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17 junio 2014
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101 formas para nombrar un acá – Alegorías de la derrota

Andrea Pacheco


Pese a su antagonismo conceptual, triunfo y fracaso poseen idéntica capacidad de transformarse en mito. Puede incluso que la derrota sea aún más poderosa a la hora de fijarse en la memoria y, por tanto, trascender su propio significado. Lo mismo sucede con su dimensión estética. La belleza del triunfo sólo es superada por la del fracaso, especialmente cuando se entra al terreno deportivo. La cancha, ese escenario donde se enfrentan dos equipos rivales, arroja decenas de imágenes hermosas, donde la victoria no siempre es el motivo.

El título de este texto alude al ensayo Alegorías de la derrota: la ficción posdictatorial y el trabajo del duelo, en el que el teórico brasileño Idelber Avelar analiza el contexto cultural posterior a los golpes de estado en Chile, Argentina y Brasil, y cuestiona la idea de que la dictadura y posterior democracia en estos países sean regímenes opuestos, siendo, por el contrario, el segundo una continuidad del primero. Desde una perspectiva cultural, según Avelar, la ficción está en pensar los períodos de transición como fin de las dictaduras. En el caso de la instalación que presenta el artista chileno Nicolás Miranda (1981) en el MAC, Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile, la ficción estaría en pensar que en el fútbol la victoria es ganar, cuando perder puede llevar a la inmortalidad. “Ganar queremos todos, pero sólo los mediocres no aspiran a la belleza. Es como pretender elegir entre un imbécil bueno o un inteligente malo”, sentencia el ex jugador y entrenador argentino Jorge Valdano.

Miranda escoge tres episodios emblemáticos de la historia del fútbol chileno, grabados en la memoria colectiva de varias generaciones. Tres momentos, tres protagonistas y tres gestos: el del goleador Carlos Caszely inmediatamente después de fallar un penal ante Austria en el Mundial de 1982; el del arquero Roberto “Cóndor” Rojas después de haber sido supuestamente impactado por una bengala en las eliminatorias al Mundial de Italia 90 y, en ese mismo partido e instantes después, el del jugador Patricio Yánez, quien indignado por este acto de violencia hacia el portero chileno, se agarra con furia sus genitales y se los ofrece a la hinchada brasileña como represalia por la agresión sufrida por el plantel nacional. Este último gesto es hoy un insulto popularmente conocido en Chile como el pato yánez.

El artista presenta una “estetización” del fracaso congelando el clímax de lo que podría considerarse el peor momento deportivo de estos tres ex-futbolistas. Tres episodios fatídicos que, sin embargo, tienen la capacidad de simpatizar con el visitante gracias a la utilización de un viejo y poderoso recurso, el humor. Porque la derrota no sólo posee belleza y una potencial eternidad, lleva intrínseca además otra gran virtud, más mundana pero tremendamente efectiva: su ironía.

La instalación, compuesta por 101 piezas, sigue una lógica que recuerda las dinámicas de creación del Movimiento francés Oulipo, basadas en operaciones matemáticas sin cabida al azar: El artista presenta once modelos en total, el mismo número de jugadores en una cancha de fútbol: nueve modelos de pato yánez, uno del “Cóndor” Rojas y uno de Caszely. De los nueve pato yánez, hay a su vez, nueve diferentes ornamentos: realista, metal dorado, metal plateado, etc. Cada uno de estos, se repite once veces. Como resultado da 9 -11. Al mismo tiempo, los patos yánez están dispuestos en tres plintos, alineados en fila hacia la entrada de la sala. El resultado de dicha estructura responde al esquema táctico de juego de la selección chilena: 4 – 4 – 3.

La historia del arte está plagada de escenarios fatídicos, de personajes desgraciados; el fracaso es y ha sido siempre un motivo para los artistas. En el contexto del Mundial de Fútbol Brasil 2014, el MAC, sede Quinta Normal, presenta esta obra que potencia múltiples reflexiones. 101 formas para nombrar un acá, espectaculariza la derrota del deporte chileno, pero el fútbol es sólo una excusa. La ironía de la obra es más profunda y pretende alcanzar ciertas dinámicas sociales propias del contexto chileno, donde el exitismo es un delirio del modelo neoliberal imperante desde los años ‘80. Y en esta alegoría, es también su máxima ficción.

Andrea Pacheco nació en Santiago de Chile, vivió 14 años en Madrid y retornó a su ciudad natal no hace mucho. Su interés en el trabajo de los artistas contemporáneos es sincero y profundo. Cuando escribe sobre alguno de ellos, tiene siempre en mente la célebre frase de Salvador Dalí: lo importante es que hablen de tí, aunque sea bien.

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