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Magazine

07 noviembre 2013
Los Grumildos. ¿Es necesario clarificar lo que vemos?

Paulina Zamora

Cuando algo se anuncia con la colaboración de una compañía de teatro cabaret llamada Las Reinas Chulas y de un teatro bar llamado El Vicio, hay que ir a ver qué es. Así llegué hasta Los Grumildos, una invención singular de la peruana Ety Fefer. Previo a atravesar aquella cortina negra junto a la cual estaba una amable chica invitándome a entrar, y un letrero que decía “Tome fotos y videos”, ojeé los recortes de periódicos a la disposición del público. Empezando por el del Centro Cultural de España en México D.F. (donde me encontraba) que anunciaba a Los Grumildos como divertidos títeres mecánicos pensados para el público de cabaret (lo que sea que eso signifique), pasando por referencias a Charles Bukowski y John Waters, a adjetivos como sórdidos, grotescos, bizarros, perversos; debates sobre moralidad y aceptación social, y la típica ¿arte escénico o arte visual? ¿títeres o instalación de arte?, aquello me aburrió muchísimo y me pareció, como dicen los gringos, un montón de bull****. O siendo más refinada, la típica actitud neurótica del mundo del arte cuya religión reposa en la creencia de que todo quiere decir algo o a todo hay que atribuirle un significado.

Después de ese momento de tedio, decidí practicar el abstencionismo. Hacer como si no sabía nada de aquello que estaba por ver. Penumbra, música, alcohol y cuerpos desnudos libres de vergüenza y culpa, disfrutando. Nada más que disfrutando. Escenas que rompen el hielo para que los espectadores compartan anécdotas relacionadas a los miles de detalles en miniatura que habitan esa casa convertida en el Bar Cairo. El crucifijo y la estampita del santo de turno en la cabecera de la cama donde una pareja coge –o en buen castellano, folla-. Los pin-ups que adornan las paredes de otra habitación, entre los que está una gorda de Botero. La cantante con su plumaje rosa al cuello y cigarillo en la boca. La bola disco de espejos en el techo. Las chicas de botines negros de tacón hasta la rodilla y grandes tetas. Y los chicos con el pene erecto. Cero turbación y rubor. Cero tabú. Escenas en las que no hay degradación de lo erótico a la manera de las campañas publicitarias. Los Grumildos, trozos de realidad rescatados de la escena del mundo.

Paulina, de Guatemala, ha dejado las cuatro paredes de su consultorio y cree que también la mala costumbre de distanciarse de la vida a través del carrousel sin alto de los conceptos y las teorías. No se fue con las manos tan vacías, lleva en su bolsillo el deseo de rescatar el valor de lo único, herencia de su formación en psicoanálisis. Espera hacer algo con eso. Espera poder introducirse en los imprevistos de la realidad. Documentarlos, darlos a ver con un twist de imaginación. Con suerte dejarán de pasar desapercibidos e inquietarán como un pelo en la sopa.

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