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16 marzo 2013
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Yo deseo… ¡una de palomitas medianas, por favor!

El fin de semana pasado me acerqué a Caixaforum en busca de un título: “Qué desear”. Atraída por la sugerente propuesta pero, al mismo tiempo, expectante por ver cómo resolvía curatorialmente tal reto conceptual: el deseo sólo con obras de la colección de «la Caixa».

A bote pronto, me sorprendió que la exposición se localizara en la sala que hay nada más subir las escaleras: no muy grande y rozando la zona de paso; pero al entrar entendí tal decisión ya que son 7 las obras elegidas. Tres me dejaron indiferente: Liu Jianhua, Dora García y Barceló. Respecto a las demás: las jaulas de pájaro de Pepe Espaliú desafían a la exclusión en un ejercicio de aislamiento; fusiona la delicada poética con material resistente. Continuando con esa sencillez (que no simplicidad), el vídeo de Cabello y Carceller nos muestra dos manos que realizan un mismo acto, repetitivo, se retroalimentan una de la otra en lo que parece ser metáfora del ciclo vital. También se dan cabida a las versiones, en este caso del «Gran Vidrio», por Sherrie Levine, que disecciona la obra aislando a seis de los solteros en vitrinas independientes, ya no sólo apartándolos de la novia sino de la misma compañía masculina. Apropiarse del «Gran Vidrio» y no morir en el intento merece cierto respeto, pero me pregunto si el deseo de la artista habría sido ser Duchamp por un instante (igual que a Duchamp ser Da Vinci). Anish Kaapor presenta una obra escondida: su pared fecundada. Una bella tripa que se mimetiza con el color del muro, tan minimalista que apenas se ve. Sólo si nos acercamos apreciaremos las sombras creadas por unas manos que no han podido evitar palparla en busca del latido interior.

Finalmente la obra que capta todas las atenciones, «Yo deseo tu deseo», de Rivan Neuenschwander (2003-2013): una especie de muro de las lamentaciones girado 180º, donde no pedimos sino recibimos. Recibimos deseos impresos en pulseras. Unos son sentimentales, otros fantásticos, pero todos provienen de la ilusión de unos desconocidos que nos invitan a la apropiación (nuevamente) de sus anhelos más secretos. Es interesante no sólo leer cada una de las propuestas, sino observar la actuación del público. A pesar de que se pide que sólo se coja una cinta por persona, descubro que casi todos se saltan el ruego, en especial abuelos y niños. Los abuelos para regalarlas a los hijos, nietos y demás conocidos; mientras que los niños… De pequeños somos fábricas de deseos, fantaseamos con ratones mágicos, jugamos con amigos invisibles…pero al cumplir años nos convertimos en curritos o (en peor caso) en ni-nis, lo único que nos estimula un ratón es histeria y si te ven hablando solo es preocupante. Las facturas ocupan ese espacio de anhelos, y más en estos tiempos.

Nos gusta sentirnos partícipes del arte. Vivimos en la era de la constante interactuación, reducto del capitalismo más desaforado, donde acumular objetos y experiencias se ha convertido en nuestra razón de ser. Es por ello que el arte interactivo atrae. No nos resignamos a observar algo que nos gusta para luego dejarlo de lado. Tenemos que atraparlo, sentirnos dueños de ello, y por suerte contamos con la herramienta idónea: el móvil. Si hay una acción que caracterice las ferias de arte no es precisamente comprar obra, sino fotografiarla o, mejor aún, fotografiarse al lado de ella. Es la manera más asequible de sentirte partícipe y dueño de la misma… De esta manera me pregunto, ¿el arte dejaría de ser arte si estuviera al alcance de todo bolsillo? ¿por qué preferimos la posesión a la experiencia?

Pero he encontrado la obra que podría cerrar esta exposición, se encuentra en el cine. Bajo el título «Searching for Sugar man» el multidisciplinar Malik Bendjelloul (encargado de dirección, guión y producción) nos devuelve la ilusión por medio de la quintaesencia de los documentales. Los protagonistas de esta hora y media de film son los sentimientos: unas esperanzas y pasiones tan firmes que resucitan a Sixto Rodríguez: un artista, músico, poeta… caído en el olvido debido a la corrupta industria musical (sobre este documental, Peio Aguirre hace un interesante análisis en su artículo “Documentales de éxito. Sobre Searching for Sugar Man”).

La leyenda negra de Rodríguez contaba que se había suicidado en un antro de Detroit frente a los abucheos de un público descontento; el fracaso artístico había acabado con él. Sin embargo, en la otra parte del mundo su música continuaba viva; se había convertido en la banda sonora del movimiento que combatía el Apartheid sudafricano de los ’90, y todo gracias a una copia de su disco “Cold fact”. El misterio envuelve esta cautivadora investigación que parte de una hilarante y loca esperanza pero que, contra todo pronóstico, consigue el milagro: toda la sala dibuja una gran sonrisa. Ha logrado que, por un rato, regresemos a la niñez y volvamos a creer en ese deseo que desde hace tiempo guardamos bajo llave.

Y como quizá tardaremos un poco en alcanzarlo, lo mejor será ir disfrutando del camino, por ejemplo, deleitándonos con obras como las de Kapoor y, por qué no, con Rodríguez tocando de fondo.

Alba Benavent es una eterna aprendiza. Historiadora del arte, observa el mundo artístico bajo una mirada curiosa a la par que analítica; la investigación ha sido siempre su asignatura favorita. De mente inquieta, casi tanto como sus pies, se propone hacer más accesibles los entresijos del chiringuito artístico a partir de la reflexión entorno a las diferentes actuaciones de sus agentes. Escribe el blog elchiringuitodelarte.

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