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02 diciembre 2021
Sensualidad política de la memoria

Marta Sesé

Nació en 1959 pesando ocho libras —más de tres kilos y medio—. Así escribió la primera línea de una biografía de siete líneas Jürgen Baldiga en 1992, un año antes de poner fin a su vida tras reconocer el inevitable y cercano final que suponía haber estado diagnosticado con VIH/sida en 1984. El hincapié en el peso no es casual, el cuerpo del VIH/sida es un cuerpo que desaparece doblemente, por un lado, por la desatención política y sanitaria y, por el otro, por las consecuencias propias de la enfermedad —recordemos Untitled (Portrait of Ross in L.A.), el retrato que le hizo Félix González-Torres en 1991 a Ross Layock: una pila de caramelos que representaban el peso de su cuerpo sano y que iba desapareciendo y menguando gradualmente a medida que el público los iba cogiendo. Además de la doble desaparición, la iconografía del cuerpo del VIH/sida en los ochenta y los noventa fue construida por los medios “a la imagen de un hombre mártir, acostado, marcado por todas partes por la enfermedad»[1]Lebovici, Élisabeth, Sida, Arcadia Editorial, MACBA, Barcelona, 2020, p. 26.. Recordemos, también, la serie People with AIDS de Nicholas Nixon, quien se acercaba a las residencias como voluntario, o la fotografía que Therese Frare realizó a David Kirby y que terminó convirtiéndose en una campaña de Benetton—, un imaginario que determinó “en gran medida la percepción que la mayoría de la gente tiene de todos los aspectos de la epidemia, desde la promoción de la salud hasta cuestiones de discriminación, prejuicio, cuidado, tratamiento y suministro de servicios»[2]Watney, Simon, “Short-term Companions: AIDS as Popular Entertainment”, en Klusacek, Allan y Morrrison, Ken (eds.), A Leap in the Dark: AIDS, Art and Contemporary Cultures, Véhicule Press, … Continue reading.

Lejos de esta mirada hacia un otro que convierte al sujeto en una víctima aislada se encuentra el trabajo-diario fotográfico de Jürgen Baldiga que pudo verse hasta el 27 de noviembre en la exposición Hover en Cordova (Carrer de l’Encuny 24, Barcelona), un testimonio que contradice la idea de un cuerpo del VIH/sida que desaparece, pues esa toma de responsabilidad sobre la autorepresentación que encontramos tanto en Baldiga como en otros artistas que fueron diagnosticados con el virus, han logrado construir una memoria política, y también poética y sensual, a la que hoy seguimos acudiendo. Se trata de veinte fotografías compuestas en dípticos que atestiguan una mirada íntima y cotidiana en la que se documentan amigos, amantes, desconocidos y también la comunidad drag y lgtbq de Berlín. Como un anhelo de permanencia y de voluntad de construir su propio relato, cabe destacar que la carrera fotográfica de Baldiga se inicia un año después de ser diagnosticado y termina con su muerte en 1993.

Un hombre y un niño alados abrían y cerraban la narrativa que proponía la selección de fotografías —una pequeña parte de un archivo de miles de fotografías que actualmente se conservan en el Museo Schwules de Berlín—, una narrativa acentuada por el formato escogido por el propio Baldiga, que fue quien amplió las fotografías y las dispuso en dípticos apuntando a una posible lectura de las mismas a través de la relación. En las imágenes se muestran momentos de intimidad, deseo, dolor y muerte junto con alguna imagen —la de un tanque con dos soldados al lado de otra en la que aparecen unos amigos o compañeros de trabajo que se abrazan en una suerte de cocina— que nos permite adivinar el contexto sociopolítico específico en el que se tomaron estas imágenes: el de la reunificación alemana.

Sobre la dimensión íntima de los archivos vinculados al sida habla la historiadora y periodista Élisabeth Lebovici, quien escribe que “la noción de intimidad se instala en el espacio cultural. […] una escenografía de lo íntimo: como si fuera necesario romper también con la neutralidad supuesta del lugar de la representación, y dibujar una configuración nueva en la que los límites entre fuera y dentro, entre ámbito privado y espacio público, se hacen aún más porosos, a semejanza de lo que la seropositividad y la epidemia han producido»[3]Lebovici, Élisabeth, op. cit., p. 34. Documentar el espacio íntimo se hacía, entonces, necesario, pues los medios y la sociedad estaban negando el mismo a la comunidad homosexual, considerando que la intimidad era el símbolo mismo de la infección.

Por supuesto, y como también apunta Lebovici, no estamos hablando de una intimidad aislada sino colectiva, en la que los límites entre lo privado y lo público están diluidos. Jürgen Baldiga fue, en este sentido, una suerte de cronista de la comunidad lgtbq en Berlín durante los años en los que tomó fotografías, la cual no solo documentaba sino de la que participaba muy activamente. A raíz del auge del sida en los años ochenta en Alemania, el movimiento lgbtq empezó a integrarse en las estructuras políticas y sociales y los grupos activistas se multiplicaron. La extensión del virus conllevó también la creación de asociaciones locales y regionales de ayuda y apoyo como el AIDS-Hilfe o el grupo ACT UP en Alemania, en cuyas acciones Baldiga llegó a participar en algún momento. Al fin y al cabo, y como apunta el activista Sejo Carrascosa, “hablar del sida es hablar de su historia, de la lucha contra la pandemia, de la injusticia encarnada en los cuerpos más vulnerables, es hablar de género, de clases sociales, de racismo, de homofobia y de transfobia. Hablar de cómo se han construido las diferencias y las jerarquías entre los cuerpos y a qué intereses respondían y siguen respondiendo»[4]Carrascosa, Sergio, “Nadie hablará del sida cuando estemos muertas” en Vila, Fefa y Sáez del Álamo, Javier Ed. El libro del buen amor. Sexualidades raras y políticas extrañas, Ayuntamiento … Continue reading. Ecos de este listado de urgencias, de miradas apremiadas y afectivas a los márgenes, se perciben ya en las veinte fotografías de Jürgen Baldiga que pudieron verse en Cordova.

El conjunto de fotografías de Baldiga nos hablan de una sensualidad posible también para el cuerpo infectado, para lxs cuerpos disidentes. Un mensaje con una fuerza política muy poderosa que se une, por suerte, a una voz coral de exposiciones o referencias a esta memoria colectiva en torno al sida y en torno a la sexualidad en Barcelona como la reciente muestra El azar de la restitución. Pepe Espaliú en Barcelona (y Alberto Cardín) en Nogueras Blanchard comsariada por Joaquín García Martín; La pisada del Ñandú (o cómo transformamos los silencios) en La Virreina. Centre de la Imatge comisariada por Río Paraná (Mag De Santo & Duen Sacchi); Félix González Torres. Política de la relación en el MACBA —a pesar de la cuestionable lectura que proponía el museo sobre muchas de las obras—; incluso El sentido de la escultura comisariada por David Bestué, con la colaboración de Martina Millà en la Fundació Miró, en cuyo recorrido te encuentras con la poderosa imagen del médico Fernando Aiuti besando en 1991 a Rosario Iardino, seropositiva, para demostrar que el VIH no se transmitía por contacto bucal; o el trabajo de investigación del equipo re que derivó en Anarchivo Sida.

Todo un conjunto de exposiciones que junto a Hover en Cordova, con las fotografías de Jürgen Baldiga, consiguen recuperar y poner en circulación materiales de archivo que nos devuelven el relato de la historia de la comunidad lgtbq. E insistiendo en la necesidad de una memoria sensual, afectiva y política, termino con Ann Cvetkovich: “[…] el poder afectivo de un archivo útil, especialmente un archivo de la sexualidad y de la vida gay y lesbiana, que debe preservar y producir no solo conocimiento sino sentimientos. La historia de las lesbianas y de los gais necesita un archivo radical de las emociones, con el fin de documentar la intimidad, la sexualidad, el amor y el activismo —todas las áreas de experiencia que son difíciles de documentar a través de un archivo tradicional—. Además, los archivos de gais y lesbianas abordan la pérdida traumática de la historia que ha acompañado la vida sexual y la formación de políticas públicas sobre el sexo y reafirman el poder de la memoria y del afecto para compensar la negligencia institucional»[5]Cvetkovich, Ann, Un archivo de sentimientos. Trauma, sexualidad y culturas públicas lesbianas, edicions bellaterra, Barcelona, 2018, p. 320..

1 Lebovici, Élisabeth, Sida, Arcadia Editorial, MACBA, Barcelona, 2020, p. 26.
2 Watney, Simon, “Short-term Companions: AIDS as Popular Entertainment”, en Klusacek, Allan y Morrrison, Ken (eds.), A Leap in the Dark: AIDS, Art and Contemporary Cultures, Véhicule Press, Montreal, 1992, p. 152.
3 Lebovici, Élisabeth, op. cit., p. 34
4 Carrascosa, Sergio, “Nadie hablará del sida cuando estemos muertas” en Vila, Fefa y Sáez del Álamo, Javier Ed. El libro del buen amor. Sexualidades raras y políticas extrañas, Ayuntamiento de Madrid, 2019, p. 61.
5 Cvetkovich, Ann, Un archivo de sentimientos. Trauma, sexualidad y culturas públicas lesbianas, edicions bellaterra, Barcelona, 2018, p. 320.

Marta Sesé escribe e investiga sobre arte contemporáneo. Actualmente vive en Madrid y trabaja en el medio editorial especializado. También codirige el proyecto Higo Mental: www.higomental.com

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