close

En A*DESK llevamos desde 2002 ofreciendo contenidos en crítica y arte contemporáneo. A*DESK se ha consolidado gracias a todos los que habéis creído en el proyecto; todos los que nos habéis seguido, leído, discutido, participado y colaborado. En A*DESK colaboran y han colaborado muchas personas, con su esfuerzo y conocimiento, creyendo en el proyecto para hacerlo crecer internacionalmente. También desde A*DESK hemos generado trabajo para casi un centenar de profesionales de la cultura, desde pequeñas colaboraciones en críticas o clases hasta colaboraciones más prolongadas e intensas.

En A*DESK creemos en la necesidad de un acceso libre y universal a la cultura y al conocimiento. Y queremos seguir siendo independientes y abrirnos a más ideas y opiniones. Si crees también en A*DESK seguimos necesitándote para poder seguir adelante. Ahora puedes participar del proyecto y apoyarlo.

Magazine

12 marzo 2013
PLiversidge1_Large_.jpg
Make Love Not Art

Dice la leyenda que en 1913 empezó la Vanguardia americana, hasta ese momento solo se habían visto épicas paisajistas entre el realismo y el impresionismo. Fue en ese año cuando se inyectó el virus del arte del siglo veinte a través de lo que vendría a ser conocido como The Armory Show. Tal fue el escándalo, tal la reacción, tal la recepción, que aquella exposición organizada en la armería del regimiento 69, con los años, pasó a ser un referente inviolable para explicar el arte en Estados Unidos. Así este año el Armory homenajea a Armory, es decir “a Nueva York y su capitalidad del arte global”, en palabras del alcalde billonario.

5 días, 66.000 personas, 8 ferias simultáneas, muchos ceros y tacones altos para gastarlos recorriendo la semana de las ferias en Nueva York. Hasta el año pasado con el desembarco de Frieze ésta era la semana – junto al inicio de temporada en Septiembre – en la que se tenía que estar en Nueva York. Un «must» para la larga cola de galeristas, coleccionistas, advisors, curators, dealers variopintos, directores de instituciones y por qué no, también artistas.

No sé qué les ven a las ferias, qué es lo que atrae tanto de este enjambre de casillas abarrotadas de pinturas y pantallas, donde lo mejor que se puede hacer al final del día es vomitar toda la lista de cosas vistas y hacer un poco de espacio para no soñar con tal o cual. A mí se me quedan los ojos secos y la cara deformada por el horror que encuentro. Cada vez que piso una feria, me entra el miedo al terrorismo, es un objetivo tan fácil, en una noche de inauguración cualquiera se pueden llevar por delante a parte del establishment, y borrar de un solo golpe a toda esa manada de guaperas que sólo se ven en las ferias.

Para un coleccionista novel, puede ser un ejercicio interesante acercarse a una feria, pero pocos saben qué comprar, ahí entran los advisors, que indican, prevén, tipifican y evalúan el impacto de la inversión. Pero los de verdad prefieren ir a Gagosian y ser agasajados con el servicio al cliente, reservas a restaurantes, transportes de obras gratis…, la calidad del servicio es lo que marca la tan preciada exclusividad y seducción de la danza tribal entre comprador y vendedor.

El dinero joven que proviene mayormente de las industrias tecnológicas o de Wall Street es lo que va marcando el ritmo de las ventas. Contentar a tanto emprendedor no es tarea fácil, todos quieren lo mismo que han visto en casa del otro, y aquí se lo damos con mantequilla. Hirst, Hirst. Opie, Opie. La verdadera explosión vino en los años ochenta, cuando la figura del salvaje masculino, hombre de la bolsa lo quería todo y al momento, aparentar y escalar socialmente. Precisamente el auge del Dow Jones de esta semana ha excitado a los chicos de la bolsa, que ven como la crisis que empezaron ellos apenas ha afectado a los beneficios corporativos. El mejor arte es el arte caro, y aún hay quien pone los precios en las etiquetas. Los coleccionistas coleccionan artistas como cromos, los galeristas coleccionan coleccionistas como fichas, los artistas coleccionan amantes como canicas. La fiebre del archivar, tú sí, tú no, tú sí, tú también.

Y el arte se va codificando, y se ve lo mismo en Shanghái, Abu Dhabi, Miami o Moscú, y todo sirve para amueblar caseríos vacíos de un lujo ostentoso y cargados de mal gusto de gente rica a cagar. Todo el arte se parece, unos colorines por aquí, unas imágenes digitales por allá, papel de pared, fotografías de performance, usos y abusos de la tela y el tejido, pantallas y proyecciones de acciones cotidianas, una instalación tipo “seremos arriesgados, hablarán de nosotros en todos los telediarios” y entremedio mucha silicona, botas de hípica y ¡ala! a volar de flor en flor como mariposa en primavera.

Personalmente creo que el arte es experiencia y que en lugares así la experiencia es nula o nublada y que todos lo sabemos y que de algún modo se repite un formato agotado y agotador. Quizá por eso Isabelle Van Den Eynde, una guapa belga con un pasado financiero y una galería en Dubai ha oscurecido su espacio y dan linternas para entrar a ver unos dibujos de artistas de Oriente Medio, en la línea de un freak show, o de una auténtica feria de atracciones. Cheim&Read ha tapiado su espacio con una pared hecha por Kounellis con máquinas de coser, carbón, acero y piedras. Es más, aquí la experiencia no es el arte sino la vida social que se desarrolla alrededor del arte, una forma relacional, similar al supermercado, donde nos encontramos con los habituales, saludados y conocidos, y el valor artístico se confunde con el valor mercantil, y el perfume y el champagne se consumen en hectolitros.

Por otro lado están los que se piensan que lo pueden enseñar todo con iPads, y que crean apps para inventariar (Collectrium.com) o ver esculturas en realidad aumentada, tipo Google Glass. Y te intentan convencer de que esto es la monda, y que te lo descargues en ese mismo momento en tu iPhone y que todo será así en un futuro cercano, y que no vas a necesitar más a tu perfil de Second Life.

Mientras, Duke Riley regala en el Armory gravados que todo el mundo tiene que hacer frotando el papel sobre una piedra, y el museo de Andy Warhol de Pittsburgh reparte gratis copias de copias de las Brillo Box para hacer cumplir el deseo de la superestrella de ver a la gente pasear con las cajas por Nueva York. Hay dos letreros de lucecitas con sus pertinentes cartas de proposición de Peter Liversidge, y un pelo de Rafael Lozano-Hemmer donde hay escrito la palabra «devaluado», que vemos gracias a un microscopio electrónico canadiense. También hay esos objetos con profundidades a lo trompe-l’oeil lumínico de Iván Navarro y las pinturas irónicas de David Kramer y los Cristos colgados de Kris Martin y las instalaciones de luces de Jim Campbell.

Este año la identidad del Armory la ha dado Liz Magic Laser, ex-Whitney Program, y como tal ha bañado su propuesta de crítica institucional, reuniendo a un grupo de especialistas de marketing, gente del mundo del arte y de fuera para decidir los niveles VIP y los colores de las tarjetas, en lo que se prevé la enésima absorción del criticismo por el mercado por tan sólo $2.000, que es lo que le han pagado a la “artista emergente del Downtown”. En el ADAA, entre Jean Arp y Egon Schiele, está Fred Tomaselli y sus miniaturas-pinturas-intervenciones en las portadas del New York Times. En Volta hay las pinturas del cubano Armando Mariño y las pinturas-tejido-cemento de la israelí Naomi Safran-Hon. Finalmente, en una de las esquinas de SCOPE están las esculturas de Eugenio Merino.
Total, habrá que esperar a Frieze y cruzar los dedos para ver algo más que el simple juego del deseo de la industria simbólica. Y por cierto, del Desnudo bajando la escalera, no queda ni rastro.

Xavi Acarín está fascinado con la experiencia como motor de la cultura contemporánea. Ha trabajado para centros de arte y organizaciones culturales tanto en Barcelona como en Nueva York, con especial atención a la performance y a la instalación.

Media Partners:

close