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14 septiembre 2020
La Tesis Gruyère

Julia Ramírez-Blanco

Los vecinos de la finca empezaron a hacer agujeros en el suelo y en las paredes. El primero fue el del ático, decía que se sentía solo sin nadie encima. Cogió la black and decker e hizo un hueco en el parqué del salón. Los de abajo al principio se asustaron al notar los escombros caer desde arriba. Eran compañeros de piso y en ese momento estaban a punto de cenar. Con sus gritos cesó el taladro, y una voz les explicó que necesitaba un canal de comunicación real. Sonaba extraño, pero le entendieron. Y a su vez sacaron también el taladro e hicieron un hueco en su propia pared, mirando hacia el piso de una pareja mayor a la que apenas conocían. Sería la sordera, pero tardaron días en darse cuenta. A partir de ahí empezaron las conversaciones, a gritos o a susurros entre dos que se acercaban al hueco. Y al cabo de una semana, todo el edificio estaba perforado. Algunos hicieron agujeros más grandes, y se asomaban a las casas ajenas como quien se inclina ante un patio. En ocasiones se pasaban comida con cuerdas, o se prestaban objetos. Había momentos en los que el sonido de los televisores se superponía en una cacofonía ensordecedora, así que dejaron de encenderlos. En un mes, la práctica se había extendido por toda la ciudad. Y dos semanas más tarde, otras urbes también se sumaban.

Hubo comunidades de vecinos que hicieron agujeros coordinados, generando un solo hueco que atravesaba el edificio. Allí iban cuando querían encontrarse. Otras preferían huecos pequeños. Lo raro es que al final todos se animaban. Fueron surgiendo otras formas de lenguaje, propias de cada bloque de pisos. Había chistes internos, palabras relacionadas con la vida diaria, con la estructura del edificio, con las vistas desde las ventanas. Las casas pequeñas parecían ampliarse al fundirse unas con otras. Cuando alguien enfermaba, le cuidaban entre todos. Cuando alguien moría, el duelo era compartido. Quien no tenía trabajo, ayudaba a quien sí. Quien cobraba, repartía parte de su salario. Al cabo de un tiempo estas prácticas se condensaron en una caja común. Todos los alquileres se pagaban desde ahí.

Los edificios empezaron a darse un nombre propio: estaban «Escalera torcida», «Macetas floridas», «Calle Pestilente», «Bloque de los ancianos», o «La Casa Común». También empezaron a componer himnos, la mayor parte de los cuales superponían una letra nueva a músicas ya conocidas. Las que podían, se organizaron para cultivar las azoteas.

Al principio la prensa comentó el fenómeno con simpatía. De hecho, muchos de los periodistas habitaban edificios perforados. Pero al cabo de un tiempo, el tono cambió, y cada vez más se cuestionaba la seguridad del sistema. Empezó a afirmarse que los agujeros planteaban problemas estructurales que podían causar el desmorone de las viviendas. Llegaron inspectores oficiales y taparon los agujeros. Los vecinos los abrieron de nuevo, por el mismo sitio. Sucedió hasta cuatro veces. El gobierno no estaba contento, y los arrendadores tenían miedo de que se dejara de pagar el alquiler.

Poco después de la llegada de los inspectores, se declaró oficialmente el final de la cuarentena. El primer día, cada edificio salió como un bloque. Se habían cosido trajes de un solo color, y entonaban sus himnos propios. Parecían una especie de ejército, caminando con distancia de seguridad. Cantando, riendo, y charlando en lo que ya eran dialectos, fueron hasta el parque más grande de la ciudad y, sirviéndose de megáfonos, comenzaron una reunión enorme. Olía a tierra mojada, y la multitud se acomodaba con gusto en el césped.

 

ANTÍTESIS: EL GOBERNANTE

El Gobernante vivía en una gran casa con mucha gente. La cantidad de empleadas domésticas sobrepasaba con mucho a su familia. Pero desde hacía días solamente veía a consejeros, asesores, dirigentes, otros gobernantes, y por lo general a través de la pantalla del ordenador. Después, hacía ejercicio y se iba a dormir. Sin embargo, sus noches estaban pobladas de sueños extraños: veía ancianos con taladros agujereando la pared de manera azarosa. Veía niños tumbados, escuchando a través de huecos en el suelo. Estas imágenes le atraían enormemente, pero también le provocaban una angustia incontrolable. Despertaba cada día antes de tiempo, sudando y con el pulso acelerado.  Nunca habló de ello con nadie, y por eso no pudo creerlo cuando uno de los consejeros le contó lo que estaba sucediendo en las ciudades. El Consejero se había enterado por la prensa: un pequeño reportaje hablaba de la práctica de perforar suelos y paredes, interpretándola como una medida para soportar la cuarentena. El Gobernante no entendía nada, estaba sumido en sudores fríos.

Cada noche sus sueños se iban haciendo más vívidos, y al despertar estaba inmerso en el pánico. El gobernante ya no quería dormir, cada vez pasaba menos horas en la cama. Estaba cansado y le costaba seguir la agenda de actividades que su secretario le iba dictando a lo largo de la jornada. Solamente pensaba, con pavor, en las imágenes que había visto en su oscuridad.

El Gobernante creía que eran sus sueños los que fabricaban a los vecinos que taladraban los edificios. Pensó que prohibiéndolos terminarían las pesadillas, y podría volver a sus zozobras habituales. Pero no estaba funcionando. Los inspectores fueron un fracaso, y los sueños y los taladros se hacían más fuertes cuanto más intentaba reprimirlos. Decidió finalizar la cuarentena. Todos los expertos recomendaban lo contrario, pero el Gobernante no escuchaba. Tenía demasiado sueño. Tenso de café, vio con sorpresa la primera salida, coordinada y misteriosa de aquellos vecinos que le obsesionaban. Por supuesto, había mucha policía siguiéndoles. Pidió a su chófer que le llevara también hasta el parque.

La ciudad olía a campo gracias a una lluvia reciente. El Dirigente, agotado, pensaba con agitación en los vecinos.  Y entonces, de manera dolorosa, supo de que la única manera de acabar con las pesadillas era dejar de luchar contra ellas, en la noche y en el día. Permitir que pasase lo que tuviese que pasar.

Su primera idea en relación con el parque había sido hablar con la gente, exprimir su carisma, la potencia de su mirada, todavía punzante pese a enmarcarse ahora entre oscuros círculos ojerosos. Pero cuando se bajó del coche enmudeció. Caminó entonces entre los grupos, sintiéndose extrañamente pacificado. La gente le reconocía, eso estaba claro. Pero no parecía importarles su presencia, como si el Gobernante y lo que representaba ya no les pareciera relevante. Comenzaba la asamblea, y se sentó junto a uno de los grupos. Acunado por voces alegres y resolutas, al fin se quedó dormido en un sueño tranquilo.

 

 Allan Kaprów, Comfort zones, [(Another private space) A and B, pressing against either side of a closed door / trying to fit the outline of each other / saying, when the fit seems close, only “now” / repeating again and again until certain], 1975

 

(Imagen destacada: Diller + Scofidio (Elizabeth Diller, Ricardo Scofidio), The MoMA Wall, 2003)

Julia Ramírez Blanco es historiadora del arte y trabaja en la Universidad de Barcelona con un contrato Juan de la Cierva. En su investigación se interroga acerca de los cruces entre el arte, la política y la utopía. Es autora del libro "Utopías artísticas de revuelta", donde estas cuestiones se mezclan con la contracultura y el activismo. Para ella, la escritura tiene que ver con profesionalizar la curiosidad y organizar el entusiasmo

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