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21 septiembre 2013
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Notas al final del verano

Paloma Checa

“Mientras uno se aleja de Mérida por la carretera 261, se vuelve consciente de la indiferencia del horizonte. Éste descansa en el suelo, con gran apatía, y lo devora todo. Uno siempre está cruzando el horizonte y, sin embargo, jamás se acerca a él.”

En 1969 estas palabras sirven a Robert Smithson para iniciar una entrada en su diario de carácter muy diferente a este texto. Pero en este caso sirven para introducir el verano. Él alude a un espacio en desplazamiento que, por diversos motivos, escapa al juego de coordenadas que tradicionalmente lo cercenan. Como a muchos les es familiar, Smithson empieza la crónica de un viaje con el que, rastreando cierta arqueología, se da cuenta de que el valor de las superficies reside en poder reflejarlo todo. La narración de un viaje es algo análogo a la representación de la metamorfosis a la que todo performer se somete en su trabajo. Porque aquello en lo que un artista se acaba convirtiendo sólo puede instituirse mediante la repetición estilizada de los actos (Butler, 1993). Se sabe que la repetición inaugura eso: un presente continuo sin profundidad. Una pista temporal bien pulida capaz de devolver al mundo imágenes de una superfluidad -en principio- negativa.

A lo largo del verano compruebo que, a su manera, la ficción de Chris Kraus no es tan distante de las notas de viaje de Smithson. “Summer of Hate” es su última novela, publicada en 2012. La escritora estadounidense narra uno de los viajes de Catt, una crítica cultural angelina que intenta escapar de la amenaza, más o menos real, de su sádico amante. “Hay quienes persiguen la ilusión de haber llegado al final de la Tierra. La opacidad de un lugar alienado: un sentimiento abierto y desolado.” Así empieza el texto. Como en otras de sus obras de ficción, Kraus escoge el verano como escenario para los viajes transformadores. Pero sólo pueden serlo si los vertebra el desplazamiento casi azaroso de las protagonistas en coche. Lo mismo pasa en “Torpor”, otro de sus trabajos. Una vez culmina el viaje, los personajes femeninos sobreviven a la imposición heredada de habitar un mundo histórico. Al cerrarse el libro, abandonan la novela redimidas. Reinas de un tiempo presente, superficial, en el que pueden brillar a su antojo. Mutan y se disfrazan; actúan y se comen la escena incorporando el relato que en cada caso elijan. Sin compromisos.

Maturana y Varela definían los sistemas autopoiéticos como aquellos que eran a la vez productos y productores de sí mismos. Circularidades capaces de sobrevivir gracias a la autoregeneración. Circular es dar vueltas alrededor de un punto. Es definir un plano con centro en él. Es recorrer los mismos puntos de manera repetida, definiendo un gesto y generando una imagen.

Llega el final de la estación y me topo con una antigüedad. La película “The Endless Summer” es un clásico del cine surfer producido por Bruce Brown en 1966. ¿Qué pasaría si el verano durara para siempre? Persiguiendo la utopía de repetir con el cuerpo hasta el infinito los mismos actos de coronación de olas, los surfistas californianos Mike Hynson y Robert August se proponen escapar al ritmo de las estaciones. Viajan y giran alrededor del globo, literalmente significando como alteradores del tiempo frente a la cámara.

La legitimidad de narrar los deseos individuales en foro público hace tiempo se sostiene con cimientos de procedencias muy variadas. Sin embargo, defender las capas superficiales como hogar exclusivo de ciertos modos de ser sigue requiriendo de justificaciones extra frente a la hegemonía del tiempo historicista, generalmente percibido como de mayor solidez. Elegir participar de lo performativo se sigue viendo con recelo en una sociedad que necesita excusarlo con festivales u otros marcos de excepción. Por ser espacio en desplazamiento, el viaje de verano parece haber sido preparado para ser, por lo menos, dos cosas: el paréntesis necesario para escapar del peso de las lógicas causales de nuestras propias biografías, y el ritual purificador perfecto con el que subir al escenario -sin culpa- las ansiadas fantasías.

Paloma Checa-Gismero es Profesora Adjunta en San Diego State University y Candidata a Doctora en Historia, Crítica y Teoría del Arte en la Universidad de California, San Diego. Historiadora de arte contemporáneo global y latinoamericano, estudia los encuentros entre estéticas locales y estándares globales. Publicaciones académicas recientes incluyen "Realism in the Work of Maria Thereza Alves," Afterall journal, Fall 2017, y "Global Contemporary Art Tourism: Engaging with Cuban Authenticity Through the Bienal de La Habana," in Tourism Planning & Development journal, vol. 15, 3, 2017. Desde 2014 Paloma es miembro del colectivo Editorial de la revista académica FIELD.

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