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01 noviembre 2013
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“Amo los museos”, Orhan Pamuk y su Museo de la Inocencia

Caterina Almirall

Orhan Pamuk, el escritor turco premio Nobel 2006, afirma que pintar le hace “inmensamente feliz”, en cambio escribir le hace sentirse “airado contra el mundo” y “más inteligente” [La novela “El Museo de la Inocencia” fue publicada en 2008 y traducida a más de 60 lenguas. El museo fue inaugurado en la primavera de 2012, ubicado en el barrio de Çukurcuma, en el corazón de Estambul]]. No quiero deducir que pintar es de tontos y escribir es de inteligentes. Pero lo cierto es que su amor por el arte le llevó a hacer de su última novela un museo, el primer ejemplar en el mundo de esta clase. Hasta se animó y escribió un [Manifiesto para aclarar por qué deberíamos amar a los museos que empieza así: “Amo a los museos y no soy el único que encuentra que cada día que pasa nos hacen más felices.”

Cierta razón tiene Orhan Pamuk al replicar que los Grandes Museos Europeos son ‘lugares desprovistos de alegría, insuflados por la atmósfera de una oficina gubernamental’, pues sin duda es necesario replantearnos la función de estos mausoleos y de sus contenidos. Pero personalmente no dejaría la solución en manos de Pamuk, que es, como mínimo, bastante inocente.

Museo y novela llevan el mismo grandilocuente título de “El Museo de la Inocencia”, y fueron concebidos a la par. La novela relata la historia de amor entre un chico de familia rica y una chica de familia pobre que no pueden amarse debido a la diferencia de condición social -¡qué original!-. Durante 83 capítulos y más de 700 páginas, Kemal Bey, el protagonista, relata obsesivamente su mal de amor, que trata de saciar recogiendo todos los objetos que han rozado la piel de su amada. Dando un complicado giro, el mismo Pamuk resulta ser uno de los personajes al que le es encargada la misión de contar la historia. Hasta tal punto se lía la cosa, que una acaba pensando que Pamuk y Kemal son el mismo personaje obsesivo compulsivo que amontona objetos viejos de los anticuarios y basureros del barrio.

Cuenta Pamuk, que escribió la novela a medida que los objetos, que en realidad él mismo recogía, iban encontrando su lugar en el relato y en el museo. Calvino hizo una vez un experimento parecido -y también consiguió un texto bastante aburrido-, pero el italiano por lo menos jugaba con el azar dejando la historia a manos de las cartas de tarot. Pamuk parece que construye una historia de amor tan tormentosa para el protagonista como para los lectores, con tal de justificar las ganas de tener un museo.

En un momento de la novela Füsün, la amada, aclara sin más argumento, que son los objetos los que de verdad nos llevan a recordar los momentos felices de la vida. Kemal se toma la idea al pie de la letra, y así se ven incluidas en la colección las más de 4,000 colillas que la chica se fumó durante su vida, y que nos dan la bienvenida al museo. Siguen en las tres plantas del edificio 83 vitrinas -una por capítulo- dónde se exhiben toda clase de objetos, incluidas unas réplicas en porexpan de la comida que fue ingerida a lo largo de la historia, bastante asquerosas.

Todo este tinglado podría recordar las numerosas casas-museo, que habiendo sido hogar de algún personaje ilustre, visitamos anhelando adentrarnos en esa mente genial. Incluso Harald Szeeman tuvo una vez su “Museo de las Obsesiones”, pero tuvo la dignidad de almacenarlo única y exclusivamente en su mollera.

Según Pamuk la vida de Kemal, “es la demostración de una verdad: el corazón humano es igual a lo largo y ancho del mundo”. A mi parecer no se trata, como pretende el autor, de una indagación existencialista con las clásicas preguntas ¿qué es la vida?, ¿qué es el amor?, ¿para que estamos aquí? Sino, y una vez más, del ensalzamiento del amor romántico burgués.

Buscando una respuesta al porqué de toda esta parafernalia me di cuenta que ni el mismo Pamuk me podía ayudar: Y de aquí no salimos.

Caterina Almirall acaba de nacer en este mundo, pero antes había vivido en otros mundos, similares y paralelos, líquidos y sólidos. De todos ha aprendido algo, y ha olvidado algo. Aprender es desaprender. En todos estos mundos le atrapa una telaraña que lo envuelve todo, algunos lo llaman “arte”... Envolver, desenredar, tejer y destrozar esta malla ha sido su ocupación en cada uno de estos planetas, y se teme que lo será en cada uno de los que vendrán.

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