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21 octubre 2013
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À la ville de… Barcelona

Montse Badia

Los imaginarios urbanos nos permiten abordar la realidad social y urbana desde dimensiones simbólicas, culturales y no tangibles. El antropólogo y crítico cultural Néstor García Canclini afirmaba en su libro Imaginarios urbanos que “muchos presupuestos que guían la acción y las omisiones de los ciudadanos derivan de cómo percibimos los usos del espacio urbano, los problemas de consumo, tránsito y comunicación, y también de cómo imaginamos las explicaciones a éstas cuestiones”.

À la ville de … Barcelona es una obra de teatro escrita y dirigida por Joan Ollé (estos días en cartel en el Teatre Lliure de Barcelona) que presenta, analiza, disecciona y critica la ciudad de Barcelona, abarcando desde la Barcino de la época de los romanos hasta la actual ciudad ocupada por turistas y rígidas normativas del Ayuntamiento que está empezando a resultar incómoda a sus habitantes. À la ville de… Barcelona es un retablo (que no un auca) plagada de escenas y saltos en el tiempo, por los que desfilan personajes, lugares, formas de relacionarse y de convivir. El recorrido se convierte en una especie de caleidoscopio, compuesto por imágenes que más que establecer un discurso lineal, evocan asociaciones a partir del fragmento y la sugerencia. El imaginario de Barcelona se construye emotivamente a partir de referentes muy diversos: hechos, historias, eventos, personajes, lugares, canciones u objetos.

Hechos como las exposiciones de 1988 y 1929, la semana trágica, la selección de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992 o el desmantelamiento de los chiringuitos de la Barceloneta, se conjugan con el desfile/aparición de personajes y prototipos (el sereno, la moños, el gafapasta que va a los cines Verdi, el deprimido seguidor del Barça de los 80, los alcaldes Maragall y Trías, los habituales del Liceo, el paquistaní que vende latas en la calle…), con objetos que rememoran hechos destacados (que van desde la entrada del concierto de los Beatles en el año 1966 hasta el primer chupachup que se comió Johann Cruyff después de dejar de fumar), lugares (bares y clubs, cines desaparecidos, la Boquería) y referencias literarias (ahí sí que encontramos un verdadero arsenal: Eduardo Mendoza, Jaime Gil de Biedma, Manuel Vázquez Montalbán, Joan Maragall, George Orwell, Jean Genet, Joan Salvat-Papasseit, Merçè Rodoreda, Josep Carner, Rafael Duyos, José Agustín Goytisolo, Josep Pedrals, Josep Maria de Sagarra y Jacint Verdaguer).

Aunque la obra no deja de ser de consumo interno, se evidencia la ambigüedad de una mirada que conjuga amor-odio a partes iguales. Hay momentos emotivos, pero también crítica despiadada: como un sorteo de lotería en el que se van cantando los números (por ejemplo: los informes encargados por las administraciones públicas que no sirven para nada) y los premios (“una pastaradaaaaaaaa”); o una recreación del Angelus de Millet (en este caso Millet es Félix Millet) con su inventario de gastos y de asistentes a las bodas de sus hijas dejando clara la vinculación con “las mejores familias” de la ciudad. También hay ácidas, muy ácidas superposiciones de escenas: la flecha que enciende el pebetero de los juegos olímpicos se transforma en la bala que ejecuta a Companys o el grito colectivo y entusiasta al conocerse la sede de los juegos del 92 se confunde con la algarabía producida por la entrada de las tropas franquistas en el 39.

Por eso nos enfadamos cuando esa inclusión de Barcelona se hace mal, y especialmente cuando se hace mal en arte contemporáneo. Por ejemplo, cada vez que el MACBA expone su colección e intenta meter con calzador referencias al contexto (rastreando la herencia de la modernidad en la construcción de la Exposición Universal del 29, mostrando los espacios anodinos y poco reconocibles de Barcelona registrados por Jean-Marc Bustamante o “la ciutat de la gent” retratada por Craigie Horsfield) sin por ello relacionarse de verdad con ese contexto ni ofreciendo una mirada ya sea afín o crítica sobre él, o ambas cosas a la vez, porque es precisamente en esa tensión (que À la ville de … Barcelona resuelve tan bien) donde radica la verdadera voluntad de intentar entender el mundo que nos rodea o la ciudad en la que vivimos.

A Montse Badia nunca le ha gustado estarse quieta, por eso siempre ha pensado en viajar, entrar en relación con otros contextos y tomar distancias para poder pensar mejor el mundo. La crítica de arte y el comisariado ha sido una vía desde la que poner en práctica su convencimiento en la necesidad del pensamiento crítico, de las idiosincracias y los posicionamientos individuales. ¿Cómo si no podremos cuestionar la estandarización a la que nos vemos abocados?
www.montsebadia.net

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