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Magazine

12 febrero 2019
Fermentación y Feminismo. Una conversación con Lauren Fournier

Marta Álvarez Guillén

Muchos de los platos típicos de nuestra dieta incluyen fermentación: no sólo la cerveza, sino también el pan o el queso son “cocinados” por microbios y levaduras. Supe, en una cena con amigas entre vapores de vino, que incluso esa bebida presenta además un precioso “velo de flor” –una capa de levadura- para su protección y crianza. En algunas latitudes se incluye la fermentación en la preparación de bebidas alcohólicas, como la chicha colombiana o la kombucha china, o en alimentos, como el chucrut alemán, el miso japonés o el kimchi coreano. El carácter gastronómico, patrimonial y colectivo de la fermentación nos permite hablar de ella literal y metafóricamente, así como relacionarla con algunos discursos disruptivos: materializa una “simbiosis entre especies y coevolución, accesibilidad y biodisponibilidad, preservación y transformación, futuro y supervivencia – que se relaciona con la biodiversidad, por ejemplo, y finalmente, con la reducción del daño y el cuidado. Tanto de una misma como de otras”, señala Lauren Fournier.

 Fournier (Regina, Canada, 1989) es comisaria, escritora, artista e investigadora. Es autora de “Fermenting Feminism”,un programa artístico mutante centrado precisamente en el potencial simbólico y material de este proceso. Iniciadoen 2017 con el Laboratory for Aesthetics & Ecology, “Fermenting feminism” ha tenido hasta ahora cinco citas diferentes con proyecciones, sesiones de escucha, exposiciones colectivas, reuniones experimentales, una publicación de autoría colectiva y coeditada y un festival de performance con piezas de Regina de Miguel, Leila Nadir, Zoë Schneider, WhiteFeather Hunter o Sarah Kantrowitz, entre otras.

 La fermentación es un proceso natural de enriquecimiento en que la “madre” procrea, regenera, alimenta, cuida y se autoreplicao actualiza. En sus versiones física y figurada, esto es para Fournier una forma de acercar los feminismos contemporáneos transnacionales. Su interés principal estriba en la doble capacidad de conservar y cambiar, “esta capacidad de preservar, retener y honrar el pasado y al mismo tiempo transformar, tomar nuevas formas y configuraciones”. Con las referencias a la “madre” y a la alimentación volvemos al hogar en un sentido reivindicativo como espacio no colonial de cuidado y protección, de tiempos lentos, de legado matriarcal, del “hazlo con otras” y de liberar procesos. Ejemplo de ello es PEFA Projects, un proyecto desarrollado por Sean Roy Parker que realiza fermentaciones colectivas con objetivos educativos ecologistas desde el arte comunitario, abriendo espacios comunes a la reflexión-acción colectiva sobre el gasto, la reutilización, el entorno natural, el DIWO y la alimentación sana, generando comunidades afectivas.

Tomamos la casa ya no como el espacio simbólico de opresión a lo Martha Rosler o Chantal Akerman, sino como uno abierto y de empoderamiento en que podemos huir de la ansiedad y la instantaneidad capitalistas, de los precocinados y los envasados de plástico o la alta cocina masculinizada. Es una casa abierta a la vivencia colectiva como el restaurante FOOD de Caroline Gooden y Gordon Matta-Clark (1971, Nueva York), que entendieron la digestión como otro modo de ocupar el espacio o como Espai Nyamnyam, cuyos procesos de cocina colectivos constituyen experiencias culinarias feministas.

Fournier reconoce las ecologías queer de la fermentación pura (wild fermentation) de Sandor Katz, autor de Pura Fermentación. Todo el sabor, el valor nutricional y el arte que encierra la elaboración de alimentos vivos (Editorial Gaia, 2012), como un punto de partida en su práctica. “En contraste con el uso de cultivos comprados, preenvasados, quizás producidos en serie o muertos para fermentar bebidas y alimentos, la fermentación pura fomenta el uso de bacterias y levaduras preexistentes en un entorno determinado para integrarse en el recipiente de fermentación dado y servir como catalizadores para la fermentación”. Según la comisaria, la tensión que se produce entre ese recipiente y su exterior en términos de receptividad o absorción es importante para entender la política feminista inherente a esta práctica. El fermento activado huele, suena y burbujea, desbordando el continente: está vivo.

Esta es una relación simbiótica entre especies en que el ser humano no ejerce ninguna hegemonía sino que tan solo colabora: se entiende como un activismo feminista interseccional. Fermentación como sororidad, conexión física. Comemos para estar conectadas: incorporamos los microbios a nuestro microbioma y ellos nos incorporan, a su vez, en su ecosistema. Este hermanamiento con otras especiesentre los seres humanos habituados a un creciente individualismo y con otros objetos constituye una de las propuestas fuertes de la fermentación en términos de política feminista: es una suerte de trascendencia del yo como sujeto cerrado, una apertura ontológica hacia todo lo demás. En efecto, no solo nos conecta con otros seres vivos, también con lo tecnológico como extensión de lo vivo: tomando aquí a Donna Haraway, podemos entender los Microbial Selfies (2017) de EcoArtTech (Leila Nadir y Cary Peppermint), como recuerda Fournier, en que gracias a una adecuada combinación de software y hardware, unos microbios pueden tomarse selfies y editarlos en función de una serie de variables como elpH, el color o el oxígeno detectados; facilitando la recuperación de una memoria cultural desaparecida tras la “amnesia industrial”.

 Esta lectura del proceso biológico-material de la fermentación se enmarca en una ontología de corte más spinozista que cartesiano, propuesta por los nuevos materialismos de Karen Barad o Isabelle Stengers, el vitalismo de Jane Bennett o la necropolítica de Achille Mbembe y de Fred Moten y Stefano Harney que menciona Fournier. Conectada así con los Women Studies, los Food Studies y el pensamiento poscolonial, no tanto como una genealogía sino como “un burbujeo de diferentes formas y extensiones y diversos efectos, a lo largo de la historia”, la fermentación piensa la comida como un elemento social atravesado por movimientos coloniales o factores de clase y género, tal y como hace “Sugar organ”, del Laboratory of Aesthetics and Ecology en la propia publicación de “Fermenting Feminism”. La fermentación es por tanto una práctica liminar situada en los márgenes del “arte, la ciencia, la tecnología, el diseño, la cocina, la preparación de bebidas, la brujería y la especulación”: entre la receta, la escultura, la pieza de arte relacional y la experimentación en el laboratorio. Un laboratorio que ha sido negado a la mujer-objeto de conocimiento y que se democratiza al convertirse en una suerte de cocina de un sujeto-queer. Es este un conocimiento encuerpado(teórico-práctico): ya como performance, workshop, “reunión basada en un elemento comunitario”, o ya como interpretación de los signos que los microbios nos ofrecen y para los que no disponemos de un manual o fórmula exacta. La imprevisibilidad del comportamiento de los microbios hace que tengamos que revisarlos, protegerlos, atenderlos, aprender de los sonidos que emiten, del cambio de tonalidad y del sabor, para así detener el proceso en el punto de acidez deseada.

Así, la fermentación nos sirve -de nuevo metafórica y físicamente- para pensar nuevas formas de ser, de pensar, de crítica, de colectividad y de gobernanza a partir de una alianza interespecies que nos sienta juntas alrededor de una mesa para transformar desde los cuidados.

 

 

Desde la filosofía y la historia del arte, Marta Álvarez realiza su práctica como mediadora cultural y comisaria en la periferia mesetaria. Centrándose en las prácticas feministas y la cultura libre, despliega su propuesta en exposiciones, ciclos, textos, charlas o talleres. Forma parte del grupo de Mediación del Laboratorio 987 del MUSAC, está aprendiendo de ecología y además intenta dar clases en secundaria.

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