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Para cerrar este ciclo de publicaciones sobre los backrooms, he invitado a mi amigo Eloy Fernández Porta a conversar un rato sobre el tema. Supe de inmediato que era la persona indicada para este encuentro porque siempre he admirado su capacidad para retener referentes heterogéneos y trazar conexiones inesperadas entre ellos. Además, muchas de las preguntas que atraviesan estos textos forman parte de sus líneas de trabajo desde hace años, como la ansiedad estructural, que aborda en su ensayo Los brotes negros, o la manera en que el capitalismo moldea la psique colectiva, que exploró en el comisariado de Narcohumanismo.
Rosa: En mi texto he intentado pensar los backrooms no solo como un género de terror viral, sino como una metáfora del malestar contemporáneo: espacios repetitivos y despersonalizados donde la amenaza no se encarna, sino que se experimenta como desorientación permanente. La pandemia cristalizó esta sensación de forma brutal. De repente, habitábamos espacios suspendidos: el mundo se convirtió en una versión real de los backrooms. Y eso dejó una huella generacional profunda. No era solo aislamiento, era una suspensión ontológica.
Creo que ahí reside parte de su viralidad. Muchas personas jóvenes reconocieron inmediatamente esa sensación: la sospecha de estar atrapadas en una realidad que parece funcional pero ha perdido su sentido. Por eso quisiera lanzarte una pregunta desde el principio: ¿qué dice de nuestra sociedad que toda una generación haya convertido un pasillo de oficina vacío en su imaginario del terror?
Eloy: Lo que planteas invita a pensar la condición estética contemporánea como un inmenso backroom que se extiende por lo físico, lo digital y, por supuesto, la psique. Los backrooms se inscriben en lo que podríamos llamar estéticas de la ausencia. Ese miedo sin objeto tiene que ver con que hemos sido educados para pensar en términos de presencia: la metafísica occidental es, en gran medida, una metafísica de la presencia. De ahí la fascinación y la dificultad que nos provocan ciertas tradiciones orientales centradas en el vacío. La ausencia emerge así como un núcleo que desestabiliza nuestras formas de mirar y de pensar. Una de las transformaciones más profundas del giro digital ha sido, creo, la reformulación de la relación entre ausencia y presencia, haciendo visible la ausencia como fuente de inquietud.
En este sentido, una obra clave es Le Carceri d’Invenzione de Piranesi: prisiones gigantescas y caóticas, sin arriba ni abajo, sin centro ni periferia. Recuerdo el impacto que me causaron al estudiarlas con Rafael Argullol, quien las interpretaba como la primera crisis del orden escópico heredado del Renacimiento. Yo añadiría que esos espacios funcionan también como lugares de castigo psíquico: escenarios infernales donde buscamos una figura que nunca aparece. No sabemos quién está preso; quizá somos nosotros mismos como sujetos modernos. Si esa crisis cognitiva arranca con Piranesi, los backrooms podrían ser una de sus manifestaciones contemporáneas.
Rosa: Sí, tanto las prisiones imaginarias como los backrooms coinciden en la dislocación y desmesura del espacio arquitectónico, así como en la ausencia de figuras. Creo que hoy estas características resuenan especialmente porque conectan con el proceso espectral de nuestro tiempo. Ya no se trata solo de la abstracción financiera del capitalismo. Las amenazas difusas son constantes, como el colapso climático, la precariedad laboral, o las relaciones despersonalizadas.
También es inevitable pensar en Freud y lo siniestro como aquello que es familiar y extraño a la vez. Ahí está la clave: no nos asusta tanto el Otro externo, sino ese Otro que habita en nosotros mismos, reprimido e irreconocible.
Eloy: Totalmente. Esta dinámica entre lo familiar y lo extraño aparece en muchos ámbitos, pero de forma muy clara en la relación de pareja. Pensaba, al leerte, en Wakefield de Nathaniel Hawthorne. Es un relato corto en el que un hombre, tras fingir que se va de viaje, se instala cerca de su casa para observar en secreto la vida de su mujer sin él. Es como si hubiera vivido un exceso de intimidad y necesitara retirarse para observar desde una distancia objetiva.
Esta parábola puede releerse a la luz de lo que planteas: en la era digital, el sujeto parece preferir contemplar antes que participar, la distancia antes que el contacto directo, la mediación técnica antes que el cara a cara. Esto que muchas veces se ha interpretado como una falta personal se localiza ahora en tantas personas que debemos preguntarnos si existe una razón cultural.
Otra variante de Wakefield es Lost Highway de David Lynch. En la película los protagonistas reciben grabaciones de su propia casa desde una mirada externa y anónima. Es muy conocida esa escena en que el hombre misterioso se acerca al personaje de Bill Pullman en una fiesta y le dice que llame por teléfono a su propia casa y es el mismo hombre misterioso quien responde. El terror se activa precisamente ahí, en la exposición involuntaria del espacio íntimo.
Rosa: Me gustaría saber qué opinas de la relación de los backrooms con el capitalismo tardío. Yo creo que la conexión, más allá de la obviedad de oficinas vacías y pasillos, se da desde lo psicológico, desde la repetición, la desorientación y el bucle. Características que aluden a la ansiedad, la hiperdisponibilidad o la suspensión permanente. Esto conecta con la idea de espacio liminal como umbral entre estados. Pero hoy vivimos en una liminalidad crónica: no estamos atravesando una transición, sino que estamos instaladas en ella.
Recuperando a Fisher o ‘Bifo’ Berardi, que identificaron la depresión como síntoma estructural del capitalismo, podríamos aventurar que la ansiedad es el síntoma del capitalismo postpandémico, de plataforma y de inteligencia artificial. ¿Produce este sistema también una estética específica del malestar?
Eloy: Habría que matizar que la depresión ha existido en distintos sistemas políticos. La lectura de Fisher es sugerente, aunque algo presentista. Sí acierta, en cambio, al vincularla con los ritmos laborales. Eso nos lleva a hablar de formas de opresión que no son exclusivamente capitalistas. En cualquier caso, creo que una noción clave es la de expectativa. En el capitalismo de plataforma, la hiperactividad, la sobreproducción y el estrés se han naturalizado hasta un punto que inevitablemente conduce al colapso.
Rosa: Una parte importante de mis textos era desmontar la idea de que los backrooms son solo un fenómeno de internet, proponiendo una genealogía visual que conecta la obra de Kane Parsons con artistas como Serafín Álvarez, Gregor Schneider o Kay Sage. Los backrooms dialogan con el psicoanálisis, el surrealismo, la arquitectura crítica o la instalación contemporánea. ¿Conoces otros ejemplos donde la arquitectura se trabaje desde su dimensión emocional?
Eloy: Al leerte pensé en The Valley de Larry Sultan, una serie fotográfica sobre casas de un suburbio californiano utilizadas para rodajes pornográficos en los noventa. Es una investigación sobre el significado del hogar y la familia. Sultan examina por qué el ideal de domesticidad de clase media se presta a ese tipo de escenificación. Para él, es una serie profundamente melancólica porque revisita lugares de su infancia y juventud, pero al mismo tiempo es una revisión de la performatividad del cine X donde los actores aparecen en momentos posteriores a la acción, casi como personajes de Hopper, con un aire existencial.
Rosa: Claro, es que más allá del escenario de terror, la arquitectura puede hablarnos de nuestros malestares e inquietudes de formas mucho más sutiles, pero igual de certeras. La domesticidad escenificada o la melancolía latente en un espacio aparentemente familiar, como el que tú comentas, pueden activar la misma sensación de extrañeza y desorientación que un backroom. En ambos casos, la identidad parece descomponerse lentamente: lo familiar deja de ofrecer refugio, las coordenadas que organizaban nuestra experiencia se vuelven inestables y la realidad cotidiana adquiere una cualidad inquietante difícil de nombrar.
Con esto creo que podemos cerrar. Muchas gracias, Eloy.
[Imagen destacada: Giovanni Battista Piranesi, Le Carceri d’Invenzione. Segunda edición, 1761, Princeton Univeristy Art Museum]
Rosa A. Cruz es una historiadora del arte y comunicadora cultural catalano-andalusí. Ha trabajado en el Museo d’Art Contemporani de Barcelona, en ADN Galeria y en la Universidad de Barcelona, donde formó parte del Grupo de Investigación AGI Art, Globalization, Interculturality. Le interesan especialmente las cuestiones sobre el doble, la psicología y el discurso biográfico. Actualmente, desarrolla una investigación sobre la intersección entre prácticas sexuales y artísticas contemporáneas.
Eloy Fernández Porta es Doctor en Humanidades por la UPF, con Premio Extraordinario de Doctorado. Ha publicado en Anagrama los ensayos Afterpop, Homo Sampler, €RO$ (Premio Anagrama), Emociónese así (Premio Ciutat de Barcelona), En la confidencia, L’art de fer-ne un gra massa, Las aventuras de Genitalia y Normativa, Los brotes negros y Medianenas & Milhombres. Ha comisariado exposiciones como Narcohumanisme (Bòlit, con Núria Gómez Gabriel), Bad Painting (Fundació Vila Casas, con Carlos Pazos), Infinita/Unfinished (La Capella, con Beatriz Escudero) y tres ediciones de BCN Producció (La Capella). Su trabajo ha sido traducido por la editorial Polity Press.
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