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Spotlight

06 octubre 2020
Un flâneur de alta montaña, Marco Noris

Anna Adell

El acto de caminar entró en territorio artístico gastando suelas por un París, el de los años veinte, con muchos rincones por explorar. Machetes dadaístas desbrozaron senderos, y después, letristas y situacionistas ejercerían también de cicerones de una ciudad alternativa a las rutas turísticas y al ocio organizado. Ha pasado un siglo y las ciudades son surrealistas en sí mismas, lo que resume una frase de Koolhaas que parece emular la célebre fórmula de Lautréamont sobre encuentros fortuitos disparatados. Para Koolhaas la ciudad contemporánea es fruto del encuentro “entre la escalera mecánica y el aire acondicionado, concebido en una incubadora de Pladur”.

Predecibles, vigilantes y desmemoriadas como son hoy las ciudades, aquellos que incorporan en su andar lo accidental, la libertad y la memoria tienden a preferir la geografía rural como territorio a explorar.

Fue con su proyecto En frontera (Bcn Producció 2017) donde Marco Noris descubrió en la trashumancia el resorte que activaba una serie de relaciones sutiles entre la historia vinculada a un lugar y la experiencia intensa de una naturaleza que se mantiene imperturbable ante los desbarajustes humanos.

Noris es un artista metódico. No se pierde en “derivas psicogeográficas” ni reinventa los nombres de las calles según su estado de ánimo como hacían los situacionistas. La toponimia real de los lugares es lo que le interesa, pues los nombres de barrancos y valles siempre cobijan curiosas historias, sedimentos de memoria laminados con leyendas de cuyos hilos Marco parte para trazar sus propios mapas.

Desde los apuntes de paisaje que fue tomando mientras recorría los mojones de la frontera pirenaica hasta las reducciones monocromas sobre frágiles soportes que resultaron de sus siguientes peregrinajes, la pintura de Noris se ha ido despojando de todo resto de representación, de todo marco. No hay distancia en el caminar. Motivado por la voluntad de conectar sentimientos antiguos y nuevos de desarraigo, él mismo quiso experimentar con su cuerpo el ser-frontera. Y del ser-frontera pasó al ser-camino: en «Entrega» (ruta a pie que unía centros de arte de distintas comarcas catalanas) no precisó otra motivación que la propia idea de hacerse uno con el andar.

Noris descubre cierta sacralidad en el caminar, como atestiguan los nombres de algunas obras («entrega», «sudario»…), o el título de su exposición en curso: «Nel lieve sovrapporsi di cielo e terra» (Piramidón, sept-nov. 2020). Muchos de los objetos y papeles expuestos parecen fósiles o pergaminos antediluvianos. Dan la impresión de que van a deshacerse entre los dedos si osamos tocarlos.

El horizonte inasible al que se refiere el título y que se materializa como una especie de fata morgana en algunas composiciones abstractas de Noris, nos recuerda la exaltación de espíritu de aquel para quien no había diferencia entre caminar, pensar y existir, Henry David Thoreau: “la naturaleza, con su sutil magnetismo, nos impele a tomar aquel camino que nunca hemos emprendido en el mundo real y que es símbolo perfecto del que desearíamos recorrer en el mundo ideal e interior; y si a veces hallamos difícil elegir su dirección, es —con toda seguridad— porque aún no tiene existencia clara en nuestra mente”.

Anna Adell es ensayista e historiadora del arte. "Atrapados por Saturno: imaginarios recientes de la melancolía" (Casimiro, 2020) es su último libro publicado, al que precedieron "Creación y pensamiento hacia un ser expandido" (Trea) y "El arte como expiación" (Casimiro). Otros artículos de la autora en Le bastart: http://lebastart.com/

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