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27 diciembre 2021
La alta costura y la estetización de la justicia social

Sorcha Brennan

La intersección en la que convergen la alta costura y la justicia social es intrínsecamente peculiar, incluso potencialmente inquietante; ¿por qué las casas de moda de lujo optarían por asociarse con un potencial político subversivo? Ya sabemos que estas marcas no representan una transformación social radical, sino todo lo contrario (dada su perpetua conexión con un cierto tipo de prestigio y con la riqueza desmesurada).

Entonces, ¿por qué esta ilusión? ¡Que nos dejen ver en paz lo último de Margiela mientras el mundo arde!

A finales del siglo XX, el concepto clásico e impenetrable de alta costura se fractura por el ascenso de la cultura popular y de los medios de comunicación digitales contemporáneos. Debido a la creciente absorción de referencias culturales, no son solamente las clases con menos recursos las que aceptan las modas impuestas, sino que la inspiración también empieza a surgir desde abajo y de forma transversal. Por eso, la alta costura se vuelve más susceptible ante las inminentes tensiones dialécticas. A día de hoy, las acusaciones de apropiacionismo, de glamourización del sufrimiento y de greenwashing son habituales. Para esta industria, cualquier ocurrencia se percibe como un juego digno de ser adoptado, lejos de su significado original y con una visión puramente estetizada. Por eso, en ocasiones, la relación entre el resultado y sus fuentes subsiste como una mera apariencia.

La complejidad de este hecho puede atribuirse en parte al fenómeno posmoderno de la fragmentación semiótica o lo que Derrida denomina la «indeterminación radical del significado»: los significantes ya no guardan una relación lógica con sus significados. Las marcas de alta costura recurren a modos de vestir que solían pertenecer a ciertas identidades de clase y los emplean de forma aleatoria y deshistorizada. Se materializan así en la superficialidad de una colección de primavera/verano y se convierten en la estetización de una realidad material tangible. Desde diseñadoras como Vivienne Westwood y Rei Kawakubo, cuyas creaciones con tintes punk han sido criticadas por banalizar la pobreza, hasta los extremos de la colección de John Galliano para Diordel año 2000, inspirada directamente en las personas sin hogar de París; durante las dos últimas décadas hemos contemplado la moda como el polémico recipiente del bricolaje “hauntológico”.

Vivienne Westwood en el Red Label 2016 protestan contra el fracking del gas de esquisto

Según Mark Fisher, esta avalancha de referentes, una vez desvinculada de su contexto original, queda rápidamente subsumida en la matriz neoliberal. Westwood puede priorizar el activismo climático en su trabajo, sin embargo, sean cuales sean las nobles aspiraciones que adopte una diseñadora, estas se ven limitadas por su posición como embajadora de una marca, cuyo propósito final es proporcionar prendas al ciudadano que quiera estar a la última. El nuevo «giro ético» de la moda integra la crítica social como capital ético en el que las jerarquías sociales permanecen intactas a pesar de la reestructuración económica bajo la llamada bandera de la ecología o la justicia social. Por ejemplo, la participación de Westwood y Fendi en la Iniciativa de Moda Ética de la ONU proclamó el «empoderamiento femenino» para las trabajadoras procedentes de comunidades marginadas de África. Sin embargo, como subraya Elke Gaugele, «El simple acto económico de retribuir a las personas de manera aceptable por su trabajo se transforma en un acto performativo de jerarquía de clases». La propia rúbrica del activismo se descontextualiza, se tergiversa y se estetiza. ¿Cómo pueden desmantelarse las verdaderas jerarquías sociales cuando el mercado mercantiliza todas las formas de disidencia? ¿Es todo el activismo de la moda performatividad política?

No es de extrañar que esperemos poco o muy poco impulso radical de la moda, concretamente de las marcas de alta costura, cuya posición se basa en los bolsillos de los ridículamente ricos. Sin embargo, esta enorme incoherencia es difícil de ignorar en las frecuentes colaboraciones entre las casas de alta costura y la justicia social del momento. El «nuevo lujo» es ético y vivimos un momento cultural donde el capital ético atrae a consumidores inteligentes. La Generación Z, piedra angular de la cultura actual, es la generación con mayor carga política hasta la fecha; según una investigación del Institute of Economic Affairs, dos tercios de los jóvenes británicos quieren vivir bajo un sistema socialista; ser ideológicamente de izquierdas se percibe, de hecho, como cool. Pero, al estetizar la política subversiva, ¿no es cierto que las marcas de lujo solo rinden pleitesía a los espacios activistas? Absolutamente sí y, sin embargo, quizás ahí está el quid de la cuestión; la moda ocupa un espacio curioso en el imaginario cultural «entre la ficción de la performance y la eficacia de la performatividad». En su reciente estudio Kollnitz y Pecorari afirman que la moda pone en práctica tanto actos autoconscientes (performance) como sucesos inconscientes que preceden al sujeto (performatividad), engendra tanto la acción colectiva como formas individuales de autorrepresentación[1]]KOLLNIZT, Andrea and PECORARI, Marco, Fashion, Performance and Performativity: The Complex Spaces of Fashion (Bloomsbury, 2021). Esto se evidencia en las subculturas de TikTok (más de 600 en total) que animan a sus miembros, en su mayoría de la Generación Z, a crear una filosofía de estilo de vida en torno a una estética particular que, por naturaleza, sigue siendo en parte ficticia o interpretada. Estas subculturas se reproducen materialmente a través del remontaje de los desechos de algunos referentes estéticos. Se trata de una forma de consumo que proporciona nuevas e innovadoras formas de participar en comunidades orientadas visualmente, muchas de las cuales tienen un potencial político subversivo.

Manifestante de Extinction Rebellion irrumpe en el desfile de Luis Vuitton 2021 en la Semana de la Moda de París

Dado que la moda es una práctica tanto discursiva como material, da lugar a un tipo de activismo performativo defectuoso que sólo es eficaz si surgen los objetos «adecuados» en el contexto «adecuado[2]Ibid». El potencial de una prenda concreta depende de su modelo, escenario y tiempo de exposición. Este complejo conjunto de factores puede hacer que la presencia de un atuendo pase de ser astuto a ser insensible en un instante, lo que lleva a la pregunta: ¿cómo se puede dar valor a algo en medio de ese estado de fractura semiótica? Según Pierre Bordieu en su ensayo Haute Couture and Haute Culture, el valor proviene del suspense, de la creencia de que se trata de un experto en el tema, como quien cree en la magia. Por lo que el poseedor de este poder divino se considera merecedor del mismo siempre y cuando todos creamos fervientemente en su poder. Por lo tanto, el grito de guerra de Dior a favor de la desarticulación del patriarcado carece de sentido porque está desprovisto de contexto. El mismo sentimiento (sin los matices sexuales negativos) provocado por Angela Davis sería distinto. Sin embargo, esto no se extiende a la intertextualidad de los marcos: si Angela Davis asistiera a la Gala Metpara dar una charla sobre el feminismo abolicionista, nos quedaríamos igualmente desconcertadas; como portadora de varitas mágicas, el lugar consagrado es de crucial importancia. Por eso, cuando Alexandria Ocasio Cortez utilizó la misma táctica para provocar un metadiscurso sobre el impuesto a los ricos, nuestras mentes se quedaron perplejas. ¿Era disruptivo, o simplemente disonante?

La santificación implícita del gurú místico y del templo sagrado es lo que hace que una prenda sea de alta costura, lo que hace que un objeto sea arte —la cama de Emin en la Tate era arte, la banana con cinta adhesiva de Cattelan en Art Basel Miami Beach era arte (independientemente de que estos momentos puedan provocar una herejía masiva)—. Un chaleco de Dior hecho a medida para la Gala Metpuede llamarse alta costura, incluso alta publicidad, pero nunca debería pretender ser un comentario social radical. Dadas las estructuras sobre las que se asienta, la alta costura no tiene por qué predicar el evangelio del despertar, su biblia está cargada de números, no de sagradas escrituras.

 

(Foto de portada: Manifestación/pasarela Extinction Rebellion contra la Semana de la Moda de Londres en Oxford Circus en 2019).

1 ]KOLLNIZT, Andrea and PECORARI, Marco, Fashion, Performance and Performativity: The Complex Spaces of Fashion (Bloomsbury, 2021)
2 Ibid

Sorcha Brennan se ha licenciado recientemente en Estudios Europeos por el Trinity College de Dublín. Su investigación se centra en la extracción y aplicación de epistemologías feministas y teoría crítica al arte visual. Ha trabajado en publicaciones, eventos culturales y, últimamente, en la Bienal de Venecia.

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