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Magazine

12 September 2007
Las comparaciones son odiosas, aunque inevitables.

David G. Torres

Tercera edición de la bienal de Jafre, un evento de dos días impulsado por Mario Flecha, editor y director de la revista londinense Untitled, con la colaboración de Carolina Grau. Jafre es un pequeño pueblo del interior del Empordan y la sede principal de la bienal es la propia casa de Mario Flecha allí. Un proyecto modesto en un verano lleno de ambiciones y decepciones.


Al margen de discusiones y críticas, quizá el mejor baremo para valorar los eventos de este verano (los consabidos Münster, Documenta y Venecia) sean los pies y el cansancio. Si después de pasear en bicicleta por una ciudad alemana católica, caminar metros de museos y carpas prefabricadas en otra reconstruida después de ser arrasada en la Segunda Guerra Mundial y subir y bajar cientos de puentes en una ciudad flotante sólo se habla del dolor de pies y del cansancio: mal síntoma. Más aún, sí cada visita, cada sala, va acompañada, no ya de abatimiento, sino de un sonoro “¡m’aburro!”. Tal vez habría que empezar a pensar que el aburrimiento es el estigma de nuestro tiempo. Quizás por ello, para evitar el aburrimiento y el cansancio, hace cinco años Mario Flecha, casi como una broma o un juego, se decidió a poner en marcha la bienal de Jafre, utilizando su propia casa y aledaños como espacio de exposición en un fin de semana de agosto, aprovechando su estancia estival. Una exposición o un evento que sólo dura dos días: básicamente, la inauguración con la fiesta que la acompaña y el día de la resaca. Evidentemente, lo de llamarlo “bienal” era una ironía, pero al final ha resultado que sí, y ya lleva tres.

En la primera edición, en 2003, Francis Alÿs, antes de exponer en el Macba, mostró una selección de vídeos y en 2005 repitió con una pequeña pieza enviada para la ocasión. También en la segunda edición la bienal mostró, por primera vez en España, el vídeo de Sener Ozmen & Erkan Ozgen “Road to Modern Tate”, en el que unos despistados Don Quijote y Sancho en el Kurdistán buscan el camino hacia la institución londinense. La lista es más larga: Ángela de la Cruz, Tamara Stuby y Esteban Álvarez, Mabel Palacín, Eulàlia Valldosera, Antoni Muntadas, Yamandú Canosa, Anri Sala, Jordi Colomer, Mireya Masó, Jelena Tomasevic & Natalija Vujosevic, Jorge Macchi, Jordi Mitjà, Santiago Sierra, Sala Tikka o Rui Toscano. Así que, como quien no quiere la cosa, la Bienal de Jafre podría presumir de ser el primer lugar en exponer en España a algunos artistas que luego se han paseado por salas de exposiciones convencionales o sí institucionalizadas. Lo cual en estos tiempos de excesiva institucionalización del arte no es poco y vendría a recordarnos que el arte no es sólo eso que las instituciones programan y avalan, sino que también es algo se da, o casi que sucede. Curioso, la bienal de Jafre, pequeño, modesto, pero es un evento, algo que sucede, justo en un verano en el que los supuestos “eventos” (los de esas ciudades alemanas y la otra flotante) han dejado de serlo, para querer ser exposiciones en museos, con paredes blancas construidas para la ocasión, o rosas, donde ya no sucede nada.

En esta tercera edición la bienal de Jafre ha crecido, ahora cuenta con una colaboración más estrecha del ayuntamiento y del propio pueblo que casi lo ha tomado como un anticipo de la fiesta mayor (gran paella final incluida), y se expande en un recorrido mayor de piezas por las calles y otras casas: un vídeo de Patricia Dauder en una ventana, el póster de “Moments rellevants de la cultura catalana contemporània” de David Bestué y Marc Vives repartidos por el pueblo, una instalación sonora de Edgardo Rudnitzky, un cartel con la frase “El deseo es tan solo una dirección como la mirada, y cada añoranza después de todo es geométrica” de Monika Brandmeier, otra pieza sonora de Martin Creed o “Secretos y recetas de las abuelas de Jafre 2007” de Antoni Miralda. Imposible no relacionar el paseo, corto, por este pueblo medieval del Empordan con el inabarcable paseo por las esculturas de Münster. Tampoco es fácil olvidar que si Miralda está aquí, a escasos 50 kilómetros al norte está esa otra sede de Documenta en la que cada noche una pareja viaja desde Kasel para cenar en la Cala Monjoi. Pero la distancia conceptual es aún mayor que la física. Y también la operación. La presencia de Miralda, como la de Muntadas hace unos años, abre líneas de conexión, buscadas o no, con el hecho de que este año el Macba le haya dedicado una gran exposición a Carlos Pazos, con el hecho de que por Jafre también han pasado Mabel Palacín, Jordi Colomer o Eulàlia Valldosera, y con la presencia de los “Moments rellevants de la cultura catalana contemporània” de Bestué&Vives.

También, la actitud de Miralda, traza líneas de conexión con uno de los momentos álgidos de esta bienal: la performance (¿?) de Spasm un grupo belga formado por Diederik Peeters (actor), Dieter Roelstraete (comisario), Andere Cinema (editor y DJ) y Pieter Vermeersch (artista) que durante un rato se encerraron a oscuras y sin público para tocar música haciendo el mayor estruendo posible. Ahí, como en la participación de Miralda o la invisible de Dora García (que repartió algunas preguntas que debían formularse entre los asistentes tipo: “¿tienes pareja?”, “¿cual es tu meta en la vida?”) es donde la bienal de Jafre acentúa su carácter de evento, que sin embargo desaparece en la instalación de una pieza de Pedro Cabrita Reis con demasiadas connotaciones museísticas, con un peso excesivamente formal aislada en una habitación.

Por cierto, en Jafre sería incorrecto, casi maleducado preguntar por presupuestos, fees, salarios, derechos de exhibición, de reproducción, etc. a la vista de la generosidad y el empeño que pone Mario Flecha, Carolina Grau y el grupo de artistas y amigos que colaboran en ello. A no ser que hayamos dejado de pensar que a veces hay que hacer las cosas porque hay que hacerlas, que el arte también es algo que sucede, se da, se busca y a veces te lo encuentras mucho antes de tener que hablar con las instituciones sobre todas esas burocracias tan engorrosas. Sí, porque esto del arte puede ser hasta divertido.

http://www.davidgtorres.net

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