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Spotlight

26 marzo 2021
Pérez Villalta y la mecánica del mito

Pablo Caldera

Hay una pintura conservada en la Galleria Nazionale delle Marche en Urbino que es la viva imagen del quattrocento. Hasta ahora, su autoría se desconoce, aunque hay quien se la atribuye a Laurana, Piero della Francesca o incluso a Alberti. Se titula La ciudad ideal y muestra una plaza abierta, con un edificio circular de columnas corintias en el centro, a escasos metros de unos edificios cuya separación está matemáticamente medida. Esa ciudad ideal, armónica y luminosa, es lo contrario a un laberinto.

Desde el primer piso de la sala de arte Alcalá 31, uno puede configurar una imagen del laberinto, conceptual y espacial, que presenta el comisario Óscar Alonso Molina con motivo de la retrospectiva dedicada al pintor gaditano Guillermo Pérez Villalta. La arquitectura museística reproduce la intensidad psicótica de los cuadros, y recorriendo la exposición nos topamos con ventanas —reales y pintadas—, con faros —alzados y representados—, e incluso con muros que nos impiden el paso. Pero hay una diferencia esencial entre la idea común de laberinto y el laberinto expositivo: en este caso, todos los caminos llevan a algún lugar figurado. En cada esquina, en cada recoveco, hay un cuadro. Si por algún casual el visitante se pierde, puede siempre mirar al ábside de la sala, donde encontrará el rostro de Cristo, brújula y guía del visitante, del artista, de la historia del arte.

Pérez Villalta apostó por la figuración cuando el informalismo triunfaba en España, a mediados de los 70. En las últimas cinco décadas su estilo no ha variado, si bien los cuerpos que llenaban esas composiciones apretadas propias de los años de la movida (Escena. Personajes a la salida de un concierto de rock, 1979; Grupo de personas en un atrio o alegoría del arte y la vida o del presente y el futuro, 1975) han cedido su espacio al vacío. Ahora Pérez Villalta compone imágenes como La biblioteca (2019), en las que lo espacial ya no está supeditado a la medida del cuerpo, sino a la de lo arquitectónico. El artista trabaja como un escultor sobre el lienzo, llenando la parte derecha del laberinto de composiciones geométricas que nos recuerdan que la tarea del pintor y la del arquitecto nacen de un mismo lugar, aunque a menudo se olvide: la imaginación.

Fotografía Guillermo Gumiel

Fotografía Guillermo Gumiel

Los cuadros de Pérez Villalta que se reúnen en esta exposición nos permiten, en cierto sentido, acercarnos a su mente, nos ayudan a componer la imagen de su idea de mundo, en la que no existe lo imaginativo fuera de lo material, como se muestra en Anunciación (materia y vida) (2006): la vida nace de lo geométrico, lo geométrico es un puente entre el interior y el exterior. De ahí la importancia de los ornamentos en las ventanas, ventanucos y ventanales, que el artista ha fotografiado durante veinte años y que ahora reproduce en fotografías y cuadros. Porque la belleza protege, y el diseño armónico de la ventana es tanto un sostén de la privacidad, que impide que nadie entre en nuestro territorio, como una expresión fundamental de la belleza geométrica.

La relación que se establece entre lo humano, lo mítico y lo matemático es laberíntica, como el propio pensamiento. Muchas veces recurre Pérez Villalta a lo sagrado o lo mítico: Ícaro aparece como una proyección, el sueño de una caída al lienzo, Narciso observa su reflejo en el agua de una presa, un espacio reservado al trabajo y la producción. Pese a que la apuesta figurativa y la voluntad armónica de Pérez Villalta pueden despertar acusaciones de reaccionarismo pictórico, lo cierto es que su trabajo con el mito es radicalmente contemporáneo, pues apunta a su construcción mecánica. Las cisternas, tabiques, ventanas y escaleras también pertenecen al mundo del mito, o es el mito el que, contemporáneamente, se construye a partir de ellas. En todo caso, hay una relación de reciprocidad entre lo onírico y lo mecánico que entronca con la visión que el pintor esquizo tiene de sí mismo: un creador de formas. No se trata tanto de buscar la belleza como de aislarla, en una continua refundación de los límites de la pintura. Pero la belleza no cabe.

En Altar (2001), el pintor elabora una visión de proporciones renacentistas: un altar abierto que, como toda obra arquitectónica, rompe la belleza natural. Dentro, sin embargo, no encontramos figuas: nada llena el paisaje. Imaginamos que, en los laberintos de Pérez Villalta, el vacío ha allanado el camino del silencio. El pintor nos avisa de que «la vida surge para tener consciencia de la belleza», pero la belleza también es vacío. Esa es la apuesta un pintor clásico y contemporáneo, que proyecta una ciudad ideal de raíces renancentistas en la que desea que confluyan técnica y mito, cuerpo y vacío, sueño y realidad. Es consciente de que no todo cabe en un cuadro, y así podemos entender sus lienzos como tentativas de aislar la parte bella del sueño, esa en la que todo lo contradictorio confluye.

 

(Imagen destacada: Vista de la exposición. Fotografía Guillermo Gumiel)

Pablo Caldera (Madrid, 1997) es doctorando en Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura en la Universidad Autónoma de Madrid. Graduado en Filosofía, compagina escritura académica con la narrativa y la crítica de artes visuales.

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26 marzo 2021

Pérez Villalta y la mecánica del mito

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