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24 mayo 2014
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El hombre que no quiso elegir

Leire Ventas Aldabaldetreku


Herman Kolgen nunca pudo elegir. Así que ahora, sobre la tarima del Kings Place en Londres, adonde ha venido invitado por Alpha-ville a ofrecer un performance de dos de sus obras, no acierta a contestar. ¿Cómo ha sido el proceso de creación de Dust e Inject? ¿Qué es primero, la imágen o la música? «Primero está la idea».

De niño dibujaba compulsivamente, y día sí y día también, aporreaba con ganas un montaje hecho con cazuelas, con la libertad que da ser hijo en una familia de cuatro niños. Digamos que su infancia fue su territorio experimental, aunque nunca haya abandonado el laboratorio. A los dieciséis había integrado un sintetizador a su batería, y después le añadiría un vibráfono —ese paso, asegura, ha marcado su estilo—. Para los dieciocho, cuando comenzó su formación de arquitecto, y sin abandonar la percusión, pintaba y exponía.

«Está bien que seas artista», le dijo su padre, «aunque si vas a ser bueno, debes optar por una disciplina». Herman Kolgen, sin embargo, nunca pudo elegir.

En esas andaba cuando compró su primer ordenador. «Mi forma de pensar y toda mi vida cambió», exclama, exagerando pero en el fondo sin exagerar. Con aquella tecnología por fin vio todo encajar. Ya no tenía que escoger. Podía recorrer la senda del sonido sin sacrificar el arte visual, y viceversa.

Y es ahí cuando empezó a inventar. Porque Herman Kolgen, que no quería elegir, tuvo que crear su propio lenguaje. Un idioma que no distingue audio e imagen, en el que ambos son una sola materia. «Concibo el sonido y la imagen de la misma manera», explica. «Para obtener un material homogéneo que vaya a ser absorbido por la audiencia a un nivel emocional».

Y es que no hay otra manera de absorber sus obras. En la pieza titulada Inject, Yso, un chico camboyano de Montreal, se sumerge desnudo y con un solo zapato en una cisterna —seis días estuvo bajo el agua—; uno se olvida de que existen dos sistemas diferenciados, dos canales de percepción, y sólo siente la asfixia, la desorientación, la pérdida de contacto con la realidad. Sonido e imagen son en manos del artista material dinámico, elástico, palpable, con densidad, porosidad; materia que puede modificarse en el espacio-tiempo.

Kolgen es hoy conocido y reconocido en su país (nació, vive y trabaja en Montreal, Canadá) y a nivel internacional. Muchas veces premiado, un artista multidisciplinar, un «escultor audiocinético» —sea lo que sea lo que signifique esa etiqueta— cuyas obras toman la forma de instalaciones, películas, performances o audioesculturas. Es, ante todo, un hombre que no pudo ni quiso elegir.

A menudo se siente una outsider. Y pide permiso, y comienza a construir la casa por el tejado, mientras explica que es por la fobia a la zona de confort. En realidad, es periodista (si reniega, no le crean). Y como todo periodista, ha escrito de ésto y aquello, aquí y allá. Ahora, como buena outsider, se atreve con el arte y sus periferias.

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