podido escapar de la representación: la representación de la democracia. Ese espacio real del teatro finalmente queda desvirtuado al ser él también un espacio figurado y que exige una metalectura. La de haber asistido a un espectáculo en el que también hemos tenido la ilusión de que podíamos decidir. Aunque, eso sí, éste ha sido divertido.

(Fotografía: CC Saioa Olmo)

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