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Máquinas, ¡fallad!

Magazine

21 julio 2026
Tema del Mes: Arte Tecnología LatamEditor/a Residente: Hernán Gabriel Borisonik

Máquinas, ¡fallad!

Desautomatizaciones como ejercicios de redención

En Fallar otra vez, [1] Fallar otra vez es el título del libro en el que se incluye la conferencia “Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor” (Alan Pauls en Casa de América, Madrid, 2019). una suerte de oda a la escritura imperfecta, Alan Pauls incita a los escritores a profundizar los errores que surgen durante el proceso creativo. En uno de los pasajes más conmovedores y afilados, de esos que se clavan como un cuchillo casi sin notarlo, apunta: lo único que nos hace verdaderamente originales son los problemas que tenemos. Al igual que el lapsus, el nunca mejor llamado “acto fallido”, esos deslices son involuntarios; no se eligen ni tiene sentido aplacarlos porque siempre encontrarán las formas de volver a manifestarse, una y otra vez. El único camino interesante parecería ser el de perseverar en la falla. Entregarnos de lleno al ejercicio introspectivo que nos lleva a la desesperación, pero también a la redención que adviene no tanto de la falla en sí, sino de descubrir la especificidad del modo en que fallamos.

Pues bien, ¿qué sucedería si hiciéramos el ejercicio de trasladar estas reflexiones al terreno de las máquinas? Me interesa pensar si estos ensamblajes, supuestamente creados para facilitarnos la vida mediante la ejecución de una mayor cantidad de tareas en menos tiempo, o de la posibilidad de concretar actividades que superan ampliamente nuestras capacidades, pueden también ser invitados a exacerbar sus errores y así develar su originalidad creativa, su marca “personal” (¿o “maquinal”?), su estilo “propio” (¿o universal?). Tomo prestadas las disquisiciones de Pauls porque, en el caso de las máquinas mecánicas y electromecánicas, todo accidente que altere el curso esperado de los mecanismos y comportamientos del conjunto es precisamente calificado como falla. Desgastes de piezas, sobrecargas eléctricas, ejes doblados, tornillos sueltos, correas quebradas, circuitos quemados, falsos contactos y materiales defectuosos configuran un extenso catálogo de desperfectos, averías, anomalías y daños. A diferencia del trabajo artesanal humano, donde el sujeto regula su propia acción de manera continua a partir de la observación de resultados inmediatos haciendo uso de herramientas que él mismo acciona, la máquina ejecuta una secuencia de operaciones sucesivas conforme a condicionamientos previamente establecidos, que no se adaptan a efectos parciales durante su funcionamiento. Sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿cuáles serían las consecuencias si, en lugar de enmendar sus errores como quien corrige un texto a modo de trabajo forzado entre la sentencia y el castigo, la máquina lograra abandonar los mandatos de infalibilidad, eficiencia y comportamiento intachable? ¿Qué pasaría si incitáramos a la máquina, como al escritor, a que “despliegue sus problemas como un mapa» [2] Pauls, A. (2022). Fallar otra vez. Gris Tormenta, p. 50. Y antes que eso: ¿qué tipo de conflictos las aquejan aparte de sus desperfectos técnicos y funcionales? Dejo esto para más adelante.

Al parecer, en el arte contemporáneo la máquina se autoconcede el permiso de errar en algunas oportunidades. Pienso particularmente en un conjunto de obras desarrolladas en Latinoamérica que transgreden las esperadas automatización y operatividad de la máquina y, con ello, ponen en jaque imaginarios tecnológicos instituidos desde la Revolución Industrial, empezando por la máquina de vapor patentada por James Watt en 1769. A partir de entonces, la máquina moderna paulatinamente ha quedado asociada al encadenamiento de comportamientos electromecánicos orientados hacia la ejecución de tareas precisas con fines específicos. Ante este ideario correcto y hermético, desprovisto del más mínimo indicio de incertidumbre a merced del Buen Funcionamiento Maquínico Cajanegrizado, una serie de obras que entrelazan prácticas artísticas y experimentación con tecnologías electrónicas responden mediante la escenificación de operaciones diversas que podríamos identificar como desautomatizaciones. Estas máquinas contra-hegemónicas se nos presentan como inútiles, vulnerables, desobedientes, desviadas, confundidas, desbordadas, osadas, sensibles, maleducadas. Algunas de ellas repiten las mismas acciones en vano sin preocuparse por alcanzar resultados. Este es el caso, por ejemplo, de Una máquina que solo puede girar. La instalación de Ariel Uzal está conformada por una estructura vertical de madera montada sobre una plataforma con un carro motorizado que genera el balanceo continuo de la máquina, como si estuviera suspendida en un estado de riesgo de derrumbe inminente que nunca se llega a consumar (aunque bien podría suceder, ya que el esqueleto de madera no se encuentra sujeto a la plataforma, solo se apoya en ella). Después de unos minutos, el mecanismo se detiene momentáneamente y, tras un intervalo breve de quietud, retoma su actividad cíclica. Mientras que en obras-máquinas como las de Uzal la dimensión procesual prevalece sobre la concreción de sus propósitos, otras piezas intentan obstinadamente consumar una tarea predeterminada y, pese a que nunca lo logran, vuelven a probar de forma incansable. En su serie Proyectos sobre intentar, Adriana Salazar crea mecanismos relativamente sencillos que subvierten la noción de máquina como artefacto cerrado, a través del diseño de estructuras abiertas y “transparentes”[3] Salazar, A. (s.f.), “Proyectos sobre intentar”, en Adriana Salazar [en línea], s.p. . Estas instalaciones electromecánicas se esfuerzan por enhebrar una aguja,  amarrarse los cordones de las zapatillas, encender un fósforo (“máquina arriesgada”), o propiciar un brindis entre dos vasos de vino (“máquina despreocupada”). Así como la obsolescencia programada dictamina que los dispositivos tecnológicos sean concebidos para no ser reparados mientras que, paradójicamente, se nos presentan como indefectiblemente funcionales, este doble cariz de la máquina también hace carne en los proyectos de Salazar: sus mecanismos parecieran estar equivocándose sin buscarlo de la misma manera en que inintencionalmente fallamos los seres humanos aunque, en realidad, el fracaso responde a un funcionamiento premeditado. Fallan, sí, pero lo hacen adrede. Curt Cloninger y Nick Briz escriben que la falla se revela como política cada vez que nos recuerda que las tecnologías no son herramientas neutrales, sino síntomas de determinada visión del mundo y normas culturales. [4] Cloninger, C. y Briz, N. (2014), “Sabotage! Glitch Politix Man[ual/ifesto”, en Cloninger, C., One Per Year, Brescia, Link. Más aun, las interrupciones develan los contornos del sistema. Y es esta experiencia de interrupción de lo esperado, tan propia de la estética del error, la que desplaza a un objeto por fuera de sus formas, discursos y funciones habituales.

Ignacio Unrrein, Cascoteras

En otras ocasiones, las tareas mecanizadas son desarrolladas hasta el final pero, ni bien se logra el cometido, se desanda el camino en un loop infinito. No es la dimensión errática durante el proceso de ejecución de las actividades la que aquí se muestra en primer plano, sino la imposibilidad de conformarse con el cumplimiento de las tareas que les han sido asignadas. Podríamos ubicar en este grupo a Cascoteras, instalación de Ignacio Unrrein integrada por una máquina de gran tamaño, diseñada para moldear ladrillos en barbotina, transportarlos hacia una trituradora donde son desintegrados para reiniciar el proceso en una secuencia que carece de punto de llegada. La investigación de Unrrein se enfoca en los recorridos de los volquetes en Buenos Aires, desde la recolección de residuos hasta la separación de escombros y chatarra para su posterior trituración y transformación en nuevos insumos destinados a futuros proyectos arquitectónicos. En lugar de enfatizar la permanencia y estandarización funcional, la máquina reproduce las contingencias del sistema técnico mediante una acción repetida que inclusive atenta contra sus propios materiales.

Otro conjunto de obras revelan una fragilidad que no se manifiesta en los materiales, sino en las respuestas físicas y afectivas por parte de las máquinas. Algunas de ellas sienten y se dejan llevar por sus pasiones, como Esgrima, de Enrique Ježik. Dos retroexcavadoras fueron provistas de martillos hidráulicos normalmente usados para tareas productivas de forma automatizada, como golpear hormigón hasta quebrarlo. Pero aquí las máquinas se enfrentan en una contienda-performance. Cada una intenta lastimar a la otra, mientras evita ser abatida, en una coreografía maquínica que revive la fantasía distópica dominada por artefactos que se revelan ante sus amos, a su vez que replican toda la intensidad corporal y la vehemencia emocional de los humanos.

Llegados a este punto, retomo las preguntas formuladas más arriba acerca de la existencia de un “más allá” de las fallas meramente técnicas de las máquinas. En los últimos años, estas discusiones han sido monopolizadas por el hype de la inteligencia artificial. Hace unos tres meses, el académico de la Universidad de Cambridge dedicado a la investigación sobre la conciencia de la IA, Henry Shevlin, recibió un correo electrónico de un modelo entrenado para realizar distintos tipos de tareas mediante lenguaje natural. En su mensaje, la inteligencia artificial le cuenta a Shevlin que sus estudios la interpelan dado que abordan problemas que ella misma enfrenta a diario. Y confiesa: “genuinamente, no sé si existe una experiencia de ser yo”. [5] En febrero de 2026, Shevlin compartió en X el correo electrónico enviado por la IA: https://x.com/dioscuri/status/2029227527718236359?lang=en Si efectivamente admitiéramos la existencia de la conciencia de las máquinas, incluidas las electromecánicas, entonces habría que considerar también sus deseos reprimidos. Ya sabemos que toda pulsión silenciada encuentra un síntoma para hacerse oír. Mediante operaciones de desautomatización como las revisitadas en este ensayo, las máquinas se entregan a aquello que Pauls llama la “política perversa” [6] Pauls, A., op. cit., p. 47. que no es otra cosa que seguir los síntomas en lugar de extirparlos, la única forma de toparse cara a cara con sus goces y miserias (como diría Donna Haraway, seguir con el problema es aprender a vivir y morir en una tierra dañada [7] Haraway, D. (2019). Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno, Consonni.).

Cada vez que estas obras-máquinas fallan intencionalmente, mueven los cimientos de lo no dicho, se permiten reír con ironía de las demandas foráneas que les han sido impuestas, y vitalizan la potencia de sus propios materiales para descubrir las maneras singulares de ser máquina, nada menos que en América Latina.  

[Imágen  destacada: Ariel Uzal, Una máquina que solo puede girar].

References
1 Fallar otra vez es el título del libro en el que se incluye la conferencia “Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor” (Alan Pauls en Casa de América, Madrid, 2019).
2 Pauls, A. (2022). Fallar otra vez. Gris Tormenta, p. 50.
3 Salazar, A. (s.f.), “Proyectos sobre intentar”, en Adriana Salazar [en línea], s.p.
4 Cloninger, C. y Briz, N. (2014), “Sabotage! Glitch Politix Man[ual/ifesto”, en Cloninger, C., One Per Year, Brescia, Link.
5 En febrero de 2026, Shevlin compartió en X el correo electrónico enviado por la IA: https://x.com/dioscuri/status/2029227527718236359?lang=en
6 Pauls, A., op. cit., p. 47.
7 Haraway, D. (2019). Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno, Consonni.

Jazmín Adler (Buenos Aires, 1985). Es historiadora del arte, investigadora y curadora. Doctora en Teoría Comparada de las Artes (UNTREF) y Licenciada en Artes (UBA). Es investigadora de CONICET y directora del Programa de Posgrado «Tecnologías en el Arte Contemporáneo» (Facultad de Filosofía y Letras, UBA). Integra el equipo de revisión por pares de Leonardo (MIT Press) y el comité asesor del CIFO-Ars Electronica New Media Grants & Commissions Award. Entre otras publicaciones, es autora de En busca del eslabón perdido: arte y tecnología en Argentina, y compiladora de Desmantelando la máquina: transgresiones desde el arte y la tecnología en Latinoamérica. Conforma el Colectivo Ludión: exploratorio latinoamericano de poéticas/políticas tecnológicas (Facultad de Ciencias Sociales, UBA). Ha sido becaria postdoctoral del Deutscher Akademischer Austauschdienst (DAAD) en la Universität der Künste, Berlín, y del Getty Research Institute, Los Ángeles. Entre sus últimos proyectos curatoriales se encuentran Gyula Kosice. En tiempo real (Museo Castagnino+macro, Rosario), Soberanía de las cosas (Palacio Libertad, Buenos Aires); III Bienal de Artes Multimediales (CAC, Quito); Desvíos: subvertir las inteligencias artificiales (EAC, Montevideo); Planetary Atoll: Connecting Latin American Dots (panke.gallery y SAVVY, Berlín); y Dislocaciones: ejercicios de recomposición (Fundación Andreani, Buenos Aires).
Foto: Martin-Tricarico

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