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Spotlight

07 diciembre 2018
Producir crítica. Una conversación a propósito de Loop Festival

Caterina Almirall, Carolina Jiménez, Irina Mutt

Caterina Almirall: Me rondaba la cabeza la idea del propio tema del festival: “la Producción”, desde la perspectiva del espectador y de la crítica, (del que ve y del que se ve afectado por y del que comparte conocimiento acerca de aquello que ve); sobretodo desde los cuerpos que la hacen. Cómo la “producción” atraviesa la carne, afecta lo que somos, moviliza, satura, colapsa, agota, estimula.

Frente a la propuesta de A*DESK como ente observador del Loop, A*DESK se tuvo que desdoblar en varios cuerpos, unos cuerpos que se tenían que coordinar para ser uno sólo, o uno múltiple, depende de como se mire. Porque la propuesta era imposible de ser llevada a cabo por un solo cuerpo individual.

 Para producir crítica hay que ver, para ver hay que ir, para ir hay que estar, para estar hay que poder ser. Además para producir crítica hay que compartir, por lo tanto hay que ser más de uno. Incluso diría que eso es en parte lo esencial de la crítica: el diálogo. De ahí este texto también.

Carolina Jiménez: Hablas de la “producir” crítica, invocando además sus límites y la materialidad que la constituye, y se me viene a la cabeza la crítica que Dorothea von Hantelmann le hace a Lucy Lippard acerca de la imposibilidad de la obra de arte desmaterizalizada. Como apuntas, la crítica desmaterializada; tampoco existe. Su materialización tiene lugar a través de la documentación, de la escritura y, sobre todo, de nuestros cuerpos reclamando su derecho a aparecer. Unos cuerpos que suelen estar conectados por unas condiciones de vulnerabilidad y soledad ocultadas detrás de la pantalla. Me parece muy interesante la idea de la crítica como práctica, en este caso colaborativa, que si vuelvo a Hantelmann, tendría más que ver con los modos de hacer que con el decir. Una crítica que no solo habite la teoría ni insista en la fantasía épica del ojo superobservador que, además, debe “hacer sentido”, sino que se ensaye como una práctica del cuidado y del acompañamiento más allá de un conjunto estático de decisiones. La crítica como espacio de confluencia donde generar alianzas, fundamentada en el diálogo, pero abierta al mismo tiempo al disentimiento y a lo inesperado. Una práctica que en nuestro caso se concretó en acciones tan cotidianas como abrir un grupo de WhatsApp, organizar un horario, coordinar disponibilidades, hacer turnos, compartir fotos, intercambiar opiniones o ir a comprar pizza para cenar después de una inauguración.

Aunque dudo que Hans Ulrich Obrist se refiriera a algo parecido cuando durante su charla en Loop Talks aludió al trabajo del comisario como aquel que “hace realidad los sueños de los artistas” (we make artists’ dreams happen). Si a tal afirmación le despojamos las licencias demiúrgicas que se permite Obrist, lo que nos queda es un “make things happen”, es decir, producir.

Caterina: Ahora que mencionabas a Lucy Lippard, justo la he estado releyendo estos días preparando unas clases de arte contemporáneo, y, bueno aún sabiéndolo es muy fuerte como en el relato que ella hace del arte conceptual, va a a parar directo a un arte “desmaterializado”, pero totalmente encuerpado, y muy en el rollo demiúrgico que propone Obrist. Un arte que deja solo al artista con sus gestos por medio de los cuales transforma la materia, y a su vez la capacidad de agencia de esta. Un arte en el que no hay “obras”, hay gente señalando cosas. Él, Obrist, sería el artífice de esta producción inmaterial: con su dedo señala un artista y lo hace saltar de la invisibilidad a la hipervisibilidad. Un arte muy neoliberal en general, que produce valor más que “obras”.

Lucy Lippard también coincide con ese momento en el que los que no eran artistas eran críticos, como ella misma, pero poco a poco empezó a “curar” exposiciones, y hay una transición del crítico al comisario -productor de exposiciones-, señalador de artistas. Pero yo no creo, como Obrist, que la curaduría o la crítica tengan que ver con “hacer realidad los sueños” de nadie, sino que en ambos casos se trata de tejer relaciones de colaboración. Sí creo en el poder de los gestos de artistas y otros agentes, pero desde la perspectiva de un contexto en el que esos poderes funcionan (como decía Marcel Mauss, la eficacia del acto mágico es la consecuencia y no la causa de la creencia en los poderes del mago)… y ese contexto es el del arte contemporáneo. Por este motivo la cuestión relacional en todos los casos es fundamental, porque son estas redes las que permiten que los poderes funcionen.

Carolina: De hecho, Lippard en una entrevista reciente con Consonni cuenta que cuando ella empezó a hacer crítica de arte no era feminista y que se convirtió en el proceso: “Empecé escribiendo y me di cuenta que estaba avergonzada de ser una mujer. Entonces tuve que saber por qué. Luego me enfadé”.

Irina Mutt: Hablamos de producción, de hacer cosas y materializarlas. Hay entonces, la posibilidad de situar, posicionar. Hablar de producción en una feria me parece correcto, es un temazo pensar en las condiciones materiales  y tiempos de producción. Pero quién produce más y mejor, quién habla y desde dónde. Me parecen asuntos tan importantes como la gestión de recursos y economías de la producción.

Durante la feria de Loop, pasé  bastante rato en la habitación de hotel en la que ADN gallery presentaba el vídeo De putas de Núria Güell. De putas es una mirada a la masculinidad hegemónica contada por trabajadoras sexuales. Habla de cómo los hombres tratan a las putas, a las mujeres. De cómo son los clientes de putas en la intimidad, de sus miedos, perversiones y juegos de poder. El formato es documental, basado en las entrevistas. La intimidad de las putas es respetada: no salen sus cabezas. Son sus cuerpos y sus voces. El cuerpo-objeto sexual de la mirada masculina aquí se transforma más bien en un cuerpo que conoce. Un cuerpo situado, personal y político. 

En el vídeo las chicas iban contando anécdotas y reflexiones sobre la masculinidad. A ratos me reía viendo el vídeo, asintiendo con la cabeza, dándoles la razón a ellas, con el brillo en los ojos de ver arder el patriarcado. Núria Güell estaba presente y pudimos hablar un rato sobre el proceso del proyecto, sindicatos de trabajadoras sexuales, abolicionismo rancio, Virginie Despentes. Un vídeo en el que básicamente hay entrevistas, que se expande en otros formatos como libros y publicaciones. Hacer un hueco para hablar de experiencias de trabajo –y producción– en primera persona. Justo en un momento en que los feminismos hegemónicos y partidos políticos niegan la posibilidad de sindicalizarse a un colectivo. Justo en el momento en que el giro hacia la derecha nos estrella contra lo que creíamos tener garantizado. Justo cuando parece que las opciones se reducen a poder “seguir tirando’’ en un día a día cada vez más gris. Es en estos momentos cuando más se necesita acortar distancias y dejar de pensar que lo que posteamos en las redes o vemos en los medios nos va a pasar por al lado sin salpicar. Entender que si las políticas joden a las putas, las inmigrantes, madres solteras, mujeres trans o empleadas del hogar, nos van a tocar a todas.

¿O es que eso de “si nos tocan a una nos tocan a todas’’ solo vale para algunas?

Carolina: Sobre “quién produce más y mejor” y la consecuente multiplicación de las formas de estrés, depresión y otras enfermedades mentales indaga Estado de Malestar (malestar_exhuberancia_anomalía) de María Ruido, que se estrenaba en Arts Santa Mònica durante Loop Festival. La película incide sobre la patologización y privatización de los problemas de salud mental y la inmovilización política que esto produce como uno de los elementos del contexto postdisciplinario del capitalismo tardío. La precarización del trabajo, la combinación de las tecnologías y el gerencialismo, el compromiso con el llamado “desarrollo profesional continuo” del capitalismo cognitivo han incrementado brutalmente la presión sobre los trabajadores, y más aún, sobre las trabajadoras, como cuentan en el documental algunas mujeres del colectivo InsPiradas. 

La depresión y el estrés son la otra cara de la trabajadora “unidimensional” de la que habla Nina Power. Una trabajadora de quien se espera que no decepcione a la empresa, ni a sí misma, no mostrando el suficiente entusiasmo, dedicación, nivel… o peor, quedándose embarazada. Me parece fundamental la idea de Power de que todo el trabajo se ha transformado en trabajo de mujeres, incluso el de los hombres. Ella señala cómo la profesional entusiasta es el símbolo del mundo del trabajo en su totalidad en tanto que, siguiendo a Paolo Virno, “correctamente comprendido, el ‘profesionalismo’ postfordista no corresponde a ninguna profesión específica. Más bien consiste en ciertos rasgos de carácter”. De entusiastas escribe también Remedios Zafra, que subraya cómo los empleos creativos y culturales son un sistema alimentado por el entusiasmo y el pago inmaterial, que bien promueven la resignación o se sustentan en la idealización de las prácticas vocacionales, afectivas y altruistas, donde habita la precariedad feminizada. O Hito Steyerl que sugiere que el trabajo cultural supone nuevas formas de explotación y un alto índice de trabajo no remunerado, como ocurre en el trabajo doméstico y de cuidados. Y hoy quienes cuidan a nuestros abuelos y limpian nuestras casas son mayoritariamente mujeres inmigrantes. Así que sí, como dices Irina, si joden a las putas, a las inmigrantes, a las madres solteras, a las mujeres trans, nos joden a todas. Aunque no con el mismo grado de violencia: los privilegios de raza y clase son una maleta invisible llena de provisiones especiales. Por ello, insisto en tu apunte acerca de la necesidad de situar quién habla y desde dónde.

María Ruido, Estado de Malestar (malestar_exhuberancia_anomalía), 2018

 

Imagen portada: Nuria Güell, De putas. Un ensayo sobre la masculinidad, 2018

Caterina Almirall, Carolina Jiménez, Irina Mutt

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