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29 octubre 2018
SOBRE PIEDRAS Y BOCAS. Apuntes sobre el proyecto Litófagos, de alfonso borragán

Alexandra Laudo

Por un lado está la BOCA, uno de los orificios corporales que ejerce de frontera entre nuestro interior y el mundo, entre nuestro cuerpo y el de otros (ya sean, estos otros, seres humanos, animales, vegetales, elementos inorgánicos u objetos, o bien entes pertenecientes a cualquier otra categoría intermedia); un agujero que es inicio y parte esencial del aparato digestivo; una cavidad masticadora en la que tiene lugar el primer estadio del proceso de ingestión y, por lo tanto, el primer estadio de la acción de asimilar uno o múltiples cuerpos exógenos en nuestro propio cuerpo. Por otro lado está la PIEDRA, un elemento que en su gran diversidad de formas, tamaños y tipologías nos proporciona información astrobiológica única sobre la tierra y su evolución. Pronto aprendemos que la piedra y la boca no deben relacionarse, que lo mineral no se come.

Desde 2014, el artista alfonso borragán (Santander, 1983) viene desarrollando un proyecto artístico, Litófagos, que desafía esta asunción. Se trata de un marco de investigación transdisciplinar que desde la antropología, la mitología, la historia, la ciencia y el arte explora la práctica cultural de ingerir piedras, también conocida como litofagia. En la conversación que mantengo con borragán -y que da lugar a este artículo- el artista me cuenta que, a lo largo de los tiempos, e incluso actualmente, la ingesta de arcilla, limo y otras formas minerales ha estado presente en muchas culturas. Los habitantes del Nilo, ya en tiempo de los faraones, ingerían de manera regular láminas de limo depositadas en el lecho o las orillas del río, mientras que en la Grecia clásica la terra sigilata, un compuesto farmacológico preparado con arcilla blanca de la Isla de Lemnos, era utilizado para tratar múltiples enfermedades, y también como antídoto contra el veneno. Parece ser que Galeno lo descubrió en la isla griega y se lo llevo a Roma, donde el temor extendido a morir por envenenamiento lo convirtió en un producto de éxito. También hay, me cuenta el artista, distintas comunidades Africanas en las que se ingieren distintos tipos de piedra de manera regular, o los haitianos, que preparan sus tradicionales galettes de boue. borragán considera que estos hábitos tienen que ver con creencias arraigadas en prácticas rituales ancestrales. Existe la creencia -afirma borragán- de que la arcilla es un elemento regenerador, capaz de hacer crecer aquello que te falta: ya sea un dedo, un pensamiento o una energía. O de que la piedra te otorga la memoria de otros tiempos a los que la biología humana no llega. La geofagia, que es como se denomina la práctica de ingerir tierra o sustancias terrosas como la arcilla, el limo o la creta, era de hecho un comportamiento alimentario habitual en sociedades rurales y preindustriales. Con la Modernidad -y con el colonialismo como su trasfondo oscuro- todas estas prácticas se estigmatizaron. Pero quizás no es necesario dirigir la mirada hacia otras culturas para encontrar la presencia de prácticas relacionadas con la ingestión de minerales: casi todos los niños, de muy pequeños, sienten atracción por comer tierra y arena. Quienes, pasada la infancia temprana, siguen sintiendo la necesidad de ingerir tierra y elementos parecidos son diagnosticados con el Síndrome de la pica, también conocido como aliotrofagia, un trastorno caracterizado por el deseo irreprimible de ingerir o lamer ciertas sustancias no comestibles, entre ellas tierra, bicarbonato, papel o madera. Más allá de las causas psicológicas que lo convierten en patología, este comportamiento podría estar motivado también por nuestras necesidades nutricionales, puesto que algunos minerales como el fósforo, el calcio, el zinc o el hierro están presentes en nuestro organismo y son esenciales para su buen funcionamiento.

Archivo Litofagos: endoscopio de bajo coste. USA army, 1961.

Como proyecto de investigación artística, Litófagos se nutre, en el plano teórico, de información, imágenes y documentos relacionados con todas estas prácticas y con su evolución a lo largo de los tiempos, incluso incluye referencias de otros creadores que han explorado temas similares desde la práctica artística, como Lindsay Seers o Jennifer Teets. Pero lejos de quedarse en el marco teórico, Litófagos se articula, sobre todo, a través de una serie de prácticas comunitarias de ingestión de piedras, acciones artístico-rituales litofágicas en las que las piedras son procesadas y servidas a aquellos asistentes que deseen ingerirlas.

La primera de estas acciones tuvo lugar en el centro Banff, ubicado en el parque nacional homónimo, en las Montañas Rocosas de Canadá. Las piedras de este parque son patrimonio nacional y no pueden ser recogidas (y aún menos ingeridas). Pero borragán y los otros artistas con quienes realizó la acción – el colectivo Postcommodity y Dustin Wilson- encontraron la manera de obtener e ingerir piedras como las del parque, pero de propiedad privada. Descubrieron que el mismo Banff Center, construido sobre la montaña, albergaba en los sótanos habitaciones cuyo suelo era la montaña misma, infiltrada en el edificio. La ingestión colectiva de una piedra de esta montaña fue una de las cinco acciones que borragán y sus colegas llevaron a cabo en estas habitaciones rocosas, en una suerte de proceso de reactivación y resignificación de estas. Durante el tiempo de espera previo a la ingesta, los asistentes escucharon una pieza auditiva que relataba, de manera metarreferencial y semi-ficcional, algunos hechos sobre la historia del edificio y sobre las comunidades que habitaban en esas montañas, así como sobre unos sujetos que habrían identificado unas rocas bajo la edificación y las habrían ingerido. En el relato, los tiempos pasado, presente y futuro se entremezclaban, y la acción que aún no había sucedido era explicada como un hecho anterior: It doesn’t matter if it was 20, 100 or 200 years ago because the future is not a place. (…) I think that what they wanted to do was to swallow the mountain, to literally have the stone inside their stomachs and break any kind of immunity they had to its influence. I think they ate it. Después de convertir la piedra en arena y polvo, los asistentes se la bebieron con aguardiente.

La segunda sesión de ingesta de piedras, ærolito, en la que colaboraron también Blanca Pujals, Karlos Gil, Belén Zahera y José V. Casado, tuvo lugar en 2014 en el que había sido el principal mercado de alimentos de Barcelona, el Mercat del Born, ahora convertido en un mausoleo de la piedra, tras ser descubiertos bajo su suelo un conjunto importante de ruinas. En esa ocasión, como forma de resignificación de nuestra relación con las piedras, borragán organizó la ingesta de un meteorito: una condrita rocosa más antigua que la propia Tierra. José Vicente Casado, paleontólogo autodidacta reconocido internacionalmente por sus conocimientos sobre fósiles, meteoritos y minerales, fue quien les proporcionó el ejemplar que iba a ser consumido. A Casado entonces le constaba que habían habido tan sólo dos ingestas documentadas de meteorito a lo largo de la historia (una en Rusia en 1886 y otra en Uganda en 1992), de modo que aquella, pensaban, iba a ser la tercera.

Litofagos: ærolito. Barcelona 2014.

Un centenar de personas se reunieron de noche en el mercado, y en una sala semi-oscura escucharon un largo y bonito relato de ciencia-ficción escrito por los artistas Gil y borragán, en el que se hablaba de un palacio, de piedras, de cráteres y de seres que descubren que viven dentro de un litógafo; un texto lleno de imágenes poéticas y sugestivas: Después, el mundo se quemó. El incendio empezó en el cielo mientras los animales corrieron al interior; cuando pasó el fuego, un cráter; un cuerpo abandonado que guarda la graphia del lugar donde sucedieron los rituales, un fósil de experiencia que reclama su proporción, un tejido de piedras caídas del Árbol de la sabiduría. (…) Nos habíamos convertido en rocas de tiempo, en frutos ultravioleta que se intentaban adaptar a un medio donde el ritual era similar a la forma. Donde la roca era ingerida como una forma de relación, ancestralmente aprendida o heredada, con el futuro.

En la misma sala había expuesta, en una vitrina, una colección de unas ciento cincuenta piedras corporales, tanto humanas (como calcos de riñón) como gastrolitos, provenientes del cuerpo de animales. En un momento dado los asistentes pasaron a otro lado de la sala hasta entonces tapado por una cortina, y allí encontraron algunas personas alrededor de una mesa que, con herramientas y utensilios varios (boles, martillos, morteros), están procediendo a transformar en polvo el meteorito lunar. El público activo participó también en el proceso, ayudando a moler la piedra. Después se sirvió a los asistentes la arena de meteorito mezclada con agua carbonatada, y estos la ingirieron. A las formas convencionales de documentación del evento, tales como fotografías y algunos vídeos, se le sumó en este caso un objeto documental único y absolutamente singular: la piedra DNA, conformada a partir de restos de piedra y saliva de los asistentes, centrifugados con aglutinante.

La tercera de estas acciones, Daguerrolito, tuvo lugar el pasado verano en Zagreb. En este caso, doce voluntarios, entre ellos el propio artista, ingirieron cada uno una pepita fotosensible de plata; es decir, un daguerrotipo. Dada la toxicidad de este material, el proceso en este caso fue rigurosamente científico y metódico. Para hacerla sensible a la luz, cada pepita fue vaporizada con yodo en estado gaseoso, dentro de una caja sellada, y posteriormente, mediante el uso de pinzas, fue insertada en un recipiente protector como los que recubren las diminutas cámaras que, en ciertas exploraciones médicas, se introducen en el cuerpo humano. Todo ello bajo una luz inactínica, para evitar la reactividad del material. Al cabo de unas horas, realizado el proceso digestivo, los recipientes fueron “expulsados y recuperados” -comenta el artista sin entrar en descripciones escatológicas- y las pepitas se revelaron. Cada una ofrece algo así como el rastro de las imágenes que registraron en su tránsito por el interior de estos cuerpos humanos; cuerpos que, durante el proceso digestivo, fueron a la vez la cámara y el modelo, el dispositivo de registro y el objeto registrado al mismo tiempo.

Tal vez ésta es, de las tres acciones realizadas hasta el momento, aquella en la que se hace más evidente la relación entre estos actos de ingestión y la fotografía, la disciplina artística en la que borragán se formó. Sé que suena extraño -comenta- pero sigo entendiendo mi trabajo artístico como una práctica fotográfica. Mediante la ingesta de cuerpos exógenos impregnamos de información extraña nuestros tejidos y, con ello, los modificamos, y esto es un proceso parecido al fotográfico.

Litófagos es también, en sí mismo, un trabajo exógeno, que se inscribe en los límites de la práctica artística para radicalizarla, para sobrepasarla desde su marginalidad y proporcionar una experiencia que transciende la forma y el concepto para adentrarse en lo místico y lo mágico. Como muchas propuestas radicales, roza límites éticos y legales. El artista es consciente de estas fricciones, y reivindica, en relación a este trabajo, el concepto de profanación en el sentido que le da Agamben, como un acto de restitución que devuelve al uso común de los hombres algo que les había sido sustraído. Su trabajo nos invita también a pensar en la geofagia como una forma de conocimiento que emerge ante algo que no puede ser entendido desde la racionalidad, algo que escapa a nuestro yo “civilizado” y exige un acercamiento extremo. Desde esta perspectiva, el trabajo de alfonso borragán nos invita a pensar en el aparato buco-digestivo como un dispositivo de conocimiento del mundo, y a entender la digestión como una forma de comprensión que trasciende el raciocinio, y que elimina la distancia entre el sujeto y el objeto de conocimiento, entre lo humano y lo mineral, entre la boca y la piedra.

 

Nota de la autora: a lo largo de todo el artículo, el nombre del artista aparece citado en minúscula por voluntad expresa del mismo.

Imagen de portada: Litofagos: Daguerrolito. Ingestión colectiva de plata. Zagreb, 2017.

 

 

Fotografia © Ernest Gual

A Alexandra Laudo le gusta ver exposiciones y pensar en ellas, le gusta teorizar y hacer preguntas, le gusta organizar cosas con gente, le gusta leer y escribir, y también le gusta desayunar en un café distinto cada mañana. En la crítica y el comisariado independiente ha encontrado la manera de poder hacer todas estas cosas y que a veces le paguen por ello. Aunque paradójicamente siempre trabaja en solitario, suele firmar sus proyectos acompañando su nombre de la rúbrica “Heroínas de la Cultura”. Es su forma, tal vez, de reivindicar lo colectivo y las declinaciones no hegemónicas.

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