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11 enero 2021
Profundas aguas estancadas

Raisa Maudit

Hace unos cuatro años surgió una imagen en mi vida. No recuerdo muy bien cómo apareció. Ya no se puede recordar con exactitud cómo aparecen los recursos dentro de la sobrexposición a estímulos tecnológicos, voluntaria o inevitablemente rutinaria. Por no hablar de la inventiva creativa que es el acto de recordar, casi tan poco de fiar como escribir un ensayo pretendiendo ser personal pero a la vez un texto crítico. Lo que sí puedo enmarcar claramente es la situación en la que me encontraba cuando apareció esta imagen y me atravesó por primera vez. Yo vivía okupando desde hacía años (y continué haciéndolo), por un lado como manifestación política de mi deseo anarquista, por otro lado por la imposibilidad de encontrar un trabajo que me permitiera vivir en una ciudad y asumir los gastos básicos de vivienda y al mismo tiempo desarrollar una carrera o una producción artística, esa cárcel vernácula que te trae el tener una vocación entremezclada con las lógicas neoliberales que se filtran por los poros. Creo que no son baladí, ni opinables, las características específicas del Sector Arte en base a producción y carrera de fondo; es tremendamente complicado – por no decir prácticamente imposible – desarrollar una carrera artística o una producción de determinada solidez cuando no posees un capital familiar simbólico o económico determinado, como muy bien define María Ruido en “Somos les fantasmas, somos lxs virus”[1]https://ctxt.es/es/20200901/Culturas/33449/maria-ruido-debate-museos-cultura-patriarcal-cuidados-reina-sofia.htm. En aquellas fechas además me encontraba salpicada, tanto yo como varias personas a las que quiero, en una cacería anarquista en la que decenas de personas en todo el Estado español estaban siendo detenidas y acusadas de terrorismo por el simple hecho de ser activistas o vivir okupando o formar parte de centros sociales okupados autogestionados.[2]https://www.elsaltodiario.com/conquista-derecho/carpetazo-judicial-operacion-pinata Mi pareja y yo vivimos esos años con un terror especial, a cualquier ruido inesperado en la oscuridad de la noche, al vuelo estentóreo de un helicóptero o a un coche parado días seguidos en la puerta de tu casa. No era un terror infundado, era nuestra realidad. La imagen mostraba a una persona en el medio de las turbulencias del agua marina, nadando o intentando no ahogarse mientras, con el pelo revuelto, reía histriónicamente. Esta imagen apareció como la definición más clara de lo que sentía como mi vida en ese momento, una total falta de control sobre mi propia existencia y al mismo tiempo un intento titánico de mantenerme a flote frente a una fuerza mayor. Esa imagen siguió acompañándome hasta ahora, transformándose en un símbolo licuoso que sigue siendo tremendamente específico en el devenir de la vida hasta el día de hoy.

Yo nací en una isla volcánica en el medio de las frías aguas del océano atlántico., en La Palma, en las Islas Canarias Lo que implica un mindset específico como ocurre al crecer y construirte en lugares con determinadas características físicas o topográficas muy marcadas. Es una relación con el mar y su turbulencia que se extrapola hasta el subconsciente. Sueño prácticamente de forma semanal con tsunamis y mareas. Canarias son islas que se mantienen como un bastión frente a las corrientes que convergen en esa situación subtropical. Hay zonas de oleajes casi suicidas, pero también ocurre un fenómeno curioso, Las Calmas.  Las Calmas es un fenómeno específico de zonas de las islas de mayor relieve que debido a la orografía volcánica produce aguas aparentemente calmadas en las que se siente la sensación, muchas veces engañosa, de seguridad, ocurriendo la corriente por debajo de la superficie apacible. Nadas tranquilamente con el riesgo de que si avanzas metros más adentro te puedas encontrar con una corriente como en la imagen, de la que no puedes escapar. La corriente solo te permite dejarte llevar por ella, si luchas contra ella sin saber manejarla acabas muriendo ahogada frente al agotamiento. El mar siempre reclama lo que es suyo.

Esta imagen, que mantengo visible en mi estudio cada día, se ha manifestado también como una metáfora de lo que podía ser pero no ha sido 2020. De lo que muy probablemente sea también el panorama de futuro en la creación artística española. Más allá de la cuestión de los confinamientos y la paralización o la cancelación de proyectos y encargos, a la que imagino que al igual que yo ya le habrás dado mil vueltas, pienso en qué mecanismos se han generado para paliar o “rescatar” a esa comunidad artística en zozobra desde instituciones y gobiernos. La desesperación de la competición en base a convocatorias. La ayuda a la emergencia en forma de premio a la excelencia bajo criterios curriculares y formales, esta vez atravesada además por cartas de motivación en las que llorar sobre tu economía en marea baja puntúa. Compra venta de obra a costes muy reducidos, ayudas a la producción que implican un par de meses de alquiler y dos compras en el Lidl y que no incluyen la exposición de esos proyectos. Cientos y miles de artistas aplicando. Dos ratas peleando por un churro con música de Linkin Park de fondo.[3]https://www.youtube.com/watch?v=EhVB22S1Zqk Ya no es una marea revuelta en la que luchas energéticamente por mantener la fuerza y el optimismo frente a un entorno hostil. Se trata de profundas aguas estancadas en las que cuanto más te mueves más te atrapan las algas hacia el fondo. Pienso además en esas aguas estancadas y sistémicas que no solamente impiden el desarrollo de carreras artísticas para personas que no ostentan un marco económico y simbólico privilegiado, sino que son una muerte silenciosa para las personas que además se ven atravesadas por identidades no hegemónicas, por el racismo, por la lgtbifobia, por el capacitismo.  ¿Por qué hacemos arte? En mi caso se trata de esa persona en el medio de una corriente, esa necesidad de no querer pertenecer a un lugar estanco y controlado. Y la necesidad de control en contradicción con la absoluta falta de él como motor. La confusión y la soledad, un sistema que se viene abajo, y que lleva roto un tiempo indeterminado. Yo reconozco eso, la importancia de preguntarme “¿por qué?” todo el rato.  Aguantar frente a la corriente invisible. Resistir. ¿Pero cómo resistir cuando resistir es un privilegio?

Pienso en el género del terror, y concretamente en las casas encantadas. Pienso en la Maldición de Hill House como la propia práctica artística. Una casa antigua, preciosa y lujosa aunque en ruinas, que alberga algo que te atrae y de lo que no puedes escapar, unas fuerzas invisibles que te hacen querer morir y ser parte de esa ellas.  Una casa que alberga unas capas interminables de seres indecibles e invisibles, que hacen que todo siga funcionando eternamente. Aguas profundamente estancadas. Quiero pensar que puedo seguir soñando con tsunamis, con dejar de ser el ser que perece frente a unas algas que habitan en el fondo de los pantanos y te impiden  moverte. Con dejar de ser también la persona que lucha histriónicamente contra la fuerte marejada. Que seamos el tsunami, que arrasemos con todo, y entonces se destruya, para que el mar reclame lo que es suyo. No deberíamos seguir abogando por el mantenimiento de un Status Quo que no entiende la fuerza del agua. Mientras escribo estas palabras escucho esto[4]https://www.youtube.com/watch?v=-jY3Yq7ZdE4 y fantaseo con un día en el que estas mismas palabras no tengan ningún sentido, y no puedo dejar de sonreír irónicamente, porque efectivamente, no puedo dejar de ser la mujer de la imagen. Espero que tú que lees esto seas la corriente y lo destruyas todo, y si hace falta a mí misma. Yo sonreiré mientras me ahogo.

 

(Imagen destacada: imagen de origen desconocido)

Soy Raisa Maudit, nací en una isla en el medio de un océano, y vivo en una ciudad contaminada en el medio de una meseta. Soy artista, dirijo desde 2014 un espacio independiente de creación llamado Storm And Drunk, también comisario cosas en espacios privados, instituciones y lugares indecibles, siempre como una parte más de mi práctica artística. Me gustan las cosas que parecen sencillas pero no lo son en absoluto, y detesto profundamente las normas y las leyes. Me motiva todo lo que rodea la disidencia, desde la política hasta el ocultismo. No le tengo miedo a la muerte y una profesora filofascista de Historia de España un día me dijo en mi adolescencia que ojalá nunca tenga un puesto de poder. No se equivocaba. Que venga el Apocalipsis y me encuentre abriéndole la puerta al Leviatán.

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Profundas aguas estancadas

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