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06 mayo 2019
Fracasa peor

Pilar Cruz

Permitir el fracaso es contar la fábula del pobre que triunfa. En las biopics de Hollywood sobre grupos musicales la narrativa repite con más o menos variaciones el mismo lugar común: personas comunes con talento que surgen de un entorno deprimido, que suben al estrellato desde la nada y consiguen el éxito en las listas de ventas tras una travesía en el desierto con varios fracasos mediante. Este guión dibuja una línea más o menos retorcida hacia la meta, que no es otra que el triunfo comercial.

Nos fascina esta ascensión de la nada al todo. Precisamente uno de los vídeos más vistos de YouTube es el de Susan Boyle en un Talent contest  (concurso de talentosdejando pasmado a jurado y público con su interpretación de I Dreamed a Dream. Susan es la viva imagen del fracaso social: mujer pobre, solterona, hortera y fea. Una perdedora de la vida de la que nadie diría a simple vista que tiene talento, por eso resulta tan chocante cuando borda su interpretación. Susan Boyle en la actualidad vive profesionalmente de la música y gana mucho dinero.


La lección que extraemos de este tipo de relatos es  que aunque tengas todas las papeletas para ser un perdedor, el sistema te ofrece siempre posibilidades de triunfo basadas en el talento, en el esfuerzo y, sobre todo, en la fe inamovible en uno mismo. Ese cuento ennoblece los múltiples fracasos y humillaciones a los que se enfrentan los protagonistas a cambio de una meta que se sabe victoriosa, y el placer del espectador se refuerza al comprobar cómo cada revés, cada giro de guión, cada desventura, no es sino parte de un via crucis con final glorioso en el que el éxito es una recompensa segura y merecida.

Lo que se ha llegado a consensuar como éxito se produce en actividades empresariales, o en carreras profesionales asociadas a la creatividad y las prácticas económicas cognitivas. Se asocia con emprendedores, creadores de start-ups, artistas, actores, inventores tecnológicos… Se asocia con una trayectoria ascendente, una historia de vencedores a la adversidad, de sobresalientes individuos que superan la mediocridad social, que se han hecho a sí mismos y han superado sus limitaciones, que tenían objetivos, que se han labrado una carrera. Estos individuos han emprendido negocios con fortuna, tienen prestigio profesional y fama, una cuenta saneada, una vida personal envidiable. En definitiva, un estilo de vida asociado a la homogeneidad normativa y la riqueza.

Espoleando esta tendencia, las escuelas de ADE ven el fracaso como un mal relativo, incluso deseable, siempre que sea un paso más hacia el éxito, aunque aparentemente sea un paso atrás. Abundan los ejemplos: a Bill Gates nadie le compraba su primera idea, pero años más tarde fundó Microsoft y hoy es una de las personas más ricas del mundo. Walt Disney tuvo que cerrar su primera empresa de animación. A Steve Jobs le despidieron de Apple. Algunas de las múltiples ideas de negocio de Richard Branson (Virgin) quebraron. Hasta la Coca-Cola puede contar productos fallidos.

Todas estas historias de superación son recibidas por la literatura motivacional y la autoayuda, que se apropia de citas de Beckett y las estampa en tazas de té y camisetas: “Lo intentaste. Fallaste. No importa. Falla de nuevo, falla mejor”. Así, el capital mercantiliza el fracaso al igual que se apropió de la iconografía de la izquierda o de las subculturas. De modo que hay que intentarlo, intentarlo de nuevo, intentarlo mejor, porque en el capitalismo neoliberal el fracaso es el motor que mantiene la maquinaria, el movimiento que te permite llegar a una meta brillante. Y tanto las FailCon[1] como los gurús citan demasiados casos de éxito a partir de fracasos como para no insistir empecinadamente.

No todos los fracasos se leen con las gafas del neoliberalismo. Hay otro modo de contar este tipo de historias con final feliz: el fracaso escolar de Einstein, el rechazo de los salones a Manet o Cézanne, los tiros no encestados de Michael Jordan o las negativas por las que pasó J. K. Rowling con el manuscrito de Harry Potter. Fábulas esperanzadoras que nos hablan  de la capacidad de transformar el fracaso en un aprendizaje, valorar el momento, encontrar tu lugar, o simplemente al uso del método ensayo-error.

Todos ellos son ejemplos que cita Charles Pépin en Las virtudes del fracaso,[2] texto en el que se pondera el fallo como forjador de carácter, paso imprescindible para el alcance del saber, lección de humildad y motor del conocimiento. En el judo, una de las primeras cosas que se entrenan es a saber caer y levantarse habiendo aprendido qué te hizo caer. La búsqueda de la verdad a través del fracaso implica aceptar la realidad, posibilita la reinvención y hace de la necesidad virtud.

A la luz de esta perspectiva, no es el fracaso en sí lo que se revela como perverso, puesto que el error enseña, cierto. Se podría incluso proclamar que buena parte de aquello que ha mejorado nuestra vida en la tierra viene del error y la perserverancia a través de los fallos. Es que el problema viene según dónde coloquemos el objetivo final. Viene de entender el fracaso únicamente como contrario dialéctico del éxito en su vertiente normativizadora. De esa apropiación del fracaso como mal necesario para alcanzar una posición de poder y privilegio.

Por eso es interesante poner esa idea del fracaso bajo sospecha. Como un Sísifo o un ratón en una rueda, se nos impela a movernos ad infinitum de fallo en fallo, volviendo a empezar, como si alcanzar la recompensa dependiera únicamente de nuestra voluntad individual, de esfuerzo personal, de nuestro talento. Como si los condicionantes de raza, clase y género no pintaran nada en esta historia. Fracasas porque tienes que hacerlo para triunfar, como si no dejara huella en tu autoestima y en tu endeudamiento, como si quebrar fuera maravilloso, como si todo el mundo pudiera coger el ascensor social y llegar al ático. Y ya que el éxito dependerá de tus capacidades y de un número indeterminado de intentos, no conseguirlo es no querer, o no valer para ello. No fracasar suficiente implica ser un fracasado.

En El arte queer del fracaso[3] Jack Halberstam desmonta la dualidad entre las ideas de éxito y fracaso, sugiriendo que el éxito es una trampa. ¿Pues no sería mejor dejar de intentarlo? Si requiere tanto esfuerzo, dice Halberstam, quizás el fracaso sea más sencillo a largo plazo y ofrezca recompensas distintas, como por ejemplo formas distintas, más creativas y cooperativas de estar en el mundo. Siguiendo sus reivindicaciones, quizás podríamos ponderar la posibilidad del fracaso como resistencia. Permitirte el no intentarlo siquiera, deambular por la vida sin tener la meta en el pico de una montaña de recompensas socioeconómicas. Considerar el fracaso como un lugar donde repensar críticamente los objetivos heredados. Que cada una encuentre en su propio modelo de fracaso social la medida de su felicidad. Que nadie se quede atrás, simplemente porque no había un delante.

Llevar una vida fracasada de esta manera, no es instalarse en la mediocridad intelectual de quien no intenta superarse, es despistar al capitalismo. Se trata de situarse en un lugar hacia el que nadie está mirando, escapando de esa narrativa dominante. No seguir intentándolo. Fracasar peor.

 

[1] Conferencia nacida en Silicon Valley dirigida a emprendedores, inversores, desarrolladores y diseñadores para aprender de los errores que ha habido en casos de éxito empresarial o profesional.

[2] Charles Pépin, (2017), Las virtudes del fracaso, Barcelona, España, Ariel.

[3] Jack Halberstam, (2018), El arte queer del fracaso, Madrid, España, EGALES. EdiatorialL Gai y Lesbiana.

 

Es licenciada en Historia del Arte y máster oficial en Estudios Avanzados de Historia del Arte por la UB, con un trabajo final sobre el cine ye-yé.
Comisaria de exposiciones, gestora cultural y educativa; docente y crítica de arte ocasional. Ha desarrollado su trabajo en diversas instituciones como el Museo Serralves, CaixaForum, Sala d'Art Jove, Arts Santa Mònica, Can Felipa, Sant Andreu Contemporani, Sala Muncunill, Festival Periferias... Seleccionada en Komisario Berriak, detrás de Liminal GR, le gustan los proyectos híbridos, por eso montó Degénero ediciones junto a Fito Conesa.
Actualmente está comisariando el ciclo de Espai 13 "Un monstruo que dice la verdad"

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