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17 diciembre 2018
Potenciando el intercambio cultural: una conversación con Adonay Bermúdez sobre Espacio Dörffi

Héctor Tarancón Royo

Por mucho que se intenten evitar u ocultar ciertas cuestiones, estas acaban por resurgir pasado un tiempo. Desde que empezó la “crisis económica” hace diez años, nunca ha sido tan actual el debate sobre la precariedad laboral en el mundo cultural. A la obtención de Remedios Zafra del Premio Anagrama de Ensayo en su 45º Edición con El entusiasmo, se le han ido sumando otros acontecimientos, como los impagos de la Beca Emergent del Ayuntamiento de Torremolinos, o el cuestionamiento de la gestión del Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Málaga. Con las malas prácticas o los gastos presupuestarios excesivos, algunas entidades, como el Consorci de Museus, han desglosado cada concepto en base a la Ley de Transparencia. Mientras, el Congreso de los Diputados, a falta de la Ley de Mecenazgo, ha aprobado de manera preliminar el Estatuto del Artista, hecho que puede traer nuevas oportunidades o, como suele ser habitual, dejarlo todo a medias.

Dentro de este contexto se sitúa Espacio Dörffi, el centro de arte privado que abrió Adonay Bermúdez, comisario y gestor cultural independiente con proyectos en México, Texas o Chile. Situado en Lanzarote, su ciudad natal, y diseñado por la arquitecta Quirina Morales, albergó gran cantidad de exposiciones y talleres en sus ciento setenta metros cuadrados, repartidos en dos lugares: Zona 46, destinado a exposiciones, y Zona 59, espacio dedicado a la venta de obras de pequeño formato. Unos meses después de su cierre en septiembre de 2018, a punto de cumplir un año del inicio, hablamos con Adonay sobre su gestión, sus directrices principales, los obstáculos que se fue encontrando y cómo la financiación fue, de un modo u otro, una pieza clave.

 El 9 de septiembre de 2017, prácticamente a contracorriente de la situación precarizada y austera actual, abriste Espacio Dörffi. ¿De dónde surgió la idea y, sobre todo, la financiación y el empuje para llevarlo a cabo?

Llevaba varios años dándole vueltas a la idea de provocar un empuje artístico en Lanzarote, sobre todo porque el museo de arte contemporáneo llevaba y lleva muchos años sin ofrecer nada interesante. De repente, nacieron tres asociaciones de artistas en la isla y se reabrió un centro de arte mítico después de muchos años cerrado. Empecé a percibir una ebullición y sentí que era el momento idóneo. Siempre tuve claro que quería ser independiente y eso significaba no estar subordinado al dinero de las instituciones, quería que se convirtiera en un proyecto que se autofinanciara a través de una sala dedicada a la venta de obra con un gran abanico de precios. Así lo hice y funcionó.

En los once meses que duró, el espacio albergó a 32 artistas (18 mujeres y 14 hombres) en la Zona 46, y más de 60 en la Zona 59. ¿Cuál fue la filosofía y el tipo de espacio que te planteaste? Si lo comparamos con otras galerías, museos o estudios más tradicionales, las cifras hablan por sí solas.

Tenía que convertirse en un espacio más en la línea de centro de arte privado que galería, principalmente porque no se representaba a artistas ni se acudía a ferias. Sin embargo, yo estaba más interesado en exposiciones colectivas que jamás habrían entrado en las instituciones locales, organizar conferencias, talleres, presentaciones de libros, convenios con asociaciones e instituciones internacionales o un programa de residencias artísticas. Mi objetivo era claro: visibilizar a los artistas de Lanzarote y generar una revulsión cultural en la isla.

Aparte de estos, también invitaste a otros profesionales y creadores, como Blanca de la Torre o Tomeu Simonet. ¿Pagaste los honorarios y el viaje de todos los implicados en el proyecto? ¿Se aprovechan, en ocasiones, los espacios de la gratuidad para elaborar sus programaciones?

Desde el principio me obligué a mí mismo a estar al día con las buenas prácticas. Por el bien del proyecto generé convenios con organismos públicos (como el Bòlit de Girona), recibí una ayuda de la Fundación César Manrique y pedí un préstamo al banco. Esto último no tenía que haber ocurrido jamás, el dinero que entraba en Espacio Dörffi, sea a través de las ayudas o de las ventas, se destinaba íntegramente a las actividades (billetes de avión, estancias, alguna producción, transporte de obra…) pero cometí un error: confiar en una institución local. El Cabildo de Lanzarote lanzó unas subvenciones y se me animó a presentarme. Digamos, para resumir, que no es oro todo lo que reluce y que me dejaron tirado con una deuda. Ahí empezó el fin de Espacio Dörffi. Siento que tenía que haber sido fiel a mi idea inicial de desmarcarme de las instituciones locales.

Salvo el caso de la Fundación César Manrique, las actividades no tuvieron apenas repercusión en las instituciones públicas, especialmente las locales. ¿A qué crees que se pudo deber esta actitud? ¿Podrían haber mantenido esas ayudas la actividad del espacio?

La Fundación César Manrique me apoyó muchísimo, siempre les estaré agradecidos. Cuando se enteraron del problema con la deuda vinieron corriendo a mí para ayudarme, sin yo pedirles nada. Eso jamás lo hizo una institución. Creo que nunca entendieron qué era Espacio Dörffi y tampoco tenían intención de averiguarlo. Algunos me vieron como a un enemigo que generaba más visibilidad y arrastraba más público que ellos. En lugar de autoevaluarse y analizar opciones, vieron que era más fácil darme la espalda. Solicité reuniones con varias instituciones para proponer que nos ayudáramos mutuamente sin necesidad de dinero y alguno no quiso ni recibirme.

En ese sentido, este pasado septiembre el Congreso de los Diputados aprobó el borrador del Estatuto del Artista, aunque la Ley de Mecenazgo todavía brilla por su ausencia. Si ven la luz algún día, ¿podrías aventurarnos qué consecuencias tendrían en nuestro sistema del arte?

Muchas pero, quizás, la que más me interesa es que el sistema del arte deja de depender en exclusiva del dinero público.

Hasta ahora, hemos hablado de Espacio Dörffi, pero tú, Adonay, conciliaste todas esas tareas de coordinación y gestión con tu volumen de trabajo como profesional individual. ¿Consideraste ampliar el personal a cargo una vez pasados los primeros meses? ¿Fue el tiempo, entonces, otra de las limitaciones del proyecto?

Cuando decides comprar un local, contratar a una arquitecta brillante y hacer una reforma profunda, no lo haces de una manera impulsiva. Me había creado un calendario de acciones y en enero tenía que contratar a una persona a media jornada para poder continuar con mi labor como comisario independiente. Pero en diciembre llegó la noticia de la subvención envenenada. Fue entonces cuando tuve que evaluar la situación y retrasar la incorporación de personal. Decidí que o pedía ayuda a las instituciones locales o tenía que cerrar, mi cabeza y mi cuerpo ya no podían más con el volumen de trabajo; no hay que olvidar que Espacio Dörffi empezó a crecer de una manera que no esperaba y eso me exigía más y más tiempo. Ninguna institución quiso ayudarme, a pesar de que los medios de comunicación y el propio sector del arte me apoyaban.

A principios de julio, ante la avalancha de mensajes de apoyo y ánimo ante el cierre del espacio, ¿pensaste la posibilidad de seguir? ¿Qué motivó su final definitivo?

Fue una locura, nunca había sentido tanto cariño. No negaré que se me escaparon algunas lágrimas. Me di cuenta del valor del espacio y de lo lejos que había llegado. Recibí emails y llamadas de varias empresas locales y cuatro instituciones de fuera de Canarias (tres de ellas internacionales), todos querían ayudarme. Me llegaron ofertas de una universidad que me proponía enviarme alumnos en prácticas con todo pagado, museos que me ofertaban exposiciones del artista que yo quisiera para que pudiera aguantar unos meses sin preocuparme de los gastos e, incluso, me ofrecieron cambiar la sede de Espacio Dörffi a otro local  totalmente gratis. Pero yo sólo necesitaba 800€ al mes para contratar a una persona a media jornada y así poder liberarme. Recibí mucho amor y eso no lo olvidaré jamás. Por supuesto que me planteé seguir, no había llevado a cabo ni un 10% de lo que quería hacer, pero a veces simplemente hay que soltar y buscar otros proyectos.

La muestra “Miss Mierda”, de Bell Fullana, cerró la temporada. Feliz coincidencia o no, ¿cuál es tu sensación ahora que ya has podido mirarlo con perspectiva?

Todo el mundo me decía lo mismo, que lo había hecho a propósito, pero no, fue una casualidad. De hecho, quería acabar con una colectiva pero me di cuenta de que intentar alargar algo que ya tenía final era absurdo. “Miss Mierda” de Bel Fullana fue aire fresco, me obligó a cerrar con una sonrisa en la boca. La artista me lo puso muy fácil y las gestiones con la Galería Herrero de Tejada fueron maravillosas. Irónicamente fue la inauguración que más ventas tuvo Espacio Dörffi en todo su año. Si hago un balance me quedo con lo positivo, que ha sido muchísimo: el gran apoyo de mi familia, la barbaridad de artistas que pasaron por el espacio, el cariño del público o el gran respaldo del sector dentro y, sobre todo, fuera de Lanzarote. Se demostró que podía funcionar y que un espacio así es necesario. Ya he conseguido alquilar el local y con ese dinero pagaré el préstamo con el banco. Seguiré con mi labor como comisario y, por ahora, he decidido que necesito alejarme un poco de la isla, profesionalmente hablando, y recargar pilas. Con Espacio Dörffi he aprendido muchísimo, al fin y al cabo yo solo lo gestionaba todo, y me ha demostrado que soy capaz de hacer muchas más cosas de las que pensaba.

Tiene la escritura como principal sustento vital y evoluciona cada día con la crítica cultural a través de artículos, exposiciones, libros, conferencias, textos de catálogo y guiones cinematográficos. Con especial atención a la cultura de masas y a los discursos artificiales e ideológicos, se sitúa a contracorriente de la mediocridad y el conformismo. El resto es disfrutar de los obstáculos que nos presenta este viaje.

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