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Magazine

27 septiembre 2021
HABLAMOS MARCIANO El mashup como sigilo

Marian Garrido

Desde hace años he centrado parte de mi investigación y trabajo en el mashup, un dispositivo que funciona como una yuxtaposición de ideas, pero también en sus raíces, con las nociones de sobreindentificación, el ritual y sublevación.

Para ponerlo más fácil nos acercaremos a él por la parte musical, no en vano el mashup se ha ganado un título propio como género.

En todos los casos se busca reapropiarse de un lenguaje y se le da la vuelta con mayor o menor acierto estético y conceptual, pero el mashup es peligroso porque evidencia que la industria musical está, cuanto menos, agotada. Cabe matizar entonces que no se trata de un remix o de un sample, aunque como formalización tiene la misma raíz: insertar un elemento característico y reconocible dentro de otro. El mashup musical, conjuga los dos elementos (remix y sample) integrados a la vez. Bien tengamos la voz de sujeto 1 por un lado y la base de sujeto 2 por otro, o incluso todo junto. El mashup musical nace como una manera de tergiversación en la que se hibridan canciones descaradamente comerciales para resaltar la baja calidad o, al menos, la poca variedad del producto mainstream.

Como sabemos no tiene porqué tener una estructura clásica de presentación-nudo-desenlace, se refuerza al ensamblar canciones para formar con ellas una canción nueva completamente diferente y de significado autónomo. Si pensamos en esos elementos como footage, el resultado es más que aparente, consigue dotar de otro significado o al menos unificar a elementos altamente connotados. Una obra de imaginería que juega en la misma liga de lo que critica, que le da la vuelta con su mismo lenguaje y que si no prestamos atención (hasta que una parte de ese Frankestein nos hace click en la cabeza y reconocemos el original) pasaría por la nueva canción del verano.

Si para Lyotard el postmodernismo es la muerte del gran relato único a favor de de las pequeñas narrativas fragmentadas, el crítico Hiroki Azuma propone la idea de la «gran base de datos», donde podremos encontrar infinidad de combinaciones a nuestra disposición para suplantar a ese gran relato, y abandonar por siempre esa idea del descubrimiento o de la originalidad para abrazar la idea del remix infinito.

Podríamos entender entonces el mashup como un sigilo que  opera en la realidad (o en la gran base de datos) engulléndolo en un sistema ritualístico. Para la magia del caos el cambio de paradigma mágico es esencial para la transformación, fin en si mismo del sigilo, que construye símbolos contrapuestos de lo que se quiere alcanzar y también subvertir una realidad anterior.

Es interesante como además, a través de esa subversión al propio capitalismo, se construye un sistema que cíclicamente escapa de las prácticas que tratan de resistirlo y criticarlo mediante la asimilación del mainstream de la cultura alternativa. Y en la última década, en el sentido contrario, como ha pasado con el hyperpop. Podríamos comentar aquí que el capitalismo es la gran máquina del deseo que constantemente cumple los sigilos colectivos.

Un buen ejemplo del paradigma de sigilo-remix es el hilo que nos lleva desde el discordianismo a el constante escape ritual a través de acciones mágicas de subvertir el sistema por parte del culture jamming. En 1957 dos amantes de las bromas y del absurdo del sur de California se juntan para perpetrar una de las falsas religiones con más adeptos del siglo pasado, el discordianismo.

A pesar de haberse concebido desde la contradicción, el culto a Eris, la diosa del caos, Discordia para los romanos, arrastra hasta hoy una profunda influencia en la contracultura por hallarse en el culto un discurso antihegemónico y contestatario: reivindica el caos, la confusión y la incertidumbre. No es hasta que Robert Anton Wilson (alias RAW), habla de ellos en su triología The Illuminatus!, cuyo primer tomo se edita en 1975, cuando la popularidad de la falsa doctrina repunta. Recupera a los discordianos representándolos como las fuerzas que operan en las sombras salvándonos de los males corporativistas. El texto es la piedra angular de muchos fenómenos surgidos de la escena underground y RAW. Y es elevado a una especie de gurú para los movimientos relacionados con los activismos que nacen desde la informática e Internet. Durante los 1980s la protocomunidad hacker se empieza a interesar por este movimiento y a crear subdivisiones dentro del discordianismo de los 1960s. El término hacker acaba ganando una popularidad tremenda con el boom de la WWW en el sistema de representación hollywoodense y los mass media, pero, dentro del sustrato nerd que lo soporta, su uso es aplicado a repensar sus bromas como interrupciones de la realidad, una especie de T.A.Z. en la vida y que tiene un cuño propio: reality hacker, asociado a movimientos de activismo anticapital y a pensamientos neopsicodélicos y pseudoficcionales como los de Terence Mackenna.

Volvemos a encontrarnos con el salto de paradigma mágico y con intervención de la realidad.

En el culture jamming, como parte activa de la práctica artística, tanto asociada a la disposición mágica del capital cultural como de la subversión al sistema, el hilo conductor es principalmente ironizar sobre la naturaleza homogénea de la cultura popular o mayoritaria y transmitida por los medios de comunicación. También, en algún caso, se le ha asociado con el concepto de guerrilla de la comunicación, ya que se opone al gobierno y/o a otros poderes, así como al orden establecido. Sus objetivos se especifican como sigue:

  • Pasarlo bien fomentando en los demás a hacer lo mismo a expensas de las corrientes sociales que prevalecen.
  • Revivir el sentimiento de asombro y fascinación sobre el medio que nos rodea, inspirado frecuentemente en la ambigüedad intencional de una técnica que estimule la interpretación personal y el pensamiento independiente.
  • Demostrar contrastes entre imágenes, prácticas o actitudes, y las realidades o percepciones negativas de los objetos; normalmente el objetivo es oponerse y ridiculizar la estructura monolítica de poder del gobierno, las corporaciones y/o las religiones.
  • Provocar interés en el combate cívico y evitar la exclusión social.

En definitiva, una parte importante de subvertir el sistema del orden hegemónico imperante es sobreindentificarlo con el símbolo para luego poder ejecutar su transformación.

En mi práctica artística he abordado esta constante de diferentes maneras, desde una performance colectiva (Poptlatch bingo, Matadero, 2015) donde se ejecutó un bingo-Dj session a base de mashups, a la intervención de máquinas de Arcade con videos que nos hablan de la perversión (Gilles de Raid, 2020) y el escape de las identidades online rebautizaras como Comunidades Temporalmente Autónomas (Caosmotropia, CentroCentro, 2018)

Parte importante de este dispositivo de pensamiento mágico se desplegó en Matadero bajo el programas de residencias con Teratoma (2019), una performance online a través del hoax que acabó fagocitando la realidad a través de sus propios medios, generando expectativas y deseos por un producto inexistente (una bebida energética, fetiche del turbocapitalismo).

 

Marian Garrido es licenciada en Bellas Artes por la Complutense de Madrid y máster de Historia del arte contemporáneo y cultura visual en el MNCA Reina Sofía. Su práctica artística aborda varios ejes que convergen: el capitalismo acelerado y su supervivencia a través de la adaptabilidad capaz de fagocitar o adaptar discursos o idearios y el sci-fi como escenario de contingencia especulativa.
mariangarrido.com

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