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Magazine

30 junio 2014
a) Björn Braun. (Foto de Nils Klinger)
Sacar el caballete o enterrar la obra. Nature After Nature en el Fridericianum de Kassel.

Ángel Calvo Ulloa


La división entre naturaleza y cultura está obsoleta. La naturaleza somos nosotros y todo lo que nos rodea. Así comienza el texto que Susanne Pfeffer ha elaborado para dar forma al proyecto titulado Nature After Nature que podrá verse hasta finales de julio en el Fridericianum de Kassel. Pfeffer, actual directora del museo, ha seleccionado a los artistas Olga Balema, Juliette Bonneviot, Björn Braun, Nina Canell, Alice Channer, Ajay Kurian, Sam Lewitt, Jason Loebs, Marlie Mul, Magali Reus, Nora Schultz y Susanne M. Winterling para mostrar una serie de trabajos que alertan de esa línea pareja que siguen en la actualidad arte y naturaleza.

Resulta extraño visitar Kassel sin Documenta, sin colas ni espacios públicos intervenidos. No obstante, y pese a la calma de un lustro que vive la ciudad, el museo Fridericianum mantiene una actividad incesante. Referente europeo de muestras paradigmáticas, Nature After Nature es, tras la extensamente comentada Speculations on Anonymous Materials, la segunda exposición que la actual directora realiza para el museo y parece que otra vez ha conseguido no dejar indiferente a nadie.

Accedemos al edificio, elegimos nuestro recorrido porque nada está dirigido y tras cruzar el hall nos encontramos en primer lugar las piezas de Björn Braun y Nina Canell que ocupan la parte baja de la rotonda. Braun establece una relación harmoniosa entre el medio natural y sus creaciones, cediendo cables y fibras naturales a una serie de pájaros de la variedad diamante cebra –de la especie de los pinzones descubiertos por Darwin en Las Galápagos- con las que han construido sus nidos que posteriormente son exhibidos por Braun. También utiliza la madriguera de un jabalí, de la que elabora un molde de fibra o diferentes parajes para generar unas piezas monocromas más cercanas al minimal que a cualquier relación posible con el medio natural. Braun trabaja con elementos sintéticos como modo de inmortalizar ciertas arquitecturas efímeras de naturaleza animal o parajes susceptibles de sufrir cambios a corto plazo. Parte del profundo respeto hacia el medio natural y plantea un resultado que en ocasiones sorprende por sus acabados industriales. En el caso de Nina Canell, las piezas se reparten por el Fridericianum como leves guiños, que centran su interés en materiales incorpóreos tales como campos magnéticos, fuerzas físicas o sustancias que se alejan de lo perceptible, pero que sin embargo son parte importante de nuestra vida. Aire o fragancias solidificadas y cableados eléctricos de gran potencia dispuestos a modo de joyas o piezas de museo arqueológico. No nos encontramos en este primer vistazo las obras más monumentales, sino las más sutiles. Es una exposición para ver con calma y cuyo efecto no es inmediato, pero es duradero.

En el lateral de esta planta baja, Olga Balema dispone grandes bolsas repletas de agua envasadas al vacío junto con objetos perecederos, clara alusión al imparable proceso de cambio, al paso del tiempo sobre el medio natural y sobre nosotros mismos. También la serie de circuitos cerrados de agua que caen sobre tejidos y chapas de acero, tiñendo las telas y el agua de óxido, muestran la reacción de los diferentes elementos en contacto.
Nature After Nature se distribuye por las salas principales de las plantas baja y primera del museo, sin establecer una división estricta por artistas, respondiendo a un orden menos artificial, que genera un discurso libre, sin instrucciones ni certezas que marquen un itinerario de un modo riguroso. Tampoco las salas dirigen al espectador: podríamos acceder de otro modo, verla de arriba abajo o de derecha a izquierda y sin embargo he elegido a Canell y Braun para iniciar ese camino más sutil que muta en grandes instalaciones como la de Alice Channer o Magali Reus, que partiendo de frigoríficos domésticos concibe instalaciones basadas en una intención más plástica, pero que, sin embargo, no permiten que los elementos utilizados hablen únicamente de instalación, obligando al espectador a tener en cuenta esos grandes cajones cuya carga simbólica dista mucho de delegar todo su poder en la forma.

Reus_Magali_01_R_Nils_Klinger.jpg

Marlie Mul o Sam Levitt comparten espacio con trabajos que parecen situarse a gran distancia dentro de ese paraguas fijado que es la naturaleza y el arte, ya como binomio indisoluble. Juliette Bonneviot toma parte con una serie de obras que ofrecen un resultado elegante, cercano al diseño, utilizando planchas de metacrilato deformadas sobre objetos de uso cotidiano. Lo industrial y lo natural se dan la mano, generando híbridos que en el caso de Bonneviot, Susanne M. Winterling o Ajay Kurian muestran una naturaleza domesticada, convertida en diseño o espectáculo. Juegos de luces, brillos y formas que enlatan un medio salvaje. Algo que descubrimos en el terrario en el que Kurian recrea la jaula de un hámster, animal alienado por antonomasia.

Dispuestos sobre las cajas en las que han sido transportados, Jason Loebs toma grandes rocas con betas de minerales utilizados en la construcción de microchips, creando conciencia, de algún modo, con respecto al precio que la naturaleza ha de pagar en beneficio del desarrollo científico. Es un modo muy sutil de mostrarnos, en plena fiebre de lo ecológico, de dónde provienen los aparatos que abarrotan nuestros hogares. Porque finalmente todo lo estamos arrancando del mismo lugar.

Basta una primera toma de contacto para darse cuenta de la magnitud de lo que aquí se quiere contar y de las múltiples vías abiertas que un tema tan amplio es capaz de proporcionar al espectador. También de la relación ya inseparable entre naturaleza y arte en una ciudad sobre la que sigue planeando la colosal figura de Joseph Beuys o la de otros como Walter de Maria, cuyo quilómetro de bronce permanece enterrado en vertical a escasos metros de la puerta del Fridericianum y parece atravesar todos y cada uno de los estratos que Nature After Nature analiza ahora. Es un momento de cambios, no cabe duda, y como tal ha de reflejarse en el arte.

Ángel Calvo Ulloa nació en un lugar muy pequeño plagado de infames personajes. En la facultad en la que realizó sus estudios jamás le hablaron de la crítica ni el comisariado, por eso ahora dedica sus días a leer, escribir y de vez en cuando hace alguna exposición. Adora viajar y sentirse pequeño en una gran ciudad. También adora volver a casa a odiar de nuevo ese pequeño lugar.

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