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Magazine

01 octubre 2013
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Llevar un país a la ruina – Mi primer millón de dólares, en el Espai 2 de Terrassa

Glòria Guso


Son pocos los que pueden contar con un millón de dólares a los veintiséis años. Puede que los consideremos afortunados y que incluso nos den cierta envidia, a pesar de que sabemos que el dinero no da la felicidad y, sobre todo, que el valor del dinero es relativo. Esto último queda perfectamente ejemplificado en el trabajo de Alán Carrasco (Burgos, 1986, vive entre Lima y Barcelona) que se expone actualmente en el Espai Dos de Terrassa como quinta entrega del ciclo Financial Crimes, comisariado por Iván Mejía, quien ganó la convocatoria Terrassa Comissariat 2013 y en el que también se incluyen proyectos de Juan José Martín Andrés, el dúo Cuesta/Sastre, Julie Rivera, Adrián Melis, Aníbal Parada, Erick Beltrán y Javier Gascón. Financial Crimes. Poéticas en la era del colonialismo financiero se centra en la crisis internacional identificada como una forma de neocolonialismo en el que los centros financieros internacionales imponen sus políticas allí donde más les conviene, sin dudar en hundir un país periférico si lo consideran necesario.

Mi primer millón de dólares nos sitúa en Perú en el período 1985 – 1991 y nos presenta una reflexión acerca de la relatividad del valor del dinero, de la ineptitud gestora de una administración y del uso propagandístico que se le puede dar a una crisis de inflación. En 1985 se introdujo en Perú el inti, moneda que sustituía al Sol de Oro y que fue reemplazada por el Nuevo Sol ya en 1991 debido a la drástica devaluación que sufrió a lo largo de esos cinco años, coincidiendo con el mandato del presidente Alan García. En un principio había monedas de hasta un céntimo de Inti y el billete más grande era el de 500 Intis. Ya en 1986 empezó a circular el billete de 1.000 y así progresivamente hasta 1990, año en que se introdujeron los billetes de 500.000, 1.000.000 y 5.000.000 de intis. En el imaginario colectivo peruano, el Inti es símbolo de la crisis económica, política y social que desembocó en el fujishock, la llegada al poder de Alberto Fujimori y sus reformas neoliberales. Una de las imágenes icónicas de la hiperinflación que sufrió Perú a finales de los años ochenta la protagoniza precisamente Fujimori lanzando al suelo un fajo de billetes de Inti en el Congreso, el día de la fiesta nacional de 1993, para reivindicar su propuesta de reforma económica.

El Inti es recuperado aquí como símbolo de la arbitrariedad de un sistema económico a través de la propia biografía del artista, que no ha elegido investigar en torno a este tema de forma gratuita sino que se ha visto de alguna manera empujado a ello por una serie de eventos casuales, que van desde su nombre de pila -que le debe a Alan García, quien alrededor de 1986 aparecía a menudo en los medios debido a su campaña electoral y a los hechos relacionados con el grupo armado Sendero Luminoso- hasta su traslado a Lima, ciudad en la que ha residido los tres últimos años y que le ha dado perspectiva en torno a la historia de Perú y las políticas latinoamericanas relativas al post-colonialismo, al acabar sus estudios en Barcelona.

Mi primer millón de dólares, como propuesta formal, consiste en una colección de billetes de inti de diverso valor forrando dos paredes de la sala, una tabla de equivalencia de la moneda peruana y el dólar americano desde 1950 y la banda sonora del discurso que Juan Carlos Hurtado Miller, ministro de economía de Fujimori, dio en televisión en agosto de 1990 ejemplificando con bienes de consumo básico la drástica inflación de precios de aquellos cinco años. Esta constelación de elementos se hace eco de esta devastadora crisis económica a la vez que ironiza sobre el valor cambiante del dinero: la cantidad de billetes de inti en la pared equivaldría a un millón de dólares americanos en 1986, año de nacimiento del artista. Así, haciéndose propias las vicisitudes del inti y trasladando esa historia a otro contexto espacial y temporal, Carrasco consigue hacernos reflexionar acerca del valor del dinero, de la complejidad de un sistema económico que no todo ciudadano de a pie puede llegar a comprender y de la arbitrariedad de ciertas decisiones políticas que pueden llevar a todo un país a la quiebra y a sus habitantes a la ruina absoluta.

Glòria Guso es historiadora del arte e investigadora en ciencias sociales. Es de la periferia de Barcelona pero vive en París y su segunda casa es Alemania. Para su tesis doctoral en sociología estudia la movilidad internacional de los profesionales de las artes visuales. Escribe, coordina, edita, documenta y critica.

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