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El inglés como árbitro: La autoridad del traductor

Magazine

14 abril 2026
Tema del Mes: El inglés minoritario: política y cultura de una lengua globalEditor/a Residente: John Holten
traducción lenguas minoritarias

El inglés como árbitro: La autoridad del traductor

Latronico en conversación con Holten, parte 2

&

En esta segunda parte de la conversación, pasamos de las grandes estructuras del inglés como guardián literario a algo más personal, como es la realidad cotidiana de escribir, leer y traducir entre idiomas. Hablamos de la extraña autoridad de los traductores que trabajan hacia el inglés, de cómo toman realmente las decisiones las pequeñas editoriales y de la inesperada vida política de las lenguas minoritarias y el por qué defender el catalán resulta diferente a defender el véneto. Terminamos, quizás de forma extraña, con el latín, una lengua que no pertenece a nadie y, por lo tanto, quizá pertenezca a todo el mundo.

John Holten: Hasta ahora hemos hablado de la traducción y de las implicaciones más amplias del inglés como una especie de «estándar del sector» para la producción literaria. Pero, me gustaría tu opinión como escritor. Me pareció que Las Perfecciones acertaba en muchísimos detalles fundamentales, y parte de ello se debía al uso del alemán. Yo leí la traducción al inglés, así que, en general, ¿qué relación tienes con el inglés en tu día a día? ¿Te apetece hablar un poco sobre eso?

Latronico: Desgraciadamente, sigo haciendo gran parte de mis lecturas en inglés, digo por desgracia, porque en cierto modo, me gustaría que fuera diferente. A veces son libros escritos directamente en inglés, pero la mayoría de las veces son libros cuya traducción al italiano o bien no existe o bien es menos precisa. Lo digo como traductor que soy. Los traductores están mal pagados en todos los países que conozco, sin embargo, en comparación con el mercado italiano, las traducciones al inglés están mucho mejor remuneradas. No porque sean intrínsecamente más inteligentes, sino que como disponen de más tiempo, tienden a producir un trabajo de mayor calidad porque pueden dedicarle más energía.

Pero no creo que sea solo por el dinero. También hay una diferencia en la «filosofía de la traducción». Hay una académica húngara, Ágnes Orzóy, que llevó a cabo una ingeniosa investigación entrevistando a traductores que trabajan entre el inglés y el húngaro. Analizó cómo veían su oficio y su posición dentro del ecosistema cultural —concretamente, si consideraban su trabajo una «tarea rutinaria» o suponí algo más.

Holten: ¿Se trata de una tarea rutinaria o, como bien sabes, de artistas creando arte?

Latronico: Exacto. Además, los que traducían a inglés tenían una percepción mucho más alta de su posición que sus homólogos húngaros. Por supuesto, esto se debe a que los traductores al inglés son también la puerta de acceso a un gran mercado. Normalmente, como traductor sabes que si traduces a un escritor húngaro, estás haciendo algo muy importante para él, va a ser algo muy significativo para su carrera. Mientras que al contrario no suele ser así. Quiero decir que, la mayoría de las veces que he traducido a escritores estadounidenses les enviaba correos electrónicos con preguntas muy detalladas sobre su texto, y ellos simplemente respondían: «Bah, da igual. Haz lo que quieras. No me importa mucho». Porque, ya sabes, Italia es un mercado pequeño. ¿Por qué van a dedicarle tiempo a eso? Al revés nunca ocurría eso.

Así que creo que eso forma parte de la ecuación. Pero no es solo eso. También pienso que, por muchas razones —quizá el dominio del inglés sea una de ellas—, el «código de conducta» de la traducción otorga más autoridad al traductor dentro de la lengua inglesa que fuera de ella. Fíjate, por ejemplo, en Han Kang y el famoso caso de la traducción de La vegetariana por Deborah Smith. Tuvo un éxito arrollador, pero luego fue criticada por tomarse demasiadas libertades con respecto al texto original.

La forma en que Sophie Hughes tradujo Las perfecciones no habría sido aceptable en el caso de una traducción al italiano. De cualquier modo, creo que fue un acierto, porque una lengua no se reduce a la equivalencia precisa de palabras o frases. Se trata de recrear una «atmósfera», por así decirlo, y un estilo. y solo se puede reivindicar realmente la autoridad para hacerlo si se actúa desde una posición de dominio.

Me refiero a que, si lees la teoría romántica alemana de la traducción —y en aquella época, no por casualidad, el alemán era la lengua dominante en la literatura y la cultura europeas—, los románticos alemanes pensaban que las traducciones eran, de hecho, mejores que el original. Creían que el traductor podía, en cierto modo, «purificar» las imperfecciones —las imperfecciones accidentales— digamos, esta gran idea universal que se te ocurre a ti, un irlandés y, en la traducción, yo podría purgarla de esos accidentes y devolverla a su pureza universal. Por supuesto, esto no es exactamente lo que ha hecho Sophie Hughes, pero creo que solo se puede formular la teoría de que las traducciones pueden divergir ligeramente del original desde dentro de una lengua dominante, incluso, a veces, eso es bueno.

Holten: Sí que es fascinante sí. Hace un tiempo se extendió la idea —incluso entre algunos miembros de la Academia Sueca— de que los estadounidenses y los británicos (y los irlandeses, debo añadir) no leían suficiente literatura universal. Ya sabes, el hecho de que tu idioma sea el dominante también puede suponer una desventaja, ¿no?

Latronico: Sin duda. Pero creo que también es muy fácil analizar esto desde un punto de vista puramente materialista. Todos los editores italianos hablan un inglés perfecto, así que en ese sentido no tienen ningún problema. Imagina que un editor italiano tiene un libro mío y otro tuyo sobre su escritorio. Mi libro es un manuscrito, es decir, un archivo de Word. Tu libro está a punto de salir a la venta en el Reino Unido o en Estados Unidos.

Este editor, que ha leído ambos textos, tiene que defender su decisión de publicar uno de los dos ante sus jefes. En mi caso, el editor solo puede decir: «Bueno, creo que este libro es bueno». En tu caso, puede decir: «Bueno, creo que este libro es bueno, y Penguin también cree que este libro es bueno, y van a invertir tal cantidad en marketing», y así sucesivamente. O mejor aún: Penguin ya ha publicado el libro y ha recibido estas críticas.

Así que, por paradójico que parezca, para un editor italiano es mucho más fácil publicar ficción traducida —especialmente si ya ha salido en inglés— que publicar ficción italiana. Porque —y me doy cuenta de que es un poco reduccionista analizar la literatura mundial en los términos prácticos de cómo funcionan las empresas, pero creo que es esclarecedor— en EE. UU. y el Reino Unido, la mayoría de las veces no hace falta hablar otro idioma para ser editor. En su caso, la literatura traducida se convierte en una carga porque ellos mismos no pueden evaluarla lo suficientemente bien; necesitan gastar dinero en la traducción. En cambio, el hecho de que un libro esté traducido en Italia es una «ventaja». Facilita la vida del editor.

Holten: Como ya sabes, esta conversación se traducirá al catalán y al español.

Latronico: Cierto, y hay otra cosa interesante que quizás se pueda añadir o no, y que tiene que ver con lo que estábamos comentando sobre el nacionalismo. Me resulta fascinante – especialmente el caso del catalán – porque la defensa del catalán proviene tradicionalmente de la izquierda. Se considera el catalán que fue perseguido por el régimen franquista, por lo que su defensa se asocia generalmente con la causa izquierdista o antifascista.

Lo interesante es que en Italia los dialectos también fueron muy perseguidos por parte del régimen fascista. Sin embargo, la defensa de las lenguas locales hoy en día se asocia con la extrema derecha. La defensa del dialecto véneto, por ejemplo, la lleva a cabo el partido de Matteo Salvini. Es una causa de extrema derecha, aunque hay poetas contemporáneos, como el caso de uno de los mejores poetas italianos de las últimas décadas, Andrea Zanzotto, que también escribe en dialecto véneto, y desde luego no votaba a Salvini. De cualquier modo, esa causa en Italia está codificada como de derechas. Incluso la defensa de la autonomía lingüística en el Tirol del Sur se considera muy de derechas; es más, en algún momento se les tachó de «nazis». No sé, no saco ninguna conclusión, pero me parece fascinante.

Holten: Me parece genial que terminemos en este punto. Quiero que incluyamos precisamente esa idea porque es una paradoja. Yo solía bromear —era una broma de mal gusto—, pero solía decir que era un «angloparlante que se odia a sí mismo» porque quiero hablar los idiomas que me rodean. Debería escuchar tanto italiano o alemán como inglés, ya que vivo con una italiana en Berlín.

Luego me parece extraño que defenderse del inglés o incluso odiarlo se convierta en nacionalista. Necesitamos un espacio de discurso universal, especialmente si queremos que los ideales universales puedan funcionar en este mundo de xenofobia y división, por eso quizá el tener una lengua franca ayude.

Latronico: Sí, por supuesto.

Holten: Pero entonces, esa lengua franca no debería ser el idioma de nadie.

Latronico: ¡Creo que el latín era bueno porque nadie nacía sabiendo latín, así que todos partían en igualdad de condiciones!

Esta es la segunda parte de la conversación entre Vincenzo Latronico y John Holten. Puedes leer la primera parte, El peso del centro, aquí.

(Imagen de portada: © Juliet Barbieri)

Vincenzo Latronico es escritor y traductor. Su última novela, Perfection, ha sido traducida a 43 idiomas; ha sido finalista del Premio Internacional Booker, preseleccionada para el Premio Nacional del Libro y el Premio Strega, y galardonada con el primer Premio Tom Wolfe Air Mail. Vive en Milán.
Retrat © Marcus Lieder

Retrato de John Holten

John Holten es un novelista y editor nacido en Irlanda y afincado en Berlín, cuya novela más reciente es The Trains of Europe (2024). www.johnholten.eu
Retrato © Juliet Barbieri

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