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Magazine

22 octubre 2018
Love Yourself y el valor monetario de las piedras

Nerea Arrojería

Hace unos meses, una señora se llevó una obra de la exposición The Riverbed de Yoko Ono en Canadá. Se trataba de una piedra de río en la que se había escrito «Love Yourself» (Ámate). Completaba la instalación, llamada Stone Piece, una inscripción en la pared en la que se leía: «Elige una Piedra y aguántala hasta liberarte de toda la ira y la tristeza». El público, pues, estaba invitado a tocar las piedras, aunque no a llevárselas. La policía sigue sin encontrar a la señora de la bufanda roja y la piedra está valorada en 17.000 dólares.

Según la comisaria Meredith Chilton, The Riverbed fue una de las exposiciones más populares en la historia del Museo Gardiner. Mucho público y numerosas reacciones en redes sociales, aunque no siempre positivas, como leemos en este tuit:

«Cualquiera que esté dispuesto a pagar eso que me llame, tengo una mina de oro en el patio y estaría encantado de vender uno por $2500 y escribiré lo que quieras en ella».

El primer punto de polémica tras el robo de la piedra es el de su precio. El eterno debate entre valor de la materia prima, técnica y precio de la obra. ¿Hace falta que la obra sea de un material extraordinario o lujoso para que sea una buena obra? ¿Hace falta poseer grandes dotes manuales y una gran técnica para ser un artista respetado? El arte contemporáneo dejó atrás estas cuestiones hace tiempo.

La exposición, según dice Ono en sus entrevistas, tiene un carácter terapéutico espiritual encarado a fomentar la contemplación y la conexión a través de la participación y la acción comunitaria. Existen numerosos tipos de piedras a los que se atribuyen propiedades curativas. También algunas religiones dan valor a cierto tipo de piedras. Por ejemplo, los musulmanes cuentan con la piedra negra, los cristianos con la piedra angular (de forma metafórica), los mormones con la piedra vidente y los budistas con la piedra/joya del pensamiento(Chintamani). Todas ellas coinciden en que la piedra es un símbolo de sabiduría-luz que está vinculada a su profeta (Mahoma, Jesucristo, José Smith, Buda). Todas estas piedras sagradas son de procedencia singular: la piedra negra podría ser un meteorito, de la piedra Chinatami se dice que procede de la estrella Sirio y la piedra vidente podría ser un “fósil secundario”, evidencia de una de las primeras formas de vida en la Tierra. La particularidad de las piedras que forman Stone Piece, lo que choca al espectador no iniciado, es que éstas son ordinarias, guijarros de río a los que la artista atribuye un poder mágico-terapéutico que se activa con el acto de fe del espectador. De ahí la polémica por los 17.000$ de valor.

«El verdadero delito es una roca que vale 17k con un mensaje garabateado».

¿Cuánto puede costar una piedra y en base a qué? Las piedras con mayor cotización en el mercado son piedras preciosas, meteoritos o piedras en los riñones de famosos. El precio de las piedras preciosas varía en función del grado de imperfecciones, la belleza, la rareza y la demanda. La joya más cara subastada por el momento ha sido el diamante rosado de 59,6 quilates llamado The Raj Pink, que alcanzó en 2017 los 71,2 millones de dólares en una subasta de Sotheby’s en Hong Kong.

Los meteoritos valen también su peso en oro. Uno de los más caros es el meteorito Fukang, encontrado en el año 2000 y subastado por 1,7 millones de euros. La casa de subastas especializada en los artículos excepcionales Catawiki dice que «el placer de poseer un meteorito reside en el romanticismo de tener algo que no procede de la Tierra y que podría ser una de las cosas más antiguas del universo. El meteorito Fukang debe su precio a lo inusual de su hallazgo -sólo un 1% de todos los meteoritos es de este material, pallasita- y a que es uno de los más antiguos, 4,5 mil millones de años, casi la misma edad que la Tierra.

Lo extraordinario de los cálculos renales -aparte de que se lleguen a vender- se debe al cuerpo del que han salido, al fetichismo alrededor de la persona que los sufrió. Una piedra de riñón de William Shatner, el capitán Kirk de la serie Star Trek, alcanzó los 75.000 dólares en 2006, que fueron donados a la ONG Hábitat para la Humanidad de Louisiana. Y ¿quién compraría algo así?, en este caso el casino online GoldenPalace que la añadió a su colección de rarezas a modo de gabinete de las curiosidades.

Las piedras que forman Stone Piece son de distintos tamaños, pulidos y tonos y llevan inscritas en permanente palabras y frases en su superficie: Dream, Imagine, Remember, Love Yourself. El carácter terapéutico que se les atribuye viene dado por su relación con la naturaleza, con el agua del río que les ha dado forma, con la erosión y el paso del tiempo. Así, no es la artista sino el agua del río que ha tallado las piedras de Stone Piece: «una pila de enormes piedras de río que Ono ha seleccionado y reunido. […] que han sido pulidas y moldeadas por el agua conforme pasa el tiempo». La hoja de sala resalta que lo relevante de la exposición no son los objetos per se, sino que «La participación del público es la clave para completar The Riverbed». Cuesta de entender, entonces, que desde el museo se le haya dado tanta importancia al robo de una de las piedras, que no vayan a sustituirla por otra, si el foco es la experiencia y no los objetos que forman la instalación.

«Pero, ¿por qué la robó? Podía haberlo hecho en casa ».

Es de suponer, en este caso, que la motivación del robo no es económica. Podemos pensar que se trata de una cuestión de fetichismo, de querer poseer un objeto que ha pertenecido -o que ha sido seleccionado cuidadosamente- por Yoko Ono. Como con las piedras renales. O también podría ser un descuido, no haber entendido bien la consigna de dejar la piedra en su sitio una vez la persona era liberada de su rabia y su tristeza. En general no podemos tocar las obras expuestas en un museo y, cuando podemos, muchas veces es para llevarnos una parte con nosotros, como sucede con algunas obras de Felix González-Torres, por ejemplo o como en la clausura de The Riverbed donde los espectadores eran invitados a llevarse a casa partes de las instalaciones Mend Piece y Line Piece pero, por algún motivo, no las piedras de Stone Piece. A propósito de esto, en 1982, el artista Ulises Carrión quiso tentar al espectador con una instalación que tituló El robo del año. Se trataba de un diamante sobre un cojín que descansaba en lo alto de un pedestal, en el interior de una habitación oscura, iluminado por un único haz de luz. Los espectadores eran invitados a entrar y, resguardados en la oscuridad, podían tocar el diamante. El “robo del año”, sin embargo, no se dio en el museo sino en casa del artista durante una cena con amigos. El diamante entonces no fue robado por su valor simbólico como arte, sino por su valor material.

Otra posibilidad es que la ladrona sea en realidad una detractora de Ono y del arte conceptual que, en un momento de rebeldía, decide robar un componente de la instalación. No sería la primera vez que se ataca una obra con la que no se está de acuerdo. Sucedió en México en 2017:  el artista Gabriel Orozco inauguró una instalación que simulaba ser un supermercado de la cadena OXXO, con los mismos estantes y los mismos productos, hasta incluía a los reponedores y a los cajeros. La única diferencia entre el supermercado de la calle y el de la galería era que, en el segundo, algunos productos habían sido intervenidos por el propio artista, que había añadido al packaging pegatinas con círculos y semicírculos como rasgo distintivo y característico de sus diseños. En la tienda se podía comprar con moneda propia de Orozco, un billete falso también marcados por los círculos de la marca de Orozco que daban a la entrada, pero con esos billetes solo se podía comprar los artículos no intervenidos. A un artista que reserva su identidad bajo el seudónimo Peligro todo aquello le pareció una tomadura de pelo y decidió intervenir: robó un producto. Concretamente se llevó una bolsa de comida para gatos que no guardó como obra de arte, sino que le devolvió su uso original, dándole de comer a su animal de compañía y luego tirándolo a la basura.

¿Habrá devuelto la señora de la bufanda roja la piedra al río? ¿Podemos entender su acción como un acto performativo o como una crítica que nos insta a replantearnos el sistema de valores en el mundo del arte y en nuestra sociedad? Solo falta que se pronuncie.

Nerea Arrojería
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