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Magazine

07 septiembre 2020
Espectros posturbanos

Andrés Carretero

En junio o julio de 1937 Simone Weil escribió el borrador de un artículo titulado originalmente “Méditations sur un cadavre”, traducido al inglés como “Meditations on a corpse”. [i] En él esboza una necrológica premonitoria sobre la muerte anunciada del gobierno del Front Populaire en la Francia de la época; una forma que era ya entonces, según Weil, una cosa muerta, un cadáver. En el lapso de seis meses que discurren de la ilusión al desencanto y que culminan con la dimisión del Primer Ministro, el socialista Léon Blum, la filósofa y brigadista sentencia que no se han producido cambios sustanciales en los hechos de la vida social –pese a los Acuerdos de Matignon entre patronal, sindicatos y gobierno en 1936–, sino en el ámbito de los sentimientos, de las emociones. El hundimiento de la economía, las campañas mediáticas en contra, el ascenso de los fascismos, el desequilibrio entre las fuerzas sociales y la imaginación colectiva visibilizaban post mortem, para Simone Weil, la eficacia del maquiavelismo como una herramienta para la toma de decisiones políticas en momentos críticos. Antes de que llegue el reconocimiento de la muerte de la política bajo la forma del grito voluntarista à mort la politique¡, este es un aprendizaje, una lección histórica que puede extraerse de las meditaciones sobre un cadáver, el de un gobierno previamente a su licuefacción.

*

En febrero de 1993 el teórico, historiador y crítico de arquitectura romano Manfredo Tafuri pronunció la lezione inaugural del Istituto Universitario di Architettura di Venezia, “Le forme del tempo. Venezia e la modernità”, donde señala la transición del cadáver de lo urbano –de Venecia– hacia su condición espectral: “El problema no era si sería mejor ponerle maquillaje a un cadáver, mejor ponerle colorete, hacerlo tan ridículo que causara risa incluso a los niños; o bien lo que hemos conseguido nosotros los defensores, pero sin poder, profetas desarmados, es decir, que el cadáver se licúe ante nuestros ojos”. [ii] Quince años más tarde, el filósofo Giorgio Agamben rescató estas palabras para elaborar un texto breve, “De la utilidad y los inconvenientes de vivir entre espectros”, donde retoma las ideas larvadas por Tafuri para proyectarlas en un estadio posterior, el de la espectralidad de lo urbano como una forma de vida. [iii

Las imágenes anticipatorias de la ciudad muerta –La muerte en Venecia–, de una modernidad decadente, que habita un limbo temporal posthistórico y postmoderno, pertenecen hoy a un imaginario normalizado, interiorizado, atenazado; no anuncian nada, sino que certifican un estado póstumo y espectral que, sin embargo, está mutando. La “nueva naturaleza” artificial encarnada en la vieja metrópolis deviene en “naturaleza muerta” ante la experiencia de la urbanidad contemporánea periférica, una vez se han producido cambios sustanciales en los hechos de la vida social, después del acontecimiento. ¿Cuál es la forma del tiempo de la polis vaciada? La suspensión de la temporalidad, la disolución del pasado y el futuro, un confinamiento en el presente. Solitarios paseos nocturnos en un espacio público silenciado, negado a su uso, predeterminado por el distanciamiento de los cuerpos. Entre restos clasicistas de una vieja capital del Imperio y escaparates de Inditex con displays de maniquíes que visten prendas de temporadas que ya no son, ni importan. Escuchando a través de los airpods en modo repetición a ratos “NeoVdO” de Erik Urano (Nos dirigimos a una época de comunicaciones simultáneas, postindustrial, postliteraria, postindividualista, postcivilizada, que provocará una nueva confraternidad universal, desideologizada, electrónica, neotribal), a ratos “Fukushima” de Triángulo de Amor Bizarro (En la periferia no hay nada que hacer, en la periferia no hay nada que perder). El reconocimiento de un territorio concreto, los modos de ver lo ya conocido, lo ya consumido, con una mirada extraña, ex-ótica. El retorno de lo sublime entrópico. Sería la ampliación de la condición periférica, las periferias de las periferias, la intensificación de la segregación espacial según los niveles de renta y el canto de cisne de la neorepoblación: la vuelta a las ciudades pequeñas y “baratas”, a los pueblos, la vuelta al campo. La re-naturalizaciónambiental como eufemismo técnico, –que se traduce en la inyección de inversiones económicas de la UE destinadas a grandes planes de lavados de cara verde sobre el espectro de lo urbano (la verdolatría es el higienismo después de Haussmann)–, a la vez que se dificulta o impide tanto el despliegue orgánico de formas de vida no-humanas cuando éstas no están sometidas, como ciertas estrategias des-urbanizadoras decrecentistas. ¿Son estos efectos propios de la experiencia metropolitana moderna o postmoderna? Quizá no. Las derivas de lxs flâneurs en el horizonte pandémico –de los riders– caminan sobre una tensión, la de lo urbano y su reverso espectral –la experiencia colectiva de la muerte como una ficción amenazante, retroactiva e intermitente–, que no es si no un umbral: el de las transiciones hacia una polis implosionada, multinodal, interconectada, ecosocial, redistribuida territorialmente según principios democráticos, accesible. Posturbana.

*

A lo largo del año 2029, la Mayor Motoko Kusanagi lidera la Sección 9 de Seguridad Pública, un grupo armado que forma parte de los aparatos de gobierno de Japón, especializado en combatir delitos informáticos en un contexto de reordenación geopolítica inmediatamente posterior al cataclismo global. [iv] La virtualización transescalar de las relaciones sociales constituye la nueva normalidad, una lógica dominante que transforma la experiencia del encuentro de los cuerpos –todavía necesarios– en el espacio público en una realidad subsidiaria, incluso para el terrorismo. En un mundo que está a la espera del advenimiento de la posthumanidad, los grandes avances tecnocientíficos de carácter prometeico permiten la producción sintética del cuerpo perfecto e inmune de Kusanagi, que se fabrica y ensambla en una cadena de montaje, que no necesita ser ejercitado ni casi alimentado pero sí mantenido y cuidado pues continúa siendo vulnerable; puede ser afectado. El cuerpo a la deriva física y virtual, urbana y digital, de la comandante Kusanagi se refugia en su celda capsular, separada pero abierta y conectada a la ciudad: es la nueva chica nómada de Tokio. Sus hábitos dan forma a un reenactment futurista de aquel proyecto utópico diseñado por Toyo Ito (1985-6), en el que una joven Kazuyo Sejima ponía el cuerpo en las escenas configuradas por los PAO I y II, esas ligeras cabañas neoprimitivas, unipersonales, desmaterializadas, cuartos propios donde construir una subjetividad autónoma que ya no garantiza el “existence minimum” sino es en simbiosis con el fulgor de una vida metropolitana anarcocapitalista y ciberespacial en la que toda socialización ha sido mercantilizada.

La desnudez de Motoko Kusanagi, toda una cyborg existencialista que medita sobre su propio cadáver, le permite su integración radical en un espacio urbano que es ahora una simple manifestación especulativa, uno de los modos del Big Data. Ella decide abrazar esa ampliación del campo de la experiencia renunciando al encarcelamiento, a la reducción al cuerpo. Un cuerpo sin órganos, a excepción del cerebro y la médula que albergan su ghost, el fantasma de su autoconsciencia, de su identidad, de su yo; el espectro de Kusanagi prescinde de su concha, de su shell. Ser espectros confinados en conchas o evitar que el cuerpo devenga en una herramienta –utilizada por “ellos”–  de la que emanciparse. Depende de nosotros.

Junio de 2020.

 

[i] Simone Weil, “Meditations on a corpse”, New Left Review 111, mayo-junio 2018 [1937].

[ii] Giorgio Agamben, “De la utilidad y los inconvenientes de vivir entre espectros”, Desnudez, Anagrama, Barcelona, 2011.

[iii] Ibid.

[iv] Mamoru Oshii, Ghost in the Shell, Japón, 1995; inspirada en el manga homónimo de Masamune Shirow.

 

 

(Imagen destacada: La Mayor Kusanagi en su habitación; captura de pantalla de Ghost in the Shell, de Mamoru Oshii (Japón, 1995)).

 

 

 

 

 

Andrés Carretero es arquitecto y crítico. Su práctica abarca una concepción expandida de la arquitectura atravesada por el arte, la teoría y lo político. Co-fundador de MONTAJE – infraestructura cooperativa de producción arquitectónica.

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