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Magazine

19 octubre 2020
Ni crudo ni cocido

La Cocina [Lore Gablier - Alejandro Ramírez]

Iniciar una conversación sobre el consumo es aventurarse en una pendiente resbaladiza. El término «consumo» es objeto de innumerables debates, y constituye en sí mismo una caja de Pandora semántica en la que nos proponemos deslizarnos por un momento.

La noción de consumo tiende a transmitir significados ambiguos que se reflejan, por ejemplo, en expresiones como «sociedad consumista», que implica despilfarro, acumulación y pasividad; o en frases hechas como «consumido por la soledad» o «consumido por el deseo», que refuerzan las normas sociales, normas de conducta, y sugieren una posible pérdida de control. Consumir habita el espacio umbral entre la restricción y el abrazo, el deseo desquiciado y la disciplina, la gula y la dieta: ¿podría uno ser «consumido por la vida»?

La perspectiva de ser consumido, disuelto, se encuentra con un cierto asco que tal vez puede relacionarse con el miedo a perderse, a ser contaminado o absorbido por otra cosa. Como si el acto de consumir fuera una amenaza contra un yo supuestamente finito. Y sin embargo, consumir es completar una transacción, un intercambio: cambiar y ser cambiado. El acto de consumir nunca es neutral y muerde su propia cola: consumir también es ser consumido. Al final, siempre consumimos más de lo que literalmente ingeririmos, ya sea ideas o proteínas, energía o kilobytes. Porque para que algo se consuma en algún lugar, algo tiene que ser asegurado y transformado en otro lugar. En otras palabras: no hay nada desencarnado o ideal en aquello que ingerimos.

Producir o consumir un elemento cultural como un poema, por ejemplo, requiere una gran cantidad de energía, incluyendo la comida para el poeta y el público, o la capacidad de almacenar – ya sea en la memoria o en medios analógicos o digitales – notas y versos a los que volver. Tales recursos son tangibles e implican mano de obra, redes de transporte, una variedad de técnicas como la agricultura o la contabilidad, así como una próspera mente. La inspiración no es sólo una chispa brillante, sino también la cosecha y los vientos, los mercados y las líneas eléctricas. Es la expresión misma de millones de bacterias que colaboran para sostener la vida.

Tomemos estos versos:

 

“ Como las brasas que arden

mientras Ariel y Calibán

sostienen la soledad del muro oeste.

Acuclillados uno frente al otro.

Como quien busca su rostro en el corazón

de la cebolla.

Hurgando, hurgando

pese al frío y los gases:

Un abrigo de fantasía.”

 

Estos versos provienen de un poema titulado «Ni Crudo ni Cocido», escrito por Roberto Bolaño en los años 80. Inspirado en La Tempestad – tal vez la última obra escrita por Shakespeare de manera individual-, es usado por Bolaño para convocar su eterno desencanto por una Latinoamérica consumida por sus propias paradojas. Hubo al menos dos eventos aparentemente no relacionados que hicieron posible estas líneas. Por un lado, Salvador Allende accediendo al poder sólo para ser derrocado por un golpe militar en 1973: un acontecimiento que daría forma al universo en el que el poeta alimentó su imaginación. Por otro lado,  la figura del caníbal tuvo que haberse establecido en la imaginación colectiva. Una figura ambigua oscilando entre un esclavo emancipado y un glotón incivilizado: Calibán el caníbal «sosteniendo la soledad del muro occidental».

El caníbal – y todo su paladar metafórico – es quizás un compañero inevitable cuando nos aventuramos en una discusión sobre el consumo. Ni fijos ni solos, existen alegremente en los márgenes entre cultura y naturaleza – devorando, revocando divisiones arbitrarias, un bocado a la vez. Tal carácter nos ayuda a reconocer que la vida se enfrenta sobre todo a una especie de canibalismo implacable en el que los humanos y los no humanos están inextricablemente involucrados.

El título elegido por el poeta, «Medio cocinado» – ni crudo ni cocido -, sugiere un estado liminal: medio cocidos permanecemos, siempre en tránsito, insaciables. Como si el proyecto abortado de Allende y el de la revolución haitiana se hubieran convertido en ingredientes fermentados por el tiempo, traídos a través de los océanos, sazonados en la mente de alguien, preservada en servidores de datos: que consumimos hoy por casualidad.

 

(Imagen destacada: Huellas visibles de los barcos en el Pacífico norte, 4 de marzo de 2009)

 

Nota

  1. Roberto Bolaño, Los perros románticos , ‘Ni Crudo, Ni Cocido’ (Kutxa Fundazioa, 1994).

 

La Cocina [Lore Gablier / Alejandro Ramírez ] se fundó en Amsterdam en 2016, impulsada por el deseo de construir un espacio - tanto físico como conceptual - desde el que explorar la cuestión: ¿Qué es lo que rodea a una cocina?
Hay algo fascinante en la construcción de una cocina, que va mucho más allá de la técnica y los nodos, las recetas y apetitos. Una cocina es un ejercicio de pensamiento: una invitación a desempaquetar historias a través de un lugar en el que el gusto, los oficios y las tendencias convergen.

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