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Magazine

27 diciembre 2012
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Rafael Navarro entre la ausencia de Manuel Álvarez Bravo

Anna Dot

México, 1902. Nace Manuel Álvarez Bravo, quien a lo largo de su vida se forja una carrera como fotógrafo que acaba dándole gran reconocimiento. 40 años más tarde, en Zaragoza, nace Rafael Navarro, quien se trabaja también una carrera como fotógrafo. Esta distancia en el tiempo no impide que Álvarez Bravo y Navarro lleguen a conocerse y que, además, los dos fotógrafos establezcan una buena relación y compartan obras, tiempos y palabras.

El 2002, con cien años de edad, muere el mexicano dejando a su mujer viuda, cientos de imágenes del paisaje de su país y sus cosas en el estudio.

Navarro continúa trabajando, y en el 2006 publica el libro de fotografías “En el taller de Miró”. El proyecto consiste en fotografiar el taller del pintor catalán cuando éste ya no está. Fotografías en blanco y negro de detalles, toda clase de objetos que se quedaron en el espacio, como a la espera. El conjunto hace pensar en un intento de retratar, a través de los objetos, aquél que ha desaparecido y en el único lugar en el que es posible buscarlo; como aquél que fue es en el que fue su contexto. Pero hay un hecho clave: Miró y Navarro nunca se conocieron. Este es un punto que a nivel conceptual vale la pena tener en cuenta, puesto que no es lo mismo trabajar en el espacio de alguien que ha muerto pero que un nunca conoció, que trabajar en aquel espacio y con aquellos objetos que pertenecían a un amigo. Y esta diferencia se hace evidente al contrastar las imágenes de la serie “En el taller de Miró” y las del trabajo más reciente “Presencias de una ausencia”, en la que Navarro ha hecho la misma acción que en el proyecto del taller de Miró, pero adentrándose en medio de las 4 paredes que habían acogido las horas de trabajo de un maestro y amigo fotógrafo, como fue para él, Álvarez Bravo.

Una parte de esta última serie se expone actualmente a la Galería Kowasa, junto con algunas fotografías del trabajo sobre el taller de Miró, que no se muestran en el espacio expositivo de paredes blancas de la galería, sino que se encuentran dentro el despacho. La nueva serie representa el salto de Navarro a la fotografía no sólo en color, sino también digital. Impresas sobre papel de algodón, tienen los colores poco saturados y algunas imágenes llegan casi al monocromo, como si de un blanco y negro se tratara. Este trabajo se encuentra en concordancia con la serie “El taller de Miró”, no sólo a nivel conceptual, sino también formal. En ambos casos coincide la particularidad de que todas las fotografías son imágenes de detalles de objetos, pero si bien el fotógrafo trabaja mostrándose más distante en el caso de Miró, fotografiando pinceles y otras herramientas para la pintura; Navarro toma un rol más próximo, en el caso de Álvarez Bravo, realizando fotografías que hablan más del carácter y los intereses de la persona, que por aquello por lo que fue reconocido, como en el caso de Miró.

En los dos trabajos se presenta un espacio ambiguo, debido a que lo que las imágenes muestran no son grandes vistas generales de un lugar, sino pequeños fragmentos que lo construyen y lo llenan. El espectador no puede hacerse una idea clara de cómo está distribuido el cuarto, pero sí que en cambio puede tener la sensación de aproximarse al fotógrafo mexicano y sentir que lo conoce algo más. La exposición empieza con una imagen muy relevante: una nota que Álvarez Bravo debía de tener colgada por algún lugar en la que se lee “Hay tiempo, hay tiempo”. Una imagen potente para empezar; para mí, la más significativa de todas. Se trata tan solo de una nota que el mismo Álvarez Bravo conservó y que es revisada por Navarro. En el resto de imágenes se pueden ver objetos decorativos que denotan su aprecio por los gatos, libros, algún mueble, su jardín y herramientas del laboratorio fotográfico, pero en ninguna se muestra algo tan personal como puede ser una nota con un mensaje como este. Y es que trabajar la fotografía es trabajar con el tiempo y en el tiempo, y en algunos casos puede significar dedicar toda una vida para capturar tan solo aquel instante fugaz. De alguna manera esta nota recuerda a aquellos pequeños refugios que nos construimos y a los que la vista acude cuando hace falta recordar a la mente que, por encima de todo, estamos vivos y que hay tiempo -tal y como hace Miranda July en la película “Me and You and Everyone We Know” con las tres pegatinas rosas que tiene enganchadas en diferentes lugares-. Que Navarro lo haya fotografiado y haya querido empezar la exposición así no deja de ser significativo, porque al encontrarte en el espacio de un amigo que ya no volverá a estar, la mente puede necesitar refugios como este. Por otro lado, para el espectador que llega a la sala, esta primera imagen puede suponer casi una instrucción sobre cómo moverse por entre las fotografías que verá a continuación, porque “Hay tiempo hay tiempo”.

Anna Dot nació un domingo de abril. Es de Torelló y trabaja entre dos mundos que no percibe separados de ninguna manera: el de la producción artística y el de la reflexión sobre los contextos artísticos a través de la escritura.

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