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Spotlight

08 octubre 2026
Miguel Benlloch, retrato.

Miguel Benlloch, todavía te necesitamos

Hay algo extraño —y también incómodo— en que la obra de un artista fallecido sea, al inicio de la temporada expositiva en Madrid, una de las pocas que enfrentan de manera directa una de las grandes catástrofes de nuestro presente. Mientras las galerías e instituciones vuelven a poner en circulación sus novedades, una serie de trabajos de hace más de treinta años irrumpe desde el pasado para devolver Palestina al centro de la mirada. Esa voz, tan ausente y tan presente a la vez, es la del performancero, como a él le gustaba llamarse, poeta y activista Miguel Benlloch (1954–2018) en Todavía, su primera exposición individual en The Ryder Projects.

Miguel Benlloch, Piedra Palestina, 1993. Centro Andaluz de Arte Contemporaáneo, Sevilla. Cortesía de The Ryder Projects

El contraste entre aquellas rebeldías pasadas y la actual vorágine de la vida acelerada vuelve a plantear la vieja pregunta sobre la capacidad del arte para situarse en el mundo que le rodea y conseguir algo que ni el mercado ni la actualidad parecen ya saber hacer: permanecer. «La relación entre lo que vemos y lo que sabemos nunca está resuelta», decía John Berger en sus Modos de ver (1972). Quizá sea precisamente ahí donde la obra de Benlloch encuentra hoy una nueva urgencia. Tres décadas después, sus trabajos no regresan como documentos cerrados de otro tiempo, sino como imágenes todavía capaces de interpelar el nuestro.

En este contexto, la exposición llega después de un reciente proceso de recuperación institucional que ha devuelto al centro de la conversación a una figura cuya importancia histórica había permanecido demasiado tiempo en los márgenes. Tras la retrospectiva Bajar la voz en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), la muestra madrileña prolonga ese ejercicio y vuelve a dar voz a una práctica en la que arte, activismo, poesía y vida política nunca fueron compartimentos separados. De hecho, la palabra «todavía» funciona aquí como una declaración de principios: el artista sigue hablando, y algunas de las luchas que atravesaron su trabajo continúan reclamando formas de representación del conflicto bajo un escenario, por lo general, conservador y poco arriesgado.

Miguel Benlloch, Epigramas contra la guerra, 1990-2018. Cortesía de The Ryder Projects

Miguel Benlloch, Epigramas contra la guerra. Palestina, 2018. Cortesía de The Ryder Projects

La primera planta concentra ese Benlloch que mira hacia afuera. Allí aparecen Piedra Palestina (1993), Canario (1993) y Epigramas contra la guerra (1990–2018), trabajos en los que el lenguaje se convierte en herramienta de intervención política. Piedra Palestina es quizá el punto inevitable de entrada. Realizada en 1993, después de la Primera Intifada, la pieza pertenece a una producción en la que la solidaridad con la lucha palestina aparece explícitamente. En 2026, llega a Madrid cargada de una fuerza que no necesita ser explicada: la historia se ha encargado de hacerlo. El gesto artístico no ha cambiado, pero sí las condiciones desde las que lo miramos. A su vez, el propio archivo del artista sitúa Palestina junto a Irak, Bosnia, Argelia, Chechenia, Ruanda, Congo, Sáhara, Siria o Afganistán dentro de los territorios que atraviesan sus Epigramas contra la guerra. Palestina no aparece, por tanto, como una lectura retrospectiva impuesta por el presente: ya estaba ahí —o lo está todavía, en tanto que las cruzadas pasan, pero no siempre sus causas ni sus heridas—.

Parece muy acertada la disposición de Canario (1993) en la entrada a la sala, que sugiere una operación diferente. El poema recitado —«Árabes, entrad: estamos cansados de visigodos»— desde un viejo walkman se desplaza entre la invocación política, la memoria histórica y el absurdo hasta quedar interrumpido por el canto de un ave. Como ocurre con Piedra Palestina, además de tomar posición frente a la ocupación del territorio, la obra adquiere una lectura provocadora e impredecible tras las recientes llegadas de migrantes a Ceuta y en un momento en que las fronteras vuelven a ocupar gran parte del debate público.

Miguel Benlloch, Canario, 1993. Vista instalación. Cortesía de The Ryder Projects

Más allá de lo específico, podemos seguir escuchando una frase que retumba a lo largo de todo su pensamiento y práctica: lo personal es político, que decían las feministas de segunda ola. Pero quizá hoy podamos invertirla: lo político también es corporal, íntimo y afectivo. Su activismo homosexual, su militancia política, su oposición a la OTAN, su defensa de los cuerpos disidentes y su trabajo artístico de acción en comunidad formaban parte de un mismo proyecto de cuestionamiento de las categorías que ordenan la vida social.

Miguel Benlloch. O donde habite el olvido, 1992-2002. Vista instalación.. Cortesía de The Ryder Projects

De esta manera se conectan sus acciones políticas con la alta dimensión poética de una obra vinculada al ritual, la religiosidad popular, la memoria y los afectos. Lo muestra con especial claridad O donde habite el olvido (2001), donde el relato de la construcción y destrucción de la esfera de oro de James Lee Byars se mezcla con su poema Granada (1992), o las 12 Esferas en la intimidad (1994), nacidas del histórico proyecto Plus Ultra en el marco del Pabellón de Andalucía de la Expo´92. Como pequeñas formas de retrato, ofrenda y transmisión afectiva, algunas de estas piezas no dejan de recordarnos que lo político nunca está demasiado lejos de lo poético: ambos operan como formas de memoria y de relación.

Por eso resulta significativo que Benlloch vuelva a aparecer ahora. No porque la crítica política haya desaparecido completamente del arte contemporáneo: prácticas como las de La Chola Poblete, Iman Issa o Pedro G. Romero siguen interrogando el colonialismo, la violencia sobre los cuerpos o la memoria. Sino porque la diferencia está quizás en otro lugar: en la frontalidad frente a un mundo que se desmorona. No se trata de quién habla y quién calla, sino de cómo se habla y bajo qué condiciones. Benlloch, muerto en 2018, no puede producir una nueva obra sobre Gaza; lo que queda es un archivo capaz de intervenir de nuevo en el presente. Y puede que ahí resida la fuerza de Todavía: en esa capacidad para mirar, nombrar, intervenir y permanecer. Porque él ya no puede responder, pero su obra todavía sí.

Retrato de Miguel Benlloch. Cortesía de The Ryder Projects

Miguel Benlloch. Todavía puede verse en The Ryder Projects, Madrid hasta el 31 de octubre de 2026 

[Imagen destacada: Fotografia de La braga activista, 2004 © Gonzalo Saenz de Santa Maria Poullet. Cortesía de The Ryder Projects]

Alejandro Alcolea Marín (Palma, 1990) es periodista y crítico cultural. A lo largo de su trayectoria profesional se ha dedicado a la comunicación, gestión e investigación en diferentes instituciones culturales como el Círculo de Bellas Artes, el Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona (CCCB) y Es Baluard Museu d’Art Contemporani de Palma. Ha colaborado con medios y publicaciones como A*Desk, elDiario.es, CTXT o lamarea. Tiene interés por lo que pasa (y lo que no) en el cruce entre los campos de la cultura, el poder y las tecnologías.

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