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20 julio 2020
Una voz que sea todas las voces, un texto que sea todos los textos*

Larre

Las políticas de austeridad en el gasto público que se introdujeron en 2010 afectaron los recursos disponibles en el Sistema Nacional de Salud (NHS). Las medidas de austeridad dieron como resultado reducciones salariales del 5% para el personal del NHS, junto con despidos y una congelación de la contratación de personal. Durante 2012 y 2013, el número de empleados y los salarios se redujeron aún más y se aumentaron las horas de trabajo del personal existente. En 2017, el número de camas de hospital en España era de 297 camas por cada 100.000 habitantes. El promedio de la Unión Europea es de 340 camas por cada 100.000 habitantes.

Desde 2012, además, España introdujo el Real Decreto-ley 16/2012, que cambió la base de los derechos, vinculando éstos con la situación laboral de la persona, eliminando así la “sanidad universal” y afectando directamente a miles de personas migrantes y en situación de exclusión social. Desde entonces, la introducción de copagos y los recortes proporcionados a los servicios de salud han aumentado las desigualdades en el cuidado de la salud de todas las personas. Desde 2019, el 69% de los hospitales catalanes son de titularidad privada, así como el 56% de las camas hospitalarias.

El primer paciente en España con coronavirus se conoció el 31 de enero de 2020. A estas alturas, rozamos ya los más de 249.000 casos en menos de 5 meses.

A más población, menos camas; a más privatización, más privilegiadas se vuelven esas camas. Y ante esta lógica, cualquier virus que cumpla los vectores de contagio, morbilidad y mortalidad puede volver a desbordar y colapsar la sanidad pública y, por ello, negar a una gran parte de la sociedad a su derecho a ser cuidada en condiciones fundamentales. En ese caso, como muchas veces antes, serían las reacciones colectivas de resiliencia basadas en el apoyo mutuo y el cuidado lo que volvería a tornarse imprescindible para la sostenibilidad de la vida, entendida ésta, como plural, mutable y diversa.

Podemos empezar por donde pocas veces se empieza: diciendo que el trabajo de los cuidados ha reforzado históricamente la subordinación social de les agentes que participan en él por cuestiones de género, raza, orientación sexual, etnia, clase social, educación, discapacidades físicas y/o mentales, religión… También diciendo que si algo puso de manifiesto el confinamiento más estricto, ha sido lo doméstico como forma ‘naturalizada’, la domesticación de los cuidados, y lo privado como el espacio desde el que se gestiona la vida obedeciendo (en la mayoría de los casos) a la ideología y estructura de la familia nuclear. Además, hemos sido testigues de una relación entre la estrategia militar y el cuidado que fácilmente puede tender a potenciar formas relacionales que abogan, no por la emancipación y el cuidado en común, si no por el poder soberano y la implantación privada. Una relación que estaría ligada a un sentido de protección particular que, en lugar de tomar las necesidades de la otra persona como punto de partida, supone que quien protege sabe mejor lo que la persona[1] cuidada necesita.

Como dice Mark Fisher, en la esfera pública una de las principales instituciones que defiende el cuidado desde una retórica de protección es precisamente la militar, y bien hemos visto que lo militar ha estado y sigue estando muy presente en la gestión de la crisis del Covid-19. Nos remitimos aquí a Joan Tronto -una de las máximas exponentes de la ética de los cuidados-, quien encuentra la relación del cuidado con la protección tan problemática, que la excluye de cualquier tipo de categoría de cuidado.

Durante el “confinamiento” los medios de comunicación y las redes sociales reproducen incansablemente la idea de “heroicidad” del personal sanitario, aludiendo a una idea romántica de vocación que es ajena a las condiciones precarias, los contratos temporales y a la vulnerabilidad física y emocional a la que se exponen. Todes asistimos al teatro aplaudiendo puntualmente a las ocho de cada tarde.

Otro “hit” del relato mainstream son las historias de vecinos y vecinas que se ayudan “manteniendo la distancia social”, que se cantan desde los balcones o que se entretienen mirando a figuras claves del estado de alarma: policías y bomberos, que se dedican a recoger alimentos y a cantar “feliz cumpleaños” a niños y niñas blancas. Los “Menas”[2] no cumplen años. Tampoco se habla mucho de las redes informales[3] que se organizan para recolectar y distribuir recursos esenciales para quienes no aparecen en los medios porque no son visibles para el sistema.

La criminalización durante el estado de alarma de los desplazamientos para el aprovisionamiento de alimentos, entre otras formas de cuidado, a personas vulnerables, dependientes pero sobretodo a sujetos no-normativos pone de manifiesto el interés por parte de las instituciones de gobierno de someter a castigo otras formas de sostener la vida que no sean las constituidas desde la protección militarista. En este sentido, debemos ser conscientes de que el camino hacia otras formas de cuidado capaces de sostener la diversidad de vidas que habitan hoy nuestros barrios, ciudades, pueblos o comunidades no es una tarea fácil, homogeneizadora ni libre de confrontación entre les agentes implicades ni con nosotres mismes. Lo que algunes pueden ver como símbolos ineficaces, es sin embargo tomado muy en serio por la policía o el estado militar, que se moverá rápida y vigorosamente para detenerlos.

Si como hemos empezado diciendo, la privatización de las estructuras que sostienen la vida y la precariedad a la que éstas están sometidas han puesto en el centro la urgencia y la imprescindibilidad de las estructuras de apoyo mutuo para poder hacer frente a la sostenibilidad de nuestras vidas ante una pandemia, es ahora más urgente que nunca seguir colectivizando todas las experiencias vividas estos meses, así como aquellas que nos preceden. De este modo, podremos mapear y detectar herramientas necesarias para asegurar formas de cuidado sostenibles acordes a las formas de vida que decidamos en común. Nuestro mayor reto es por consiguiente el de poder crear un espacio cuidadoso, seguro, transversal e interseccional en el que desde nuestra diversidad de voces y cuerpos podamos seguir construyendo juntes, migrando conocimientos y concibiendo formas de apoyo responsables y atentas a las diversidades que nos caracterizan.

 

 

* La presente narración hilvana un texto de opinión con extractos de nuestras conversaciones de Whatsapp entre marzo y junio de 2020, en el ejercicio de entretejer las diferentes capas que atraviesan el acto y los tiempos de la escritura con el encargo específico. En palabras de Sara Ahmed, la idea de “sudar un texto”, dando visibilidad al esfuerzo (colectivo) y a las dimensiones personales (que son también políticas) del propio acto.

[1] Entendido como el sujeto modelo del capitalismo: cis-blanco-heteronormativo.

[2] Acrónimo de “menores extranjeros no acompañados”, utilizado habitualmente por medios de comunicación, instituciones y partidos políticos entre otros, para despersonalizar primero y criminalizar luego, a aquellos sujetos de mayor vulnerabilidad y que deberían estar amparados bajo los “derechos universales de la infancia”.

[3] Pensamos aquí en ejemplos como la Red de Cuidados Antirracista https://redantirracistacuidados.wordpress.com/, pero también en muchos otros.

 

 

Larre es una fuerza propositiva de carácter feminista e interseccional que utiliza y facilita herramientas de pensamiento y acción con las que encontrar un terreno común y plural desde donde poder señalar, cuestionar y reconstruir teorías y prácticas en el sector cultural actual. Ocupando diferentes lugares y cuerpos en la crítica, la práctica y la investigación, planteamos y acogemos actividades y espacios de colaboración capaces de embarcarnos en la exploración de diferentes realidades normalmente invisibilizadas o sumergidas. Larre se compone por Lara García Díaz, Priscila Clementti y Ángela Palacios.

Actualmente, Larre está desarrollando el proyecto “Te( n ) cuidado. Herramientas para la articulación colectiva”. Para más info: tencuidado.org

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Una voz que sea todas las voces, un texto que sea todos los textos*

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)