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Magazine

abril
New New New Institutionalism

Martí Manen

2020, crisis global en un continuum de crisis específicas. En este momento, en forma de pandemia viral. Una pausa en el sistema, una parte de la maquinaria parada y la otra a toda velocidad. Y en este contexto desacompasado, los momentos y situaciones para el intercambio de ideas y para compartir arte y cultura se convierten en algo desubicado; se presupone un futuro incierto. Frente al desconcierto resulta aún más importante hablar sobre cómo se define un sistema, qué hay de la crítica institucional y ver en qué momento estamos o podemos estar. Será desde el reconocerse en el momento, la asunción de un proceso previo y el deseo de replanteamiento de formas que será posible visualizar una opción, una posible realidad, una miríada de situaciones para componer una multiplicidad de posibilidades.

El ecosistema del arte tiene en el equilibrio una de sus mejores herramientas para la supervivencia. Agentes y estructuras necesitan reconocerse desde todas las posiciones en un entramado simbiótico que pide solidaridad. Pero el sistema económico reinante se define mediante lucha y competitividad y ha visto como su velocidad de acción aumentaba considerablemente: el liberalismo global definió muchas de las maneras de actuar, también en arte. Es seguramente ahora cuando resulta más importante volver a replantear el marco institucional, pensando desde la responsabilidad pública frente al propio ecosistema y la sociedad en sí. Y la responsabilidad pública no es necesariamente sinónimo de organización pública sino de definición de contextos y arenas en las que ser sociedad crítica, ser esa opción que pareció dejar de existir. Mark Fisher comentaba -antes de la pandemia- que frente al colapso neoliberal serían necesarias nuevas formas de solidaridad, pero que la solidaridad no aparecería de un modo automático, sino que -para ello- sería necesario inventar nuevos tipos de institución.

Y en la proposición de arenas para nuevas formas la institución artística tiene un papel importante. El acercamiento crítico a la institución ha vivido varias etapas. Vimos como algunos artistas del conceptual entendían la obra de arte como un campo de crítica a la institución. Hans Haacke abría el abanico mediante encuestas y documentos para hacer visible el entramado tras lo institucional, así como su economía y la toma de decisiones. Marcel Broodthaers personificó la institución al hacer del lenguaje de museo su propio trabajo. Guattari recibía -con el grupo de investigación Cerfi- el encargo por parte del estado francés para repensar la idea de institución con el objetivo de encontrar una relación de confianza con la población. Específicamente sobre la institución artística, Brian O’Doherty discernía alrededor de la ideología del cubo blanco para que dejara de ser de una vez por todas algo asumido como neutral. Jenny Holzer y Barbara Kruger encontrarían espacios de trabajo artístico fuera y en el paralelo al marco institucional, la escritura de la historia del arte pasaría a muchísimas más manos (y latitudes) que únicamente las del gran museo en Nueva York y los lenguajes y ritmos escaparían de los marcos. Un recorrido en el que desde la práctica artística y el pensamiento, la idea de institución estuvo en cuestión, pero en el que la estructura institucional fue lo suficientemente fuerte -y opaca- para que sobreviviera sin problema a la crítica.

Entonces, el modo viral. Andrea Fraser entraría a hablar desde la seducción del poder que representa la institución para llegar a una relación física (y psicótica) con la arquitectura institucional y sus personajes. Bajo la dirección de Manuel Borja-Villel, la Fundació Tàpies de Barcelona presentaría la exposición “Los límites del museo” (comisariada por John G. Hanhardt y Thomas Keenan) preguntándose por el futuro y la definición de la institución a través del acercamiento artístico. El arte relacional convertiría los museos en lugares en los que comer (artísticamente) con Rirkrit Tiravanija y el Palais de Tokyo en París pasaría a ser -por un tiempo- un foco a observar para ver si el experimento cambiaría el status quo o no. La institución incorporaba la crítica como parte de su programa, sintiéndose más agasajada que atacada y entendiendo que las personas trabajando en su interior no eran el enemigo sino parte de un entramado. Con posiciones distintas, pero en un contexto compartido. “We are the institution”, que decía entonces Andrea Fraser. También ella comentaba -después- el salto desde la crítica institucional al análisis institucional, un gesto que implica un deseo de entrar en ello para modificar, un acercamiento casi psicoanalítico para trabajar con el “problema”.

En una historia paralela, el feminismo fue consciente de la aparición del plural para convertirse en varias opciones con distintos grados de apertura y lucha, las voces se multiplicaron y las constelaciones cubrieron varios planos. El pensamiento en base a teorías queer desmontaría muchos principios asumidos para ofrecer con Judith Butler una porosidad y performatividad que implica la reformulación activa del concepto de identidad. También aquí la multiplicación de mundos conllevaría replantearse desde la escritura de historia (más allá de la crítica postcolonial, de la mano de Elisabeth Freeman) hasta la construcción física de mundos con Karen Barad. En otra historia paralela la performatividad en lo político llevó a la investigación de la participación como herramienta de definición, intentando generar nuevas formas políticas desde fuera del ámbito tradicional de partidos y sindicatos.

Todo, en un periodo de tiempo bastante corto. La velocidad también pasó a los gestos históricos y el análisis institucional ofreció un vocabulario amplio desde el que plantear puntos de partida. Un vocabulario textual como el que aporta Nina Möntmann al hablar -por ejemplo- de opacidad y deseo, o un vocabulario mediante experiencias institucionales como las propuestas por Maria Lind a través de su programa expandido en la Kunstverein de Munich o los experimentos institucionales de Charles Esche en el ya desaparecido Rooseum de Malmö. El ecosistema del arte se movía desde lo ultra-local a lo más internacional en tiempos cortos y en etapas entendidas casi como experimentos individuales para ir sumando en carreras profesionales. Al mismo tiempo, la evolución política nos sitúa hoy frente a involución con la evidente privatización de la esfera pública, el control mediante el miedo, la apuesta por el populismo, la simplificación del lenguaje y un proceso de invisibilización absoluta de las ideas.

Entonces lo público. La institución artística se convierte -seguramente por omisión- en uno de los pocos lugares donde ser esfera pública sin seguir exclusivamente los dictámenes de la economía liberal. Los lenguajes no están cerrados, las normas no son claras, los públicos no son necesariamente consumidores ni clientes, no se puede cuantificar el éxito y existe la posibilidad de frenar el tiempo para trabajar con otras formas. Las salas de exposición y los lugares de la institución no son el mall ni la plaza pública con control policial y publicidad, las exposiciones son situaciones en las que proponer idea e ideología, emoción y pensamiento, lenguaje y reformulación. Hablamos de un contexto institucional casi secreto ya que, si fuera mainstream o con una estructura económicamente fuerte, si fuera masivo -con lo cual un mercado- difícilmente se movería con criterios de libertad y posibilidad constante de error. “El arte es para todos, pero sólo una élite lo sabe”, que decía Dora García en una de sus frases de oro. La puerta está siempre abierta pero no es fácil saber dónde está o si necesitas invitación. La red institucional como una serie de células de un sistema paralelo, situado seguramente en un tiempo algo distinto a la norma.

Como en todo ecosistema, las posibilidades de experimentación se encuentran más fácilmente en los contextos institucionales de menos visibilidad, con lo que resulta lógico que no sean tan evidentes en los grandes museos sino en centros de arte. Los museos de arte contemporáneo acostumbran también a cubrir la función de centro de arte para vincularse con el tiempo presente y lograr así definir y enmarcar su futuro trabajo con la historia, con lo que de algún modo (o en alguna de sus partes) también pueden ser lugares en los que abrirse a la generosidad que implica experimentar. Generosidad que es procesos de aprendizaje, generosidad que es perder el control, generosidad que es desconocer lo que va a pasar. Solidaridad, que es escuchar y ser institucionalmente receptivos, que es reconocer el ecosistema y la responsabilidad frente a ello.

Si las ya muchas décadas de crítica y análisis institucional han permitido poner nombre y detectar las opciones, nos encontramos ahora frente a un posible siguiente paso: que el cambio afecte la estructura, que la crítica institucional no sea algo hecho a partir de una realidad existente, sino que genere realidad. La crítica institucional logró aportar un vocabulario, un deseo, un mapa para un replanteamiento, pero la mayoría de las instituciones siguen teniendo el mismo ADN con los mismos ritmos y formatos, comparten la idea de qué son los públicos, pero entendiendo la función pública como algo unitario y de por sí ya democrático. Si la identidad es variable, si la historia no se puede escribir con las mismas palabras, si la relación con el mundo es distinta, si la política pide también de una reformulación ¿no será el momento de hacerlo desde la institución artística? ¿No será el momento de reformular las estructuras? La nueva política de izquierdas ha dudado tradicionalmente del arte contemporáneo seguramente por la apuesta en el arte para una multiplicidad compleja de identidades: La multiplicidad implica la imposibilidad de un discurso cerrado y único, con lo que siempre hay desajustes. Desajustes que definen el arte, con la imposibilidad de responder fácilmente a preguntas como quién somos, qué somos, qué es lo que hacemos. Desajustes que están en desacorde con un sistema liberal de vencedores, pero también en desajuste con una política de luchas. Al mismo tiempo, tampoco es sorprendente que uno de los lugares a atacar por parte de la nueva ultraderecha global sea el arte contemporáneo y la política de identidad: es aquí donde aparece la complejidad, es aquí donde los discursos simples se desmontan frente a una realidad compleja.

En este contexto, en esta crisis, vemos en opciones institucionales propuestas para cambiar la idea de la institución en sí y replantear su rol en el ecosistema. Manuel Segade compartía el proceso de acupuntura arquitectónica en el CA2M como un ejemplo en el que la arquitectura responde al arte y no al revés, generándose un diálogo continuado para abrir posibilidades. También en el CA2M el programa educativo es un organismo vivo que sirve para trabajar con ideas que definen en presente y futuro la identidad del centro de arte. Theodor Ringborg, desde Bonniers Konsthall, se preguntaba si es necesario seguir una tradición museal en la presentación de arte en un contexto institucional o si, por el contrario, no deberíamos plantearnos qué es lo que hemos entendido como “conocimiento”. Stefanie Hessler apostaba por la longevidad sin estancamiento y por la porosidad institucional, asumiendo que lo que pasa fuera de una institución como Kunsthall Trondheim es también parte constitutiva de lo institucional y a la inversa. En Index Foundation coexisten varios ritmos y modos de hacer: algunas exposiciones nacen como experimentación desde el aprendizaje, se invita a artistas a no hacer exposiciones y a no producir sino a simplemente mantener un diálogo, se cambian constantemente los roles y las funciones. Chus Martínez presentaba su trabajo en el Art Institute en la FHNW Academy como un entramado enmarañado en el que todo está conectado y parte de unos valores ideológicos concretos, que son los que definirán la institución, algo que no podemos olvidar nunca. Otra vez, una nueva institucionalidad ahora en momentos para la solidaridad, en momentos en los que la emergencia pide de un contexto público para repensar las actuaciones, las identidades, la creación y el trabajo artístico.

(Imagen destacada: Index Teen Advisory Board taller sobre la institución ideal, 2020)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tema del Mes

Director de Index Foundation en Estocolmo, comisario de exposiciones y crítico de arte. Sí, después de Judith Butler se puede ser varias cosas al mismo tiempo. Piensa que las preguntas son importantes y que, a veces, preguntar significa señalar.

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