close

En A*DESK llevamos desde 2002 ofreciendo contenidos en crítica y arte contemporáneo. A*DESK se ha consolidado gracias a todos los que habéis creído en el proyecto; todos los que nos habéis seguido, leído, discutido, participado y colaborado. En A*DESK colaboran y han colaborado muchas personas, con su esfuerzo y conocimiento, creyendo en el proyecto para hacerlo crecer internacionalmente. También desde A*DESK hemos generado trabajo para casi un centenar de profesionales de la cultura, desde pequeñas colaboraciones en críticas o clases hasta colaboraciones más prolongadas e intensas.

En A*DESK creemos en la necesidad de un acceso libre y universal a la cultura y al conocimiento. Y queremos seguir siendo independientes y abrirnos a más ideas y opiniones. Si crees también en A*DESK seguimos necesitándote para poder seguir adelante. Ahora puedes participar del proyecto y apoyarlo.

Spotlight

11 agosto 2022
Ragnar Kjartansson Un partisano dentro del individualismo nórdico

Un 26 de junio de 2022, se dibujan los 40 grados en la mayoría de los termómetros de la mitad-sur de la Península Ibérica. La preocupación descansa en donde cobijarnos, a cuanto circula el precio de la luz para activar el aire acondicionado o en mirar la lista de contactos del teléfono buscando la piscina más cercana. En esta situación tan apocalíptica y llena de postmodernidad habita una paradoja a pocos metros de la calle Atocha, en el sótano del Museo Thyssen.

En la misma semana, donde el árido calor nos pide un refugio, va a concluir Paisajes Emocionales, una muestra que incluye cuatro performances duracionales del consolidado artista islandés Ragnar Kjartansson. Kjartansson desarrolló su trabajo en la capital islandesa, donde coincidió con figuras del movimiento cultural del momento como Björk y los punkis islandeses o Kjartan Sveinsson (ex-tecladista de Sigur Rós y participante en la performance de The visitors). Estas dos figuras marcan la trayectoria de la obra de Ragnar, muy ligada en primer lugar a la música, que utiliza como vehículo de transmisión, y a la tecnología, como método de proyección de su obra.

A través de ellas nos acerca a los cuatro escenarios elegidos, todos localizados en la Norteamérica profunda, un país de dimensiones continentales que muestra cuatro espacios muy diferenciados. En las salas de la primera planta, aparecen las performances de The end y God. Ambas poseen una esencia islandesa en la búsqueda de las raíces de Estados Unidos. En The end juega con banjos y gorros de pieles amarillentas que contrastan con el abrupto paisaje de las Montañas Rocosas, el country que se desprende de sus acordes comulga con un paisaje virgen donde la nieve es el desierto y la música,  el oasis. En God, obra con la que participaría en la Manifesta 10 de San Petersburgo, muda la estética rural por la metropolitana, emulando un estilo a lo Sinatra con un toque kitsch, mientras invoca su mantra: Sorrow conquers happiness, como es habitual en sus performances duracionales, muy influenciados por la música electrónica.

En la planta 0 aparecen otras dos piezas, de mayor extensión. La primera es The man, un homenaje al músico de blues Pinetop Perkins, el cual aparece tocando el piano y cantando en una escena inspirada por el cuadro de Andrew Wyeth, Christina’s World. Una vez más, Ragnar vuelve a incidir en la desconexión del artista con el paisaje. Debido a la mercantilización de las narrativas y una apropiación del medio, los personajes dejan de relacionarse con su contexto.

Por último, se presenta la performance de The Visitors, donde Kjartansson y sus amigos deciden reunirse en una mansión a las orillas del río Hudson, impulsados por la admiración a la escuela de pintores del siglo XIX que allí se desarrolló y por lo bucólico de los paisajes del Estado de Nueva York. Una vez más, se utilizan escenarios reales como decorados de cartón-piedra para trasladarnos una serie de preocupaciones vitales, ligadas con la llegada del amor romántico y su huida. En un estilo que emula al folk, pero con un peso instrumental mayor, como si se tratara de un cruce entre el blues del Delta con el ya mítico Ágætis byrjun de Sigur Rós.

Una huida hacia ninguna parte, el broche a la incomprensión de una isla que ya camina sola. Cuando Ragnar representó a Islandia en la Bienal de Venecia de 2009, sorprendió la disposición y las temáticas que brotaron de su estancia. Una bacanal en la que aparecía por primera vez la obra The End, se desarrolló en el Palazzo Michiel dal Brusá, al lado de Gran Canal, y en el interior de este, durante seis meses, Kjartansson retratará día tras día al también artista Páll Haukur Björnsson. Creando una situación donde el artista debía reconceptualizar constantemente su papel como creador, dibujando un verdadero diálogo con el Pabellón Islandés como estudio y Venecia como emplazamiento.

Ragnar Kjartansson, Palazzo Michiel dal Brusà, Venecia

Estas referencias nos muestran al artista islandés como un creador que pone en diálogo el yo, la anulación de las narrativas tradicionales y el establecimiento de unos nuevos códigos. En sus obras se desprende una dilatación del tiempo y una búsqueda de lo imperecedero, una clara reminiscencia de una nueva realidad poco palpable, un salto generacional que ha dejado a Islandia en la cima de la contemporaneidad, pero la ha intentado desligar de sus raíces pescadoras. La capital más al norte de la tierra (Reikiavik), concentra una producción artística y cultural que no ha parado de proponer y reinventarse. Al igual que en otros artistas islandeses como Björk, Sigurdur Gudjonsson, Katrín Sigurdardóttir o Kjartan Sveisson y Jónsi de Sigur Rós, en sus obras destaca el binomio entre tradición y tecnología.

La retroalimentación entre ellos es un hecho, no solo en el mero título de la exposición de Ragnar Emotional Landscapes, tomado de una canción de Björk. Esta realidad escapa de los formalismos y pasa a crear movimientos multidisciplinares en los que Sigur Rós colabora con Björk y aparece Ragnar Kjartansson para acompañarlos con la guitarra. Es muy significativo, ya que en Occidente o por lo menos en España se lleva buscando generar un tejido cultural colaborativo década tras década.

Quizás debamos experimentar una fase de individualismo extremo hacia la que parece que vamos encaminados como sociedad, para tocar fondo y empezar a compartir maneras de interpretar la realidad. Bien es cierto que la República de Islandia tiene una población similar a la provincia de Burgos y que el nivel de riqueza permite que haya un número elevado de individuos que se puedan dedicar al sector creativo. La mezcla de tradición con innovación enseña muy bien la manera en la cual, la sociedad islandesa quiere diferenciarse dentro del panorama internacional. Nos indica también un agotamiento de los roles sociales y una vía de escape a la soledad nórdica, presentándose como una suerte de lienzo en blanco sobre el que reconectarse socialmente.

Como comentaba Ragnar durante un encuentro en Folk Circle del People´s Festival en Berlín: “voy a cantar una canción folk sobre mi país, por eso no tiene guitarra porque mi país era muy pobre y no había instrumentos allí, los norteamericanos trajeron las guitarras a nuestro país”. Así abría un acto multitudinario con dignidad y respeto sobre las raíces de una isla donde el clima moldeó los modos de comunicación y la naturaleza, la creatividad.

(Imagen destacada: Fotograma de la instalación The Visitors, parte de la exposición Emotional Landscapes)

Santiago Concheiro. Entre los límites donde termina el arte y empieza la sociedad… ¿O era al revés? Apasionado por las Humanidades y las propuestas artísticas que desembocan en un cambio social. Santiago Concheiro es graduado en Relaciones Internacionales y actualmente terminando Historia del Arte.

Media Partners:

close